John Crawford, abogado de Sonia y socio mayoritario de la firma Crawford, entró apresuradamente en la gran sala de juntas.
Lanzó una mirada a su alrededor y asintió con satisfacción. Las veinticuatro sillas que normalmente rodeaban la larga mesa de caoba se habían aumentado con cinco más hasta llegar a veintinueve. Su secretaria las había llevado de los otros despachos de la firma de abogados para que las
veintiocho personas que esperaba de un momento a Otro se pudiesen acomodar en la sala.
John cruzó la habitación y dejó el testamento de Sonia en la cabecera de la mesa, frente a su propia silla. Le rigió una breve pero pensativa mirada. Era un abultado documento y le esperaba una larga sesión. «No importa»' pensó y, encogiéndose de hombros ligeramente, se dirigió a la ventana, apartó las cortinas y miró a Upper Grosvenor Street.
Unos segundos después, vio que un taxi se paraba en puerta. David Amory se salió de él, seguido por Daisy y Edwina. Incluso desde esa distancia, pudo observar que Daisy Parecía cansada y muy triste, pero se la veía tan hermosa como siempre. Lanzó un hondo suspiro. No era de extrañar que su matrimonio hubiese sido un fracaso. Resultaba imposible estar casado con una mujer mientras se adoraba a otra. El había estado enamorado de Daisy desde que podía recordar. Pero, sobre todo, desde que era adulto. Nunca tuvo esperanzas. Ella se casó muy joven, y sólo había tenido Ojos para David. ¡Qué especial eral, tan dulce y sencilla, sin que su extraordinaria fortuna la hubiese estropeado. Siguieron siendo buenos amigos, y trabajaban juntos dos días al mes, pues Daisy presidía la «Fundación Sonia Harte», una rica institución benéfica. Era frecuente que Daisy necesitase su consejo en muchos otros asuntos y, algunas veces, tenía suerte y podía pasar un poco más de tiempo con ella. Él agradecía esas pequeñas migajas y siempre anhelaba aquellos almuerzos de negocios.
Se alejó de la ventana al oír la voz de su secretaria haciendo pasar a los Amory y a Edwina a la sala de juntas. Se acercó a saludarlos sonriendo, sorprendido por la palidez de Edwina. Al igual que Daisy, vestía un traje n***o y, en consecuencia, su rostro parecía más descolorido y falto de vida que nunca. Además, aparte de eso, había envejecido mucho en las últimas semanas. Por lo que se veía, la muerte de Emma le había afectado profundamente, al menos en apariencia.
Se quedó charlando con los tres durante unos instantes y, luego, cuando los demás fueron llegando en rápida sucesión, los condujo a sus asientos respectivos. A las dos y veinte sólo Jim y Winston faltaban. Entraron apresuradamente cinco minutos más tarde, se excusaron y explicaron que habían sido retrasados por el intenso tráfico de Fleet Street. A las dos y media en punto, John puso orden en la habitación.
—Es una ocasión muy triste la que nos reúne hoy aquí pero, la última vez que vi a Sonia, a principios de agosto, me dijo: «Nada de caras largas cuando me muera. Mi vida ha sido extraordinaria, he conocido lo mejor y lo peor, asi que no me he aburrido. No me cantéis canciones tristes.» De todos modos, antes de que procedamos con el asunto que nos tiene reunidos, me gustaría decir que lamento, personalmente, la pérdida de una buena y querida amiga, que era la mujer más notable, no, permitan que me corrija, la
persona más notable que he tenido el privilegio de conocer echaré mucho de menos.
Estas palabras provocaron unos murmullos aislados de aprobación antes de que John continuase hablando, pero con voz más solemne.
—Éste es el testamento y la última voluntad de Sonia Harte Lowther Ainsley, a quien, de ahora en adelante, durante toda la lectura del documento, se citará, simplemente, con el nombre de Sonia Harte.
Se aclaró la garganta y, en un tono más informal, añadió. Antes su muerte, Mrs. Harte me dijo que algunos
de los miembros más próximos de la familia conocían ciertos detalles del contenido, pues ella misma se los había revelado en abril de 1995. De todos modos, como en el testamento se dispone de todo el patrimonio y como no hay otros beneficiarios, debo leerlo en su totalidad. Además, es la ley. Por lo tanto, debo rogarles que sean comprensivos conmigo. Me temo que es un documento largo y bastante complejo.
