Astrid El tiempo se me escapó entre los dedos. Seis meses pasaron frente a mí sin que me diera cuenta, y de pronto ese viaje a Rusia que había sido una promesa se convirtió en una realidad tangible. La fecha estaba ahí, marcada en el calendario, inevitable, y yo tenía la maleta abierta sobre mi cama como si eso bastara para convencerme de que estaba lista. Es increíble todo lo que hemos vivido para llegar hasta aquí. Las lágrimas, los miedos, los tropiezos y las reconciliaciones. Y, sin embargo, no me arrepiento de nada. No podría hacerlo, no cuando cada día termina con Vladimir mirándome de esa forma en la que papá mira a mamá: con devoción absoluta, como si no existiera nada más en el mundo que nosotras. Ese tipo de amor que te sostiene incluso cuando todo lo demás se tambalea. Aún n

