PRÓLOGO: El Silencio De La Traición
UBICACIÓN: Piso 50, Torre Tanaka - Jin-Wu.
El sonido de la bofetada resonó en el vestíbulo de mármol como un disparo. La cabeza de Li Min se giró violentamente hacia un lado. El impacto fue tan seco que el silencio que lo siguió resultó ensordecedor. El rastro rojo de los dedos de Hana Sato comenzó a florecer en la piel pálida de su mejilla, un estigma de clase en medio del templo del poder de Han-Lin.
—¿Cómo te atreviste? —la voz de Hana era un susurro cargado de veneno, pero proyectado para que cada accionista en la sala escuchara—. Viniste de los campos de té con las manos sucias, te abrimos las puertas de esta familia, ¿y así le pagas a Kai? ¿Vendiendo los planos de la Serie K a la competencia?
Li Min no respondió. Tenía los oídos pitando y el sabor metálico de la sangre en el labio. Sus ojos, nublados por las lágrimas que se negaba a dejar caer, buscaron desesperadamente una sola mirada entre la multitud de trajes italianos y vestidos de seda.
Buscó a Kai.
Él estaba allí, de pie junto a la gran vidriera que mostraba el horizonte de Jin-Wu. Su figura era imponente, envuelta en un traje n***o hecho a medida que ocultaba las cicatrices del accidente. Su rostro, aquel que ella había acariciado en la penumbra de su humilde casa en Mian-Hua mientras él deliraba de fiebre, ahora era una máscara de granito. Sus ojos almendrados, antes cálidos cuando la miraban bajo la lluvia, ahora eran dos trozos de hielo que la atravesaban.
—Kai... —susurró Li Min, su voz apenas un hilo roto—. Yo no... Yo nunca...
—No te atrevas a decir su nombre con esa boca mentirosa —escupió Hana, dando un paso adelante, luciendo su anillo de compromiso de diamantes como un arma—. Ryu encontró los depósitos en tu cuenta. El dinero para el trasplante de tu madre... ¿De dónde crees que salió? ¿Del cielo? Lo compraste con la vida de Kai y con el futuro de esta empresa.
Hana volvió a levantar la mano, pero esta vez se detuvo a medio camino, mirando a Kai con una falsa vulnerabilidad.
—Amor, dile algo —rogó Hana, acercándose a él y rodeando su brazo con posesividad—. Dile que se largue antes de que llame a la policía. Mírala... es solo una oportunista que aprovechó que no recordabas quién eras para manipularte.
Li Min dio un paso hacia él, ignorando a los guardias que se acercaban. Su corazón latía con una fuerza dolorosa, rogando por una palabra, un gesto, una señal de que el hombre que ella había salvado de las llamas seguía ahí dentro.
—Kai, mírame —suplicó ella, con la voz quebrada—. Tú me conoces. Sabes que yo no...
Kai Tanaka finalmente se movió. Dio un paso hacia ella, rompiendo la distancia, obligándola a retroceder contra la fría pared de cristal. El aura que emanaba era de una furia gélida, la de un rey que se siente traicionado por su súbdito más leal.
—Te saqué de la miseria —dijo Kai. Su voz era baja, monocorde, más dolorosa que cualquier golpe—. Te di un lugar a mi lado cuando no eras nada más que una sombra en un campo de té.
Él se inclinó, su aliento rozando el oído de Li Min, pero sus palabras fueron dagas.
—Ojalá me hubiera muerto en ese helicóptero antes de despertar y descubrir que la mujer que amaba era la misma que ayudó a mi hermano a destruirme. No vuelvas a mirarme. No vuelvas a hablarme. Para mí, Li Min, estás muerta.
Kai se giró bruscamente, dándole la espalda sin un ápice de duda. Hana sonrió con una satisfacción triunfal, lanzándole a Li Min una mirada de desprecio absoluto antes de seguir a Kai.
Ryu Tanaka, apoyado contra una columna, observaba la escena mientras jugaba con su encendedor de oro. Le guiñó un ojo a Li Min, una confesión silenciosa de que su trampa había funcionado a la perfección.
Li Min se quedó sola en medio del vestíbulo. Los accionistas pasaban a su lado como si fuera un mueble roto, un despojo de la ambición ajena. Se llevó una mano a la mejilla ardiente y miró su reflejo en el cristal: la chica que lo dio todo por amor, ahora no tenía nada, ni siquiera la verdad.
El hombre que ella había rescatado de la muerte acababa de matarla en vida.