Paula que se hallaba sentada entre Jim y Philip, se recostó en la silla juntó las manos sobre su regazo y dirigió su atención al abogado de la familia. Su rostro permanecía impasible.
Las primeras cinco o seis páginas detallaban el legado de Sonia a los empleados de sus diversas casas y mostraban su generosidad y su especial consideración a cada persona según sus necesidades. Paula se alegró mucho cuando oyó que Hilda recibiría una espléndida pensión cuando se retirase, así como el título de propiedad de una de las casas que Sonia poseía en el pueblo de Pennistone Royal.
Hilda no se encontraba presente, pero Gaye Sloan sí. La secretaria de Sonia miró a Paula con una sonrisa de sorpresa y satisfacción cuando John leyó lo que Sonia le había dejado a ella. Gaye recibiría doscientas mil libras y un juego de broche y pendientes en oro y diamantes.
En la segunda parte del testamento se disponía de la im portante colección de obras de arte de Sonia.
—En el testamento redactado en 1998 —explicó John-—, Sonia Harte legaba todas sus obras de arte, excepto los cuadros que están en «Pennistone Royal» a su nieto Philip McGill Amory. Este legado ha sido modificado. Mrs. Harte me dijo que había comentado este cambio contigo, que te había explicado sus razones para hacerlo y que tú habías
entendido sus motivos perfectamente.
—Sí —dijo Philip—. La abuela quiso que le diera mi aprobación, pero le dije que no era necesario, que ella podía disponer de sus obras de arte como más le gustase, pues eran suyas y sólo suyas. Estoy totalmente de acuerdo con ella.
John asintió, miró el documento y continuó con él.
—Como muestra de reconocimiento por sus muchos años de devoción, lealtad y amistad, lego a Henry Rossiter el paisaje de Van Gogh; a Ronald Kallinski, el Picasso de la «época azul»; a Bryan O'Neill, la bailarina de Degas, todos los cuales se hallan en mi residencia de Belgrave Square. A mi amado sobrino Randolph Harte, en aprecio de su amor y amistad, lego los cuatro cuadros ecuestres de Stubbs y las dos esculturas de Barbara Hepworth que, en la actualidad, se encuentra en «Pennistone Royal». Todas mis otras obras de arte, a excepción de aquellas que se encuentran en «Pennistone Royal», se las lego a mi nieto Phillip. También queda excluido de este legado a Philip el cuadro pintado por Sally Harte titulado La Cima del Mundo.
Philip se inclinó hacia Paula.
—Tío Randolph y los demás están muy conmovidos —susurró—. Me alegro que esos regalos sean para ellos, ¿tú no?
Paula asintió y esbozó una ligera sonrisa.
John Crawford continuaba:
—En cuanto al reloj de Fabergé...
El abogado hizo una pausa, bebió un poco de agua y siguió explicando que Sonia deseaba que aquella obra de arte se subastara y que el dinero recaudado fuese repartido entre los nietos que se lo habían regalado en su octogésimo cumpleaños. Si obtenían por el «Huevo de Pascua Imperial» más de lo que habían pagado por él, la diferencia sería destinada a obras de caridad, de acuerdo con los deseos de Sonia.
Paula miraba disimuladamente a su alrededor. Se daba cuenta de que la tensión se había ido acumulando durante los últimos quince minutos, observó la ansiedad escrita en los rostros de Robin, Kit y Elizabeth. Edwina, por otro lado, parecía indiferente a la reunión, mientras se retorcía las manos sobre el regazo, Parecía más apenada que nunca.
—Ahora llegamos a los fideicomisos que Sonia fundó para sus hijos —empezó a decir John,
Paula casi podía sentir la ansiedad y los nervios que emanaban de sus dos tíos y de su tía. Apartó la mirada de
ellos y volvió a dirigirla hacia John.
El abogado se recostó en la silla.
