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Mamá no llora de día

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Descripción

Ariana es madre soltera, profesional incansable y dueña de un caos hermoso: Leo y Mia, sus mellizos de seis años con más carácter que un adulto. Su vida transcurre entre correos, chocolates robados y tíos entrometidos… hasta que una bomba del pasado estalla sin aviso: Liam Cruz, el hombre que la dejó rota y sola, está de vuelta.

Siete años después de haberle dado la espalda por una mentira, Liam regresa decidido a recuperar todo: su amor, su familia… y el perdón. Pero Ariana no es la misma mujer que él dejó atrás. Ahora es más fuerte, más real y tiene algo que Liam jamás imaginó: dos hijos que lo miran con desconfianza... y un corazón que ya no se entrega fácil.

Con un ex que no se rinde, un mejor amigo que juega a ser héroe, y unos niños que dicen lo que todos piensan, Ariana tendrá que decidir si enfrenta el pasado… o lo entierra para siempre.

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Mi ex está de regreso
ARIANA No sé cuántas veces he tenido que lidiar con el mismo caos antes de salir de casa, pero ahí estábamos otra vez. —¡Ya basta, por favor! ¡Lo prometo, no lo haré más!— se escuchaba por toda la casa. Marco corría como un loco, con dos niños pisándole los talones. —¡Devuélveme mi chocolate, Manco!— gritaba Mia con el ceño fruncido, mientras intentaba alcanzarlo. Leo, por su parte, se rindió rápido y fue directo a la cocina a buscar otro. —¡Es tío Marco, no Manco! ¡Y no puedo dártelo porque ya me lo comí!— respondió él, ofendido, como si eso lo justificara. En cuanto vi que Mia iba directo a arrancarle los pelos, la intercepté justo a tiempo. La agarré con suavidad pero firmeza. —Mia, cariño, ponte los zapatos y te traigo otro chocolate, ¿vale? Pero no vuelvas a tirarle del pelo. ¿Entendido? —Vale... —gruñó, mientras se daba media vuelta y se iba a su habitación arrastrando los pies. Le tendí la mano a Marco para ayudarlo a levantarse y, de paso, le di un golpecito en la nuca. —¡Oye! ¿Y eso?— se quejó. —Por atrevido —intervino Leo, señalándolo mientras sostenía su barra de chocolate como si fuera un puro, caminando por el salón con aires de señor adulto. Leo es todo su padre: serio, observador, y con una personalidad que a veces asusta. Mia, en cambio, es puro reflejo mío: dulce, pero con un carácter que no se anda con juegos. Me preocupa lo rápido que Leo está creciendo. A veces habla como si tuviera treinta años y fuera él quien me criara a mí. —Lo que tú digas, hombrecito —le dijo Marco, despeinándolo con cariño. Leo frunció el ceño y le dio un manotazo suave en el brazo. —¡No soy pequeño! Una vez los dos estuvieron listos, fui a mi cuarto a terminar de alistarme para el trabajo. Me puse una blusa color crema, una falda negra justo por encima de las rodillas y unos zapatos planos. Prácticos, como siempre. Nada de tacones; no con mi horario. Al salir, fui directo a revisar que Mia estuviera lista. La encontré mirando cómo Leo organizaba sus juguetes y se los devolvía para que los metiera en su mochila. Marco intentaba hacer las paces con ella, pero ella lo ignoraba. Hasta que él fingió estar llorando. Entonces, claro, lo abrazó como si nada y se reconciliaron con promesas de jugar juntos más tarde. Marco se acercó a mí con ese aire serio que pocas veces usa conmigo. —Leo me preguntó cuándo su papá dejará de estar molesto... y si va a venir a verlos algún día —me dijo en voz baja. Miré a Leo, que hablaba con Mia sobre ver a Clara más tarde. Ella los iba a cuidar hoy. Suspiré y comencé a organizar lo necesario para salir. Marco siempre aparece cada mañana a ver si necesito algo. No lo dice con esas palabras, pero sé que lo hace porque soy madre soltera, y él cree que eso significa que necesito un hombre "de verdad" que me rescate. Yo creo que ningún hombre estaría dispuesto a cargar con hijos que no son suyos, pero él insiste. Ya en la casa de Clara, estacioné y ayudé a los niños a bajar del coche. Leo fue el primero en tocar la puerta. Clara los recibió con una sonrisa de oreja a oreja. —¡Tía Clara! —gritaron al unísono. —¡Mis sobrinos favoritos! ¡Qué alegría verlos! —contestó ella riendo. —Somos los únicos que tienes —replicó Leo, siempre con la lógica por delante. Después de abrazarme fuerte, Clara me miró con una mezcla de cariño y complicidad. —Bueno... —¿Bueno qué? —pregunté, levantando una ceja. —¿Cuándo vas a decirle al padre de los niños que existen? ¡Años, Ariana! Años —me soltó como si no hubiese pasado tiempo desde la última vez que lo hablamos. Clara sueña con que Liam y yo arreglemos las cosas, a pesar de que él me dejó por unas fotos falsas. Marco, por el contrario, quiere que desaparezca de nuestras vidas y le ponga un palo en el cul0 "a ver hasta dónde llega", según sus propias palabras. —Habría conocido a los niños hace siete años si no hubiera preferido vivir una mentira —respondí sin emoción. Intenté decirle la verdad. No quiso escucharme. —Luego hablamos, si me quedo más me despiden —le dije rápido, dándole un beso en la mejilla. —¡Te quiero, amiga demente! —gritó mientras me iba. Me reí: —¡Yo te quiero más! Aparqué frente a la oficina y casi salí corriendo. Por eso nunca uso tacones. Siempre estoy al límite del tiempo. En el ascensor, mientras trataba de no hiperventilar, me encontré con Tom. Me miraba divertido. —¿Todo bien? —No... siento que tengo asma y ni siquiera corrí —le confesé. —Relájate. Al señor Romero no le importa si llegas tarde. Y tenía razón. Podría entrar al mediodía y seguiría sonriéndome. Dice que le recuerdo a su hija fallecida. Por eso me trata con una paciencia que no se le ve con nadie más. A veces me da culpa. Otras veces, solo agradezco no ser quien recibe sus gritos cuando algo sale mal. —Eso no significa que pueda andar llegando tarde. Tengo un trabajo que hacer —dije. Cuando se abrieron las puertas, nos despedimos y fui directo a la oficina del señor Romero. —Adelante —gruñó cuando toqué. Entré. Su cara cambió en cuanto me vio. —¡Ariana! Qué gusto verte. —Igualmente, señor Romero —respondí. A él le molesta que lo llame así. Siempre me dice que lo llame David, pero me gusta mantener las cosas claras. —Mañana tenemos una reunión con una empresa importante de Nueva York. Ya deben de estar aquí. ¿Podrías llegar un poco antes para tener todo preparado? —Por supuesto. ¿Algo más? —Dejé los documentos que hay que archivar en tu escritorio. También te envié un correo con los nombres de los asistentes y lo que debes presentarles. —Entendido —le dije antes de salir, lista para un día más. * Tardé un par de horas en organizar esa montaña de papeles antes de poder enviar el correo a los miembros de la empresa. Mientras revisaba la lista de nombres, algunos me sonaban, pero me congelé al ver uno en particular. Liam Cruz.

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