Cuando nos sentamos en la pequeña mesa de la cocina, la situación pareció haberse vuelto demasiado íntima. En la mesa apenas cabían dos personas, por lo que nuestras rodillas no dejaban de rozarse mutuamente. Supuse que estaba tratando de ser un buen anfitrión. Incluso llegó a ofrecerme dos aspirinas y un vaso de zumo de naranja. Aparentemente, sus invitados no recibían alcohol durante el desayuno, lo cual era una pena. Cuando me había comido la mitad del desayuno, llegaron las preguntas molestas. —Y ¿cómo conociste a la señora Noel? —me preguntó, tratando de entablar una conversación. —Éramos vecinas cuando vivía en Tangi —respondí con la mirada fija en mi plato mientras jugaba con la comida en vez de comérmela. Sentí su mirada penetrante posada en mí, lo que hizo que me revolviera en