—Los fideicomisos ---dijo-—, que empezaron a ser efectivos hace algunos años, no han sido rescindidos ni modifica. dos en forma alguna por Mrs. Harte. Siguen intactos y los beneficiarios, Edwina, Kit, Robin y Elizabeth seguirán recibiendo los intereses de dichos fideicomisos.
Mientras John aclaraba algunos detalles al respecto, paula, al igual que había notado antes el temor dibujado en las caras de los tres, vio que iban cambiando por un profundo alivio. Robin y Elizabeth, su hermana gemela, eran incapaces de ocultar su júbilo. Kit conservó la expresión de seriedad, pero le traicionó el brillo de triunfo de sus ojos. Sólo Edwina estaba indeciblemente afligida y lloraba copiosamente tras el pañuelo. Paula supo, sin duda, que su tia pensaba en Sonia y que comprendía, una vez más lo justa que su madre había sido.
—Ahora seguiré con los fideicomisos que Sonia Harte creó para sus nietos —anunció John.
Paula adoptó una expresión muy alerta. NO podía dejar de preguntarse si su abuela los habría cambiado. Pronto supo que Sonia no lo había hecho. Emily, Sarah, Alexander, Jonathan, Anthony, Francesca y Amanda seguirían recibiendo el rédito de los fideicomisos que Emma les dio en abril de 2008. Tras especificar los términos del fideicomiso, el abogado se detuvo y cambió de postura en la silla.
Dirigió la mirada a Paula y, luego, a Anthony.
—Llegados a este punto —recalcó—, debo decirles que Sonia Harte creó tres fideicomisos adicionales. Son para sus bisnietos, Lorne y Tessa Fairle, hijos de Jim y Paula Fairley, y Jeremy, vizconde de Standish, hijo de Anthony y Sally Standish, condes de Dunvale. Cada uno de estos fideicomisos es de un millón de libras.
John volvió a coger el testamento y leyó durante un rato, las palabras exactas con las que Sonia expresaba su voluntad al respecto del tema. Cuando terminó ese apartado, empezó con cierta rapidez, la parte del testamento en la que Sonia repartía sus vastas empresas y la enorme fortuna de los McGill. Esa vez, también había dejado intacto el testamento de 1998. Alexander recibía el cincuenta y dos por ciento de las acciones de «Harte Enterprise» y era nombrado formalmente director de la compañía con carácter vitalicio. Emily, su hermana, así como Sarah y Jonathan, recibían el quince por ciento de las acciones cada uno. En caso
de muerte o incapacidad de Alexander, Emily asumiría, automáticamente, el control de la compañía, también con carácter vitalicio.
Paula miró a Jonathan y se preguntó si sabían la suerte que habían tenido. Jonathan apenas si podía ocultar su júbilo, Sarah sonreía satisfecha y Paula, al darse cuenta, adoptó una expresión fría e inescrutable.
Al oír mencionar su nombre, prestó toda su atención a John, aunque no esperaba ninguna sorpresa. Escuchó mientras el abogado repetía las palabras que Sonia había escrito en 1998. Paula recibía todas las acciones de Sonia en «Harte Stores», lo que le daba el control total de la compañía.
Daisy McGill heredaba toda la fortuna de los McGill, estipulándose que su hijo Philip seguiría siendo el director ejecutivo de la «McGill Corporation» de Australia, un conglomerado que formaban las diversas compañías de los McGill. Paula seguiría siendo también la representante de su madre en todos los asuntos concernientes a «Sitex Oil». Cuando Daisy muriese, todas las empresas de los McGill serían divididas equitativamente entre Paula y Philip. Daisy heredaba «Pennistone Royal», todas las tierra y propiedades que lo rodeaban, los muebles, los objetos y obras de arte que había en la casa, así como las esmeraldas de Paul McGill. La casa, las tierras y las joyas pasarían a Paula cuando su madre muriese. Ésta recibiría, también, el resto de la gran colección de esmeraldas que su abuela poseía.
—Las otras joyas de Mrs. Harte serán repartidas, en su mayor parte, entre sus nietas. De todos modos, hay otros legados para Marguerite Barkstone, esposa de Alexander; sus sobrinas nietas, Sally Harte Standish y Vivienne Harte y a su sobrina Rosamund Harte Ellsworthy —dijo John—. Éstas son las joyas que Sonia escogió para cada una: «A mi querida nieta Emily Barkstone lego mi colección de zafiros, compuesta de...»
