Vladimir El amanecer nos encontró en silencio. No ese silencio cómodo que había empezado a ser parte de nosotros desde que llegamos a Moscú, sino uno denso, cargado, que todavía arrastraba la sombra de lo que pasó anoche. El eco del timbre, el rostro de Ivanka en el umbral, el temblor de mi propio cuerpo al escuchar un nombre que había enterrado hacía años… todo seguía vibrando dentro de mí. Y lo peor era que Astrid lo había visto. Había sentido cada tensión, cada duda callada. Me giré en la cama, esperando encontrarla despierta, inquieta. Pero estaba ahí, a mi lado, con los ojos cerrados y el ceño apenas fruncido, como si incluso en sueños la noche la hubiera tocado. Me dolió verla así. No era lo que había planeado para estos días en mi ciudad. Quería darle Moscú como un regalo, no

