HOGAR DULCE HOGAR
Cuando llegamos a la entrada de nuestra casa en Jeffery's Lincoln, me quedé helada.
—E-e-esta no puede ser nuestra casa —mascullé medio tartamudeando.
—Pero lo es. Vivimos con estilo. No hay lugar mejor que el Garden District —Jeffrey sonrió, orgulloso—. Ya te lo he dicho, ¡Laissez les bons temps rouler!1
—Eso espero, Jeffery. De verdad que sí.
Traté de aparentar felicidad, pero en el fondo de mi ser, mi alegría se había ausentado. No quería ser una aguafiestas. Quería creer que habría días mejores en mi futuro. Sin embargo, a pesar de mis buenas intenciones, seguía teniendo mis dudas. Puede que fuera libre físicamente, pero mi corazón aún estaba encadenado. Ni siquiera sabía si llegaría a recuperarme del todo.
«El tiempo lo dirá», pensé.
Solté un suspiro áspero conforme los recuerdos de ese día volvían a pasar por mi mente. Aún podía escuchar la risa malvada de Sally en mis oídos y podía sentir los brazos de Aidan envolviéndose firmemente alrededor de mi cuerpo.
Mi cerebro seguía estando plagado de lagunas y, debido a eso, crecían las semillas que me hacían dudar de la participación de Aidan. El rostro de mi cobarde captor había permanecido en las sombras, pero su mano había lucido un anillo de diamantes. El mismo anillo que me había perseguido en sueños desde que era una niña.
Luego, la oscuridad me había envuelto y mi vida frenó en seco. Ese era mi último recuerdo de aquel día tan devastador. Cuando me había despertado, encadenada, había caído en la cuenta de que mi felicidad había llegado a su fin.
Jeffery aparcó el coche en el garaje, que se encontraba en la parte trasera de la casa, y apagó el motor. Luego, se giró hacia mí con una resplandeciente sonrisa y exclamó:
—¡Ya hemos llegado!
—Eh… ¿qué?
La voz de Jeffery sonaba como si estuviera bajo agua, amortiguada.
—Stevie, ¿seguro que estás bien? —Jeffery estudió mi expresión facial mientras yo le devolvía la mirada, impasible.
—Solo necesito descansar.
La fuerza que una vez había tenido parecía haberse agotado. Supuse que me sentiría mejor en cuanto las drogas abandonaran mi sistema. Aun así, dudaba que la antigua Stevie llena de vida, volviera. Había muerto el día en que Aidan y Sally la habían capturado.
Decidí lidiar con eso más tarde. Ahora tenía que enfrentarme a la cruda realidad. Había pagado un alto precio por mi fe. Y, como resultado, la venganza era el aire que respiraba y lo único que entendía. Mi tormento era el combustible que me mantenía con vida. Mi ira era mi inspiración. Sin embargo, la fuerza que movía mis pies era… mi rabia.
Si fuera inteligente, trataría de pasar página. Gracias a la riqueza que se me había otorgado, podría empezar una nueva vida y dejar atrás el pasado. No obstante, ninguna cantidad de dinero podría comprarme una forma de salir de este siniestro laberinto.
Mi instinto me decía que la familia de Aidan no había terminado conmigo. Al fin y al cabo, les había robado su preciosa oportunidad de dominar el mundo al infundir mis poderes con los de Aidan. Recé por que mi instinto estuviera equivocado. Quería que me dejaran en paz de una vez por todas.
Un recuerdo en concreto seguía golpeando mi mente, un destello de visiones que no podía reconocer. Sentía que se me había olvidado algo, pero ¿qué? ¿Podría tratarse de otro mal recuerdo de ese hospital, que estuviera encerrado en mi cerebro drogadicto, tratando de abrirse camino hacia la superficie? Si así fuera, prefería que permaneciera enterrado, o mejor… muerto.
—Cari, vamos adentro —Jeffery caminó hacia mi lado del coche y abrió la puerta. Con suavidad, deslizó su brazo alrededor de mi cintura y me sacó del coche. Supuse que estaba más débil de lo que pensaba—. Le diré a Dom que te prepare algo bueno para comer. Estás muy pálida, incluso para tu tono de piel de lirio blanco —sonrió con dulzura.
Por las ojeras que decoraban sus ojos, supe que Jeffrey podría tomar nota de sus propios consejos. Me preocupaba ser yo la fuente de sus noches de insomnio.