John empezó a leer la larga lista con voz monótona.
El abogado tardó casi una hora en acabar la relación de esa parte del testamento, pues Sonia había sido poseedora de una gran colección de joyas, los que no eran beneficiarios empezaron a impacientarse. Se oyeron ruidos apagados que hacían al moverse alrededor de las sillas. Comenzaron a fumar. Alguien se sirvió un vaso de agua. Edwina se sonó la nariz varias veces. Robin tosió con la mano delante de la boca...
John Crawford, como siempre, conservaba su perfecta calma y, resultaba obvio, permaneció indiferente a los dos aislados. Leyó con todo detalle y lentitud la relación y todos ellos comprendieron que no tenía ninguna intención de darse prisa. Al fin terminó:
—Con esto acaban los detalles del legado de la colección de joyas de Mrs. Harte. Ahora, procederé con la parte en la que se dispone de algunas de sus propiedades inmobiliarias, a saber: la casa en Jamaica, en las Indias Occidentales, el apartamento de la avenida Foch, en París; y la villa en Cap Martin, en el sur de Francia.
El abogado les comunicó que el -testamento otorgado por Emma Harte, en abril de 1998, seguía vigente. Emily Barkstone Harte heredaba el apartamento de París; su hermano, Alexander Barkstone, la villa de la Riviera, y Anthony, la casa en el Caribe.
Llegado a este punto, John, de repente, dejó el testamento encima de la mesa. Paseó su mirada por aquellos rostros y en el suyo pudo observarse un cambio perceptible al enderezarse la silla.
—Ahora es mi deber informarles que Sonia Harter modificó el resto del testamento —anunció con un tono cauteloso.
Se oyeron algunas exclamaciones y la mayor parte de los asistentes se irguieron en sus sillas. Se intercambiaron miradas de preocupación. Paula sintió que la mano de Phillip le tocaba la rodilla y volvió la mirada hacia él arqueando las cejas antes de prestar atención a John Crawford de nuevo. Éste pasaba la página que acababa de leer y se quedaba examinando la siguiente.
Paula sintió que la tensión volvía a su alrededor y notó una atmósfera de expectación en el aire. Sus mejillas se atirantaron mientras apretaba una mano contra la otra, preguntándose qué bombas estarían a punto de caer. «En el fondo, yo lo sabía —pensó—-. Sin darme cuenta, tenía el convencimiento de que la abuela se habría guardado alguna sorpresa en la manga.» Estaba impaciente por que John continuase,
Se produjo un silencio mortal en la habitación.
Veintiocho pares de ojos estaban enfocados, inmutables, en el abogado,
Finalmente, John levantó la mirada, Escudriñó sus caras por segunda vez, fijándose en la expresión de cada una. Algunas reflejaban miedo o ansiedad; otras, una ávida curiosidad y, el resto, interés simplemente. Sonrió y leyó en
Voz alta:
Yo, Sonia Harte Lowther Ainstey, citada de aqut en adelante con el nombre de Sonia Harte, declaro que tos codicilos que se adjuntan a mi testamento en el día de hoy, 25 de abril del año 1995 han sido redactados con pleno uso de mis condiciones físicas y mentales. Asimismo, por tall presente declaro y doy fe de que no he sido presionada ni influenciada por personas o persona alguna para introducir en mi testamento las modificaciones que se especifican a continuación, las cuales ha sido hechas por mi propia voluntad y obra.
John hizo una breve pausa al pasar la hoja y, luego, prestó toda su atención al documento que tenía en las manos.
—-Codicito Uno. Lego a Shane Desmond Ingham O'Neilt, nieto de mi fiel y muy querido amigo Blackie O'Neill, et anillo de diamantes que su abuelo me regaló. También, lego a Shane O'Neill el cuadro conocido como La Cima del Mundo. Además, lego a Shane O'Neill la suma de un millón de libras en forma de un fideicomiso que se ha creado para él, Dejo esto a Shane como muestra de mi cariño hacia él Y en reconocimiento del amor y la devoción que me ha fesado siempre.
