Vladimir No me he movido de la clínica. Ni un solo segundo en los últimos tres días. Ese es exactamente el tiempo que Astrid lleva en coma, y cada minuto que pasa siento que me arrancan una parte de mí. La cirugía fue un infierno, pero lo peor llegó después, cuando su estado se complicó y pensé… no, sentí, que la perdía. Ese terror, crudo y absoluto, me atravesó como un puñal. Nunca había conocido un miedo semejante. La estabilizaron, y desde entonces permanece así. Dormida. Suspendida en un limbo que me desgarra. Nos dejan verla solo unos minutos al día, y Nina —su madre— fue la primera en permitirme entrar. Ella entiende, aunque no lo diga en voz alta. Pero son solo unos minutos, nada más. Un sorbo de agua en medio del desierto. Y, sin embargo, siempre hay alguien esperando esos m