Conforme caminábamos hacia la casa, no pude quitarle los ojos de encima. Era impresionante. Parecía estar sacada de una revista. Majestuosa y mística, la mansión centenaria se alzaba como si estuviera esperando nuestra llegada. Estaba pintada de blanco y embellecida con estrechas ventanas que se extendían a lo largo del porche delantero, cubiertas con contraventanas negras.
Avenidas de robles antiguos alineaban la calle, ofreciendo su sombra fresca, mientras las lagerstroemias coloreaban el aire con su dulce perfume. Ese maravilloso aroma me recordaba la calle Santa Ana, de mi antiguo barrio en Tangi.
En comparación con mi antigua casa, esta no era poca cosa. Al fin y al cabo, no había nada mejor que el Garden District de Nueva Orleans. Jeffery me condujo a través de la valla de hierro forjado hacia un tramo de escalones de ladrillo que parecía no tener fin. Al subir los escalones, me fijé en los enormes helechos que se balanceaban con una ligera brisa en el porche.
El jardín era pequeño, pero su exquisito verdor era de lo más tentador. En ese mismo instante, deseé poder correr con mis pies descalzos a través de esa gruesa alfombra verde. No podía recordar la última vez que había sentido el fresco roce de la hierba entre los dedos de los pies.
Se me humedecieron los ojos, pero los sequé rápidamente. Quería aferrarme a la última pizca de dignidad que me quedaba hasta que estuviera a solas.
A la izquierda del porche, atisbé un columpio de mimbre blanco con mullidos cojines de color amarillo y, a la derecha, una mesa de mimbre y sillas multicolores que combinaban con las flores del jardín.
Cuando entramos en la casa, olfateé el olor a comida y, al instante, el delicioso aroma que envolvió mi nariz se burló de mi hambriento estómago. Estaba deseando comer. Dom estaría preparando un gran festín. Las ventajas de vivir con un chef.
Entonces, el gran vestíbulo me llamó la atención. Capté el dulce perfume de las gardenias que reposaban en un florero de cristal, decorando el centro de una mesa redonda de caoba oscura sobre la cual lucía una lámpara de araña de tres niveles.
Permanecí allí durante un momento, boquiabierta ante tanta elegancia. Todo esto iba más allá de mi imaginación. Anonadada, di una vuelta por la sala, contemplando cada detalle con asombro.
Jeffery me alentó a seguir adelante, y entramos en la sala de estar. La luz del sol se filtraba a través de las ventanas, envolviendo la habitación en una maravillosa calidez. Divisé un piano de cola en la esquina junto al ventanal, una acogedora chimenea rodeada de suaves sillones y un soso sofá blanco, así como brillantes alfombras persas que le aportaban color y elegancia al suelo de madera oscura. Además, cada pared estaba decorada con cuadros artísticos que le daban a la casa ese típico encanto sureño.
—Jeff, esto es increíble —las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas, aunque traté de contenerlas.
—Venga. Vamos a conseguirte algo de comida, y luego te enseño tu habitación en el piso de arriba. Dom y yo la hemos decorado especialmente para ti —Jeffery sonrió, tratando de ocultar su inquietud.
—Suena genial —esbocé una sonrisa, pero me quedó un poco falsa.
De repente, escuché un débil maullido proveniente de debajo del piano. Bajé la vista y vislumbré una gran bola de pelo blanco frotándose contra la banqueta. Abrí los ojos como platos.
—¿Es ese…?
—Sí. Y más vale que me des las gracias porque ese maldito gato y yo, no nos llevamos nada bien. No me trae más que problemas —gruñó Jeffery.
Sorprendida, solté una carcajada, y los ojos de Jeffery brillaron. Me alegré de ver que su antigua chispa había vuelto.
En cuanto Bola de nieve escuchó mi voz, vino corriendo hacia mí. Tomé a mi querido gatito entre mis brazos y lo acurruqué contra mi pecho. Su suave ronroneo era de lo más tranquilizador. Había olvidado lo mucho que adoraba ese sonido.
Esta vez, una avalancha de lágrimas corrió por mis mejillas. No de las tristes, sino de las alegres, de las que no había llorado en mucho tiempo. Estaba en casa.
Alcé la vista.
—¡Gracias, Jeff! —dije en un susurro.
Su rostro dorado resplandecía mientras se inclinaba para darme un abrazo rápido.
—Vamos, antes de que Dom decida despellejarme vivo. Ese malhumorado francés ha estado esperando todo el día para verte. Además, tengo hambre.