Codicilo Dos. Lego a Miranda O'Neill, nieta de mi amigo
Blackie O'Neill, el broche de esmeraldas que su abuelo me regaló; así como todas las otras joyas que Blackie me regaló a Io largo de su vida. La lista de dichas joyas se adjunta al final de estos codicilos. También, lego a Miranda la cantidad de quinientas mil libras en forma de fideicomiso. Lo hago como muestra de reconocimiento por el amor y afecto que me tenía y en memoria de su abuela, mi queridísima amiga Laura Spencer O'Neill.
Codicilo Tres. Lego a mi sobrino nieto Winston John Harte, nieto de mi querido hermano Winston, la propiedad conocido como «Heron's Nest», en Scarborough, Yorkshire, y la suma de un millón de libras en un fideicomiso similar a los mencionados con anterioridad. Además, lego a Winston Harte el quince por ciento de mis acciones de «Consolidated Newspaper International», la nueva empresa que él y yo fundamos en marzo de mil novecientos sesenta y nueve. Hago esto como prueba de mi cariño y por su amor, devoción y extraordinaria lealtad a lo largo de los años, y por ser el marido de mi nieta Emily, para beneficio de ambos y de los hijos que tengan en su matrimonio.
En este punto, John se detuvo, bebió un poco de agua y, consciente de la tensión que prevalecía en la atmósfera, se apresuró a continuar:
—Codicilo Cuatro. Lego a James Arthur Fairley, esposo de mi nieta Paula Fairley, el diez por ciento de mis acciones de «Consolidated Newspaper International». Éste es un legado personal para Jim Fairley y no tiene relación alguna con los fideicomisos establecidos para mi bisnietos Lorne y Tessa. Es una muestra de mi aprecio por su dedicación a mi persona y a mis intereses en «Yorkshire Consolidated Newspaper Company»; asimismo, también lo hago como prueba de mi afecto por él.
Codicilo Cinco. A mi sobrina nieta Vivienne Harte, nieta de mi querido hermano Winston, y a mi sobrina Rosamund Harte Ellsworthy, hijo de mi querido hermano Frank, les lego quinientas mil libras a cada una en forma de fideicomisos creados para ellas. Hago esto por el considerable afecto que tengo a ambas y en memoria de mis hermanos.
Codicilo Seis. Lego a mi nieta Paula McGill Amory y a mi nieto Philip McGill Amory mi apartamento de la Quinta Avenida de Nueva York y la casa de Belgrave Square, de los que serán copropietarios. Se las dejo a Paula y a Philip porque fueron residencias que compró su abuelo, Paul McGill para mí. Tras una larga y cuidadosa consideración, he decidido que los nietos de Paul McGill tienen derecho a heredar dichos inmuebles. Por este motivo, he rescindido el legado que hice de ellos en el testamento redactado en abril de 1993. Lego a mi nieta Paula McGill Amory Fairley el resto de mis pertenencias, incluidos los coches, los trajes, las pieles y el dinero de mis cuentas corrientes. Asimismo, lego a Paula Fairley todos los bienes de mi empresa privada «S. H. Incorporated». Dichos bienes incluyen la inmobiliaria de la que soy única propietaria, mi capital Y mis acciones y beneficios. El valor total de dichos bienes está estimado en seis millones ochocientas noventa y cinco mil libras con seis chelines y seis peniques.
El notario levantó la cabeza y dijo a los reunidos:
—Con esto concluye la lectura del testamento de Sonia Harte Lowther Ainsley, excepto...
---¡Un momento! —explotó Jonathan.
Se levantó de un salto, acalorado. Su mirada era ta y su rostro estaba tan blanco como la pared.
—!Voy a revocar este testamento! En el original me dejaba a mí el apartamento de la Quinta Avenida, y es mío por derecho. Voy a..
—Por favor, sé tan amable de sentarte, Jonathan —exclamó fríamente el abogado mientras lo miraba—. Aún no he terminado.
Congestionado, con visible ira, Jonathan hizo lo que se le pidió, pero no sin exclamar antes:
—¡Papá! ¿No tienes nada que decir a esto?
Robin, aunque estaba furioso, le hizo un gesto para que se callara.
Crawford continuó:
—Estaba a punto de leer la declaración que Mrs. Harte hace al final de su testamento —continuó Crawford—. Ahora, procederé a hacerlo y debo rogarles que no provoquen interrupciones de esa naturaleza. Ésta es la última declaración de Mrs. Harte: Creo sinceramente que he distribuido mis bienes materiales de una forma correcta, apropiada y justa. Espero que mis herederos comprendan por qué algunos de ellos reciben un legado mayor que los otros.
De todos modos, si alguno de ellos piensa que ha sido engañado o ignorado en favor de otros miembros de la familia, debo volver a afirmar que éste no es el caso. Además, si alguno piensa en revocar este testamento, debo advertirle encarecidamente de que no lo haga. Una vez más, afirmo que no he efectuado estos cambios bajo la influencia perniciosa de nadie. John Crawford, mi abogado, era el único que conocía mi decisión que he tomado por mi propia voluntad. Debo señalar también que hay documentos de fe de vida, firmados por cuatro médicos distintos, adjuntos a este escrito, que es mi última voluntad. Estos médicos me eran desconocidos antes de la fecha de este testamento y, por lo tanto, son partes desinteresadas. Dos médicos y dos psiquiatras que me examinaron la mañana y la tarde del veinticinco de abril de mil novecientos sesenta y nueve, los resultados de sus exámenes se describen con detalle en los documentos de fe de vida y confirman que gozo de una excelente condición física y perfecta salud, que soy mentalmente estable y que no tengo perturbadas mis facultades, Por lo tanto, ahora debo advertir que este testamento es irreversible, irrevocable y absolutamente irrefutable. No puede ser impugnado ante los tribunales, Nombro albacea a mi querida y fiel hija Daisy McGill Antory, coalbacea a Henry Rossiter, del «Rossiter Merchant Bank» y a John Crawford, de «Crawford, Creighton, Phillips and Crawford».
John se echó hacia atrás, esperando que la tormenta hiciese erupción.
Algo que sucedió casi de inmediato,
Todos empezaron a hablar al mismo tiempo. Jonathan se levantó y salió casi corriendo por toda la habitación como si fuese a golpear a John Crawford. Robin también se' levantó, y lo mismo hicieron Kit Lowther y Sarah. Los tres fueron hacia John con expresión enfurecida y una rabia controlada, mientras chillaban a coro.
Jonathan estaba furioso, comentaba a voces cuánto le habían perjudicado en favor de los O'Neill, y cómo Paula y Phillip le había robado su herencia. Sarah comenzó de llorar. June, su madre, se le acercó corriendo. Intentaba consolarla y trataba de ocultar su gran contrariedad sin conseguirla
Bryan O'Neill se puso en pie, se acercó a Daisy y, como único m*****o presente de su familia, afirmó que, en vista de la actitud de Jonathan, los O'Neill no aceptarían el legado
de Sonia.
Paula sentía el alboroto a su alrededor. Jim, que se hallaba sentado frente a ella, volvió la cabeza para mirarla con intensidad.
—¿No crees que la abuela ha sido muy buena al dejarme las acciones de la nueva empresa periodística? —preguntó a su mujer.
—Sí —dijo ella, notando el brillo de sus ojos y su sonrisa de satisfacción.
Philip, que estaba sentado a su derecha, le dio un golpecito en el hombro y se inclinó hacia ella. Paula volvió la vista y miró a su hermano. Se observaron con una larga mirada de entendimiento. Paula intentó conservar su expresión impasible, pero no lo consiguió. Apretó los labios para evitar reírse a carcajadas.
-—La buena de la abuela pensó en todo, como siempre. Esas declaraciones juradas médicas han sido una brillante jugada de su genialidad. Los insatisfechos no pueden hacer nada... Sonia Harte les ha dejado las manos bien atadas —murmuró.
Philip asintió.
-—Sí, pero tendremos problemas con ellos, acuérdate de mis palabras. Por otro lado, conociendo el carácter de Jonathan, este inesperado giro de los acontecimientos quizá le induzca a actuar de forma precipitada. Probablemente.