Vivir en el Vomero tiene una ventaja: el aire es más limpio. Y tiene una desventaja: el silencio es tan absoluto que puedes escuchar cómo se te pudre el alma.
Mi casa no es una casa. Es una declaración de intenciones. Mármol n***o, cristal blindado de suelo a techo y vistas a todo el Golfo de Nápoles. Desde aquí arriba, la ciudad parece un belén iluminado, inofensivo. No se ven la basura ni las jeringuillas, ni se huele la fritanga. Solo luces bonitas parpadeando en la oscuridad.
Mentiras carísimas.
Dejé las llaves sobre la isla de la cocina. El sonido metálico resonó como un disparo en una iglesia. Me serví un whisky. Sin hielo. El hielo es para la gente que quiere suavizar el golpe. Yo prefiero que queme.
—¿Te vas a emborrachar ahora? —preguntó Iván.
Estaba tirado en uno de los sofás de diseño italiano (incómodos de cojones, por cierto), jugando con una navaja mariposa. Click, clack, click. El ruido me estaba taladrando el cerebro.
—Es una copa, Iván. No seas madre.
—No soy tu madre. Soy el tío que tiene que limpiar tu mierda si decides volverte loco. —Cerró la navaja de golpe y se sentó, mirándome—. Le has mandado un mensaje.
Bebí un trago largo. El alcohol bajó raspando. —Sí.
—¿Cómo has conseguido su número tan rápido? Si hace veinte minutos no sabíamos ni qué talla de zapatos usaba.
—Hackear la base de datos de la universidad es un juego de niños para Enzo. Me lo ha mandado mientras subíamos en el ascensor. —Dejé el vaso en la encimera y me aflojé la corbata. Me sentía como si llevara una soga al cuello todo el día—. Además, quería ver si cambiaba la cerradura o llamaba a la policía.
—¿Y?
—Y ha apagado el móvil. —Sonreí, mirando al fondo del vaso—. Es lista. Asustadiza, pero lista.
Iván se levantó y caminó hacia el ventanal. Su reflejo en el cristal se superponía a las luces de la ciudad. Parecía un espectro tatuado. —Dante, esto se nos va a ir de las manos. Salvatierra no es un camello de esquina. Si se entera de que estás rondando a su hija, blindará la ciudad. Empezará una guerra.
—Ya estamos en guerra, hermano. Solo que él no lo sabe todavía.
—Pero, ¿por qué ella? —Iván se giró, frustrado—. Pégale un tiro al viejo y ya está. Quemamos sus almacenes. Le robamos las rutas. ¿Para qué montar este teatro de Romeo y Julieta versión psicópata?
Me acerqué a él. Puse una mano en su hombro. Estaba tenso como una cuerda de violín. —Porque la muerte es el final, Iván. Y yo no quiero que termine. Quiero que sufra. Quiero que Salvatierra vea cómo su hija, su "principessa", se convierte en una de nosotros. Quiero corromper lo único limpio que tiene.
Iván me miró a los ojos. Buscaba algún rastro de broma, de humanidad. No encontró nada. —Das miedo, Dante. En serio. A veces creo que el que murió ese día fuiste tú, y no papá.
Me aparté. —Quizás.
Mi móvil sonó. No el personal, sino el otro. El desechable. El que solo tienen tres personas. Lo saqué del bolsillo interior de la chaqueta.
Mensaje de El Puerto: Tenemos un problema en el muelle 7. El contenedor de Marsella ha llegado abierto. Faltan cinco kilos.
Suspiré. Se acabó el tiempo de jugar a las casitas. El trabajo real llamaba. El cansancio me cayó encima como una losa de cemento. Odiaba esto. Odiaba tener que bajar ahí abajo, oler la sal y el gasoil, mirar a la cara a hombres que me doblan la edad y decidir quién vive y quién muere por cinco putos kilos de cocaína.
Pero es lo que hay. Es la herencia.
—Vístete —le dije a Iván, terminándome el whisky de un trago—. Nos vamos al puerto.
A Iván le brillaron los ojos. La violencia le pone de buen humor. Es su droga. —¿Problemas?
—Alguien ha metido la mano donde no debe en el envío de Marsella.
—Genial. —Sacó su Glock de la funda sobaquera y comprobó el cargador—. Necesitaba golpear algo.
—Solo vamos a hablar, Iván.
—Sí, claro. Hablar. —Sonrió, y esa sonrisa sí que daba miedo de verdad—. Lo que tú digas, jefe.
Miré una última vez por el ventanal hacia la zona de Chiaia. Imaginé a Lucía en su cama, probablemente sin dormir, mirando el techo y pensando en el desconocido del coche. Duerme bien, Lucía. Porque mañana empieza la pesadilla. Y lo peor es que te va a gustar.
—Vamos —dije, dándome la vuelta.
El Vomero se quedó en silencio otra vez. Frío, perfecto y muerto. Bajamos al infierno.