Mis propios quejidos me despertaron. Abrí y cerré los ojos asustada porque frente a mí los verdes ojos del señor me detallaban. ¿Era realidad o seguía dormida? ¿Era ese el color de su cabello dentro de mi habitación o hilos que flotaban ensortijados. -Hola.-Dijo suavemente, apreté los puños y abrí los labios mordiéndolos. Él ahí, a mi lado, con una sonrisa amplia, el cabello desordenado cayendo a los lados y su aroma impregnando mi habitación, ¿mi habitación? -¿Cómo llegué aquí? Mira apareció detrás de él. Llegó como si nada, como si fuera normal, como si fuese de completa confianza. -El señor te trajo aquí hija, ¿cómo te sientes? ¿Te duele aún? Miré abajo, tenía una de mis batas de dormir y en el vientre una bolsa térmica.

