El Puerto de Nápoles de noche es el culo del mundo.
Literalmente. Huele a gasoil, a salitre rancio y a pescado que lleva demasiado tiempo fuera del agua. El viento aquí abajo corta la cara, pero no es eso lo que te hace temblar. Es la oscuridad. Esas filas interminables de contenedores oxidados donde podrías esconder un ejército y nadie se enteraría.
Aparcamos el Audi detrás de una pila de palés. Iván apagó las luces antes de detener el motor.
—¿Quién es? —pregunté, mirando hacia el almacén 7. La puerta metálica estaba entreabierta, escupiendo una lengua de luz amarilla sobre el asfalto mojado.
—Nico "El Rata" —contestó Iván, comprobando su pistola por tercera vez. Le brillaban los ojos. Parecía un niño en la mañana de Reyes, si los Reyes Magos trajeran balas—. Un estibador que lleva dos años en nómina. Dice que "perdió" la mercancía. Que se cayó del camión.
—Nadie pierde cinco kilos de cocaína, Iván. Se pierden las llaves de casa. Se pierde la paciencia. La cocaína se vende.
Bajamos del coche. Mis zapatos italianos de suela de cuero no estaban hechos para pisar charcos de aceite, pero mantuve el paso firme. Iván iba medio paso por detrás de mí, a mi derecha. Siempre a la derecha.
Entramos en el almacén.
El eco de nuestros pasos hizo que las tres cabezas que había dentro se giraran a la vez. Dos de mis hombres, Enzo y Marco, estaban de pie, fumando. En el suelo, arrodillado y con las manos atadas a la espalda con bridas de plástico, estaba Nico.
Tenía la cara hecha un mapa. El labio partido, un ojo cerrado por la hinchazón y la camisa manchada de sangre y mocos. Estaba llorando.
Odio cuando lloran. Es patético. Si tienes los huevos para robarme, ten los huevos para aguantar la paliza.
—Don Dante... —gimió Nico al verme. Intentó arrastrarse hacia mí, pero Enzo le puso una bota en el hombro y lo clavó al suelo—. Juro por mi madre... juro que no sé qué pasó...
Me acerqué despacio. El almacén olía a humedad y a miedo. El miedo tiene un olor muy específico, ácido, como vinagre caliente.
—Levántalo —ordené.
Enzo y Marco lo agarraron por las axilas y lo pusieron de rodillas, obligándole a mirarme. Me agaché para quedar a la altura de sus ojos. Saqué un pañuelo de seda del bolsillo (siempre llevo uno, nunca sabes qué vas a tener que limpiar) y me limpié una mota de polvo imaginaria de la solapa.
—Nico —dije suavemente. Casi con cariño—. Llevas trabajando para nosotros dos años. Te pagamos bien. Te protegemos. Cuando tu hija se rompió el brazo, ¿quién pagó la clínica privada?
Nico tembló. Las lágrimas le hacían surcos en la sangre seca de las mejillas. —Usted, Don Dante. Usted.
—Exacto. Yo. —Suspiré, como si estuviera decepcionado con un niño que ha suspendido matemáticas—. Y así es como me lo pagas. Robando cinco kilos de la entrega de Marsella. ¿Sabes cuánto dinero es eso, Nico?
—¡No fui yo! ¡Se lo juro! ¡Fueron unos tipos, me asaltaron cuando...!
—Iván —dije, sin apartar la mirada de Nico.
—¿Sí?
—El teléfono.
Iván sacó un smartphone barato de una bolsa de pruebas y me lo pasó. Desbloqueé la pantalla. Estaba abierta en una conversación de w******p. Se la puse delante de la cara a Nico.
—Aquí dice que le vendiste la mercancía a un camello de Secondigliano ayer por la tarde —leí el mensaje en voz alta—. "Tengo blanca pura. Cinco paquetes. Precio amigo."
Nico se quedó blanco. Abrió la boca y la volvió a cerrar. Se acabó la mentira. —Debía dinero... —susurró, bajando la cabeza—. Las apuestas, Dante... me iban a matar.
Me levanté y me sacudí los pantalones. —Te iban a matar ellos. Ahora te voy a matar yo. ¿Ves la diferencia? Ellos te habrían roto las piernas primero. Yo voy a ser rápido. Soy un hombre misericordioso.
Me di la vuelta. —Iván, es todo tuyo.
El aire de la sala cambió. Iván sonrió. Una sonrisa depredadora, fea. Dio un paso adelante y sacó la pistola.
—Espera, espera, ¡NO! —Nico empezó a gritar, retorciéndose—. ¡Dante, por favor! ¡Tengo familia! ¡Devolveré el dinero! ¡Trabajaré gratis!
Caminé hacia la salida. No quería ver esto. No porque me diera pena, sino porque me aburría. Siempre dicen lo mismo. Siempre invocan a la familia, a Dios y a la Virgen. Pero cuando estaban gastándose mi dinero en el casino, no se acordaban de nadie.
—¡DANTE!
BANG.
El disparo sonó seco, sordo en el espacio cerrado del almacén. El grito se cortó de golpe. Luego, el sonido de un cuerpo cayendo como un saco de patatas contra el cemento.
Me detuve en el umbral de la puerta, de espaldas a la escena. Saqué un cigarrillo y lo encendí. Me temblaban un poco las manos. Solo un poco. Inhalé el humo, dejando que me quemara los pulmones, intentando tapar el olor a pólvora.
Iván salió un minuto después. Se estaba limpiando una salpicadura roja de la mejilla con el dorso de la mano. Parecía... relajado. Como quien acaba de salir del gimnasio.
—Limpio —dijo—. Enzo y Marco se encargan del cuerpo. Lo tirarán al mar con pesos, donde siempre.
—Bien.
Iván se apoyó en la pared a mi lado y me pidió el mechero. Se encendió un cigarro. —¿Sabes? —dijo, expulsando el humo hacia el cielo n***o—. Nico tenía razón en una cosa. Tenía familia.
—Todos tenemos familia, Iván. Eso no te hace especial.
—Ya. Pero ahora su familia es problema nuestro.
Le miré de reojo. Iván es un animal, pero tiene su propio código de honor retorcido. —Mándales dinero —dije, tirando la colilla al suelo y pisándola con fuerza—. Que parezca un accidente laboral en el puerto. Una pensión vitalicia para la viuda.
Iván asintió. No dijo "gracias" ni "eres blando". Sabía que no era bondad. Era pragmatismo. Si cuidas a las viudas, los otros empleados no se rebelan tanto cuando ejecutas a sus maridos.
—Vámonos —dije, caminando hacia el coche—. Tengo que ducharme. Me siento sucio.
—Te huelen las manos a pólvora —se burló Iván.
—No. Me huelen a pobre.
Subí al coche y cerré la puerta, aislándome del puerto, de la muerte y de Nico. Miré el móvil. Pantalla negra. Pensé en Lucía. En su apartamento limpio de Chiaia. En sus libros de leyes donde pone que matar está mal. En su inocencia.
Nico había robado por dinero. Yo estaba a punto de robarle la vida a una chica solo por venganza. Al final, quizás yo era peor que el tal Nico. Pero la diferencia es que yo sigo vivo. Y yo tengo el arma.
Iván arrancó el motor. El rugido del Audi sonó como una bestia despertando. —¿A casa? —preguntó.
—A casa. Mañana empieza la caza de verdad.