A la mañana siguiente me desperté con un dolor de cabeza palpitante y los músculos rígidos. No sabría decir qué me dolía más, si la cara o la cabeza. De inmediato, capté el aroma a beicon y escuché un chisporroteo. «Qué extraño», pensé. «¿Desde cuándo puedo escuchar a Dom cocinando desde el piso de arriba?» Entonces, los recuerdos volvieron a mi mente. «¡Joder!» Me encontraba en el apartamento del camarero, más concretamente en su cama, y medio desnuda. Sorprendida, me erguí rápidamente y me puse en pie, tambaleándome. Todavía podía sentir los efectos del licor que me había bebido la noche anterior. «Pues sí que me emborracho con facilidad», pensé. En realidad, nunca había sido una persona resistente al alcohol, aunque no es que me pasara las noches bebiendo como una cosaca. Claramen

