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El matrimonio que me condenó.

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Descripción

Susana Rivas jamás imaginó que el amor pudiera convertirse en una sentencia.Acorralada por las deudas y con su madre al borde de la muerte, se ve obligada a aceptar un matrimonio que no desea. Federico Montenegro, un hombre poderoso, frío y temido, le ofrece salvación… a cambio de su libertad.Para él, Susana Rivas no es una esposa, sino un castigo.Para ella, Federico es el hombre que la humilla de día y la ignora de noche.Entre silencios crueles, desprecio y secretos que amenazan con destruirlos, Susana deberá aprender a sobrevivir en una casa donde el amor está prohibido y el arrepentimiento llega demasiado tarde.Porque hay matrimonios que nacen del odio…y errores que se pagan con el corazón.

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Casada con el hombre que me desprecia.
El salón estaba lleno de gente elegante, risas suaves y copas de cristal. Yo, en cambio, sentía que me faltaba el aire. —Firma —ordenó Federico, sin mirarme. Tomé la pluma con manos temblorosas. El papel frente a mí no era solo un contrato matrimonial. Era una condena. Mi nombre, Susana, se veía diminuto al lado del suyo: Federico Montenegro. El hombre más poderoso de la ciudad. El hombre que me odiaba. —¿No vas a decir nada? —preguntó con voz fría, inclinándose apenas hacia mí—. Pensé que estarías agradecida. Levanté la vista. Sus ojos oscuros no tenían ni una pizca de compasión. Vestía de n***o, impecable, como si este día fuera una simple reunión de negocios. —Gracias por… ¿comprarme? —susurré, sabiendo que nadie más podía oírme. Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios. —No te equivoques —dijo—. No te compré. Te salvé. Y eso tiene un precio. Tragué saliva. Mi madre estaba en el hospital. Las deudas nos ahogaban. Y él lo sabía. Federico Montenegro siempre lo sabía todo. El juez carraspeó. —Si ambos están de acuerdo, procedemos. Federico firmó sin dudar. Yo tardé un segundo más. Un segundo en el que pensé en huir. En gritar. En decir que no. Pero no tenía opción. Firmé. —Declaro que desde este momento son marido y mujer. Un murmullo recorrió la sala. Federico se puso de pie y, sin delicadeza, me tomó del brazo. —No sonrías —me susurró al oído—. No quiero que nadie piense que esto es un matrimonio feliz. Sentí un nudo en el pecho. —¿Por qué me haces esto? —pregunté, con la voz rota—. ¿Qué te hice yo? Se detuvo. Por un segundo pensé que respondería con sinceridad. Pero solo dijo: —Existir. Me soltó y se dirigió a la salida. Yo lo seguí, convertida oficialmente en su esposa, mientras las miradas curiosas se clavaban en mi espalda. Cuando subimos al auto, el silencio fue insoportable. —Esta noche dormirás en la habitación de invitados —dijo, sin mirarme—. No confundas este matrimonio con algo real. Apreté mis manos sobre el vestido. —Entonces… ¿qué soy para ti? Federico encendió el motor y me miró por primera vez a los ojos. —Mi error más grande. El auto arrancó. Y supe, con una certeza aterradora, que amar a ese hombre iba a destruirme… pero perderlo sería aún peor. La mansión Montenegro se alzó frente a mí como una sentencia escrita en piedra. Las luces exteriores iluminaban una fachada impecable, fría, perfecta… igual que él. El auto se detuvo y Federico bajó primero. No me ofreció la mano. Nunca lo haría. Tardé un segundo en salir. El vestido de novia pesaba más de lo que debería, como si supiera que ya no significaba nada. —Muévete —ordenó, sin mirarme—. No tengo toda la noche. Entramos. El silencio del lugar era opresivo. Cada paso resonaba demasiado fuerte, como si la casa rechazara mi presencia. —Esta es tu casa ahora —dijo una voz femenina. Levanté la mirada. Una mujer elegante, de rostro serio, nos observaba desde el fondo del vestíbulo. —Ella es Clara, el ama de llaves —dijo Federico—. No le des problemas. Clara me miró con una mezcla de curiosidad y lástima. Eso dolió más que el desprecio de él. —Acompaña a… Susana —añadió, pronunciando mi nombre como si le pesara— a la habitación de invitados. Invitados. Esa era yo. Una extraña en mi propio matrimonio. Subimos las escaleras. Cada peldaño me alejaba un poco más de la vida que conocía. Cuando Clara abrió la puerta, me encontré con una habitación amplia, elegante… y ajena. —El señor Montenegro pidió que no lo molestaran esta noche —dijo ella con suavidad—. Si necesita algo… Asentí sin hablar. La puerta se cerró y me quedé sola. Por fin sola. Mis manos temblaron al desabrochar el vestido. Sentí náuseas. Un mareo repentino me obligó a sentarme en la cama. Cerré los ojos y llevé una mano a mi vientre. —Tranquilo… —susurré, sin pensar. El silencio me respondió. Tragué saliva. Aún no estaba lista para enfrentar la verdad. Ni para aceptar que aquel hombre que acababa de casarse conmigo… jamás podría perdonarme cuando lo supiera. Afuera, escuché pasos. La puerta de la habitación de Federico cerrándose con firmeza, como un muro levantado entre nosotros. Me acosté vestida, con lágrimas silenciosas corriéndome por las sienes. Casada. Sola. Y cargando un secreto que, cuando saliera a la luz, lo destruiría todo. (Punto de vista de Federico) Cerré la puerta de mi habitación con más fuerza de la necesaria. El silencio de la mansión me resultó insoportable por primera vez en años. Siempre había sido mi refugio. Mi fortaleza. Hoy, en cambio, se sentía invadida. Por ella. Me aflojé la corbata con brusquedad y caminé hasta el bar. Serví un vaso de whisky sin hielo y lo bebí de un solo trago. El ardor en la garganta no fue suficiente para apagar la imagen que no dejaba de perseguirme. Susana Rivas. Mi esposa. Apreté la mandíbula. No había sido así como lo planeé… o tal vez sí. Un matrimonio frío. Sin sentimientos. Un castigo justo. —No debiste hacerlo —me dije, observando mi reflejo en el cristal. Pero ya estaba hecho. Apoyé las manos sobre la barra y cerré los ojos. Contra mi voluntad, la recuerdo volvió con claridad cruel: aquella noche. El alcohol. La rabia. Su llanto contenido. Su cuerpo temblando bajo el mío. —Te aprovechaste de mí —murmuré, como si ella pudiera oírme. Eso era lo que me repetía una y otra vez. Eso era lo que necesitaba creer. Porque aceptar que fui yo quien cruzó el límite… sería imperdonable. Caminé hasta la ventana. Desde allí podía ver una de las alas de la casa. Sabía exactamente en qué habitación estaba. La de invitados. Lejos de mí. Donde pertenecía. Y aun así… Sentí una presión extraña en el pecho. Una molestia incómoda. Irracional. —No sientas nada —me ordené—. No es más que una obligación. Recordé su rostro cuando firmó. Pálida. Derrotada. Una parte de mí —la más peligrosa— quiso detenerla. La ignoré. Porque si me detenía, si dudaba… todo el odio que me mantenía en pie se vendría abajo. —Esto es solo un contrato —dije en voz alta—. Nada más. Pero el silencio no me creyó. Me serví otro whisky. Esta vez lo bebí despacio. Pensé en su madre enferma. En las deudas. En cómo bajó la mirada cuando mencioné el precio. No había miedo en sus ojos. Había resignación. Y eso me enfureció más que cualquier mentira. —No intentes hacerte la víctima, Susana —murmuré—. No conmigo. Me quité el saco y lo lancé sobre la cama. El cansancio cayó de golpe, pesado. Me senté en el borde y pasé una mano por mi rostro. Por un segundo —solo uno— pensé en ir a su habitación. En decirle algo. Cualquier cosa. No lo hice. Porque si cruzaba esa puerta… ya no habría marcha atrás. Me acosté mirando al techo, con el eco de una verdad que no estaba listo para enfrentar: Había ganado ese matrimonio. Pero algo dentro de mí… ya estaba perdiendo

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