Astrid Por un par de segundos, ninguno de los dos dijo nada. Estaban ahí, frente a frente, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos. Ella sonreía con una devoción que me helaba la sangre, mientras él permanecía tenso, rígido, con esa expresión que no lograba descifrar. El silencio me resultó insoportable. Me rodeé con la manta, tratando de cubrir la desnudez que de pronto me pareció vulnerable, y avancé un par de pasos hasta quedar junto a Vladimir. Fue entonces cuando esa mujer reparó en mí. Su sonrisa, que había sido amplia y confiada, se apagó de golpe. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo con una intensidad que me hizo sentir como una intrusa en una escena que no me pertenecía. —Vladimir… — susurré, buscando su mirada, rogando encontrar el calor que minutos atrás