Sin darme cuenta, por primera vez en mucho tiempo me sentía entumecida. Lo cual era algo bueno.
A pesar de todo, independientemente de lo bien que parecía ir en este momento, no estaba siendo yo misma completamente. Sanar me llevaría tiempo. Mi mente parecía ir a la deriva en dirección a ninguna parte, hacia un vasto desierto de arena y plantas rodadoras. No tenía ni idea de cuánto tiempo tardaría en recuperarme… si es que lo conseguía. Iba cargando con una pila de problemas.
Pero, si había una cosa de la que estaba segura, era que estar aquí en esta encantadora casa con Jeffery y con Dom era el camino correcto hacia mi recuperación, o al menos por el momento. Aun así, tenía que tener en cuenta su seguridad y ser consciente del riesgo en el que se estaban poniendo al tenerme en su presencia.
Cuando entramos en la cocina, capté varias mezclas de especias que intensificaron los gruñidos de mi estómago. Disfruté del delicioso aroma. Como la mayoría de las casas del sur, la cocina se encontraba en la parte trasera de la casa. La luminosa habitación estaba equipada con todas las comodidades modernas, pero sin perder ese encanto antiguo. La cocina Wolf parecía ser el punto focal de la habitación, y el refrigerador de acero inoxidable de gran tamaño prometía una gran reserva de alimentos variados. Me gustaron especialmente los ventanales que hacían que el exterior se mezclara con el interior. El espacio tenía todo lo que uno podría necesitar y era igual de acogedor y alegre que el resto de la casa.
Dom, vestido con su delantal blanco lleno de manchas, se apartó de la cocina y, rápidamente, su bigote se extendió a través de su rostro hasta formar una amplia sonrisa.
—¡Oh!, ¡Qué maravilloso! La dueña de la casa ha regresado —el regordete chef me acogió entre sus brazos y me estrechó con fuerza. Luego, me empujó hacia atrás con el brazo extendido y me observó de pies a cabeza, como un padre inspeccionando a su hija que vuelve cubierta de suciedad tras un día de juego—. ¡Mírate! —chasqueó la lengua—. Tienes que comer. Ven. Siéntate —instó con un fuerte acento francés y señaló una mesa redonda que se encontraba justo en frente de la ventana, a la extrema izquierda. Sacó una silla para mí, y yo, siguiendo sus órdenes, me senté—. Te he preparado un festín, pero creo que tal vez debas comer algo no tan bueno para la barriga, ¿sí?
Dom se marchó antes de que pudiera protestar y, cuando volvió, sostenía un tazón entre sus manos. Lo depositó sobre la mesa frente a mí.
—Esto es mucho mejor. Come —me instó, haciendo un gesto con la mano en mi dirección.
Agaché la cabeza, observando el humeante vapor que derivaba hacia mi rostro, y saboreé su aroma a… sopa de pollo. Inmediatamente, una sonrisa apareció entre mis labios conforme alzaba la vista hacia el suave rostro de Dom.
—Huele súper bien. Gracias —dije mientras agarraba la cuchara.
Jeffery colocó un vaso de leche y una taza de Coca-Cola sobre la mesa junto a mí.
—Cari, bébete estos dos —me aconsejó, dándome una palmadita en el hombro—. Estás más pálida de lo normal —su semblante reflejaba su desasosiego.
Inconscientemente, me llevé la mano a la cara.
—¿De verdad?
Jeffery arrugó la nariz.
—Ya sé que eres pálida de siempre, pero vaya…
Mi buen amigo siempre sabía cómo halagar a una chica. Algunas cosas no cambiaban.
Lo fulminé con la mirada.
Jeffery tenía razón. Mi rostro estaba demacrado. En Haven, las provisiones de alimentos habían escaseado seriamente. De hecho, no podía recordar haber comido en absoluto, a menos que las drogas formaran parte de algún grupo alimenticio.
Los empleados que trabajaban en Haven eran de un tipo único. Yo los calificaría de monstruos. No compartían la típica hospitalidad que caracterizaba a la gente sureña, sino que su comportamiento había sido más bien pernicioso.
Sospechaba que la familia había seleccionado a todos y cada uno de los empleados personalmente. No podía imaginarme a ninguna persona decente trabajando en esa cámara de tortura a la que llamaban hospital.
Me estremecí solo de pensarlo. Ese abuso era una visión que deseaba olvidar.
Hacía tiempo, había temido a los hombres de n***o. Pero eso cambió en cