Vladimir Treinta y cinco años de mi vida no habían logrado prepararme para lo que significó este instante: aterrizar en Moscú y saber que Astrid, mi Astrid, estaba conmigo. El viaje había sido largo, trece horas de vuelo atravesando la distancia entre lo que fui y lo que ahora soy. Durante gran parte del trayecto ella durmió recostada contra mi hombro, y yo no hice nada más que observarla en silencio, incapaz de procesar del todo que esta mujer había aceptado venir conmigo, entrar en mi historia, en mi tierra, en mis recuerdos. Cuando el coche privado nos dejó frente a la casa, sentí un cosquilleo extraño en el estómago. No era un lugar cualquiera. Aquella casa fue el primer techo propio que pude ofrecerle a mi padre, el lugar que compré con mi primer dinero real, después de tantos años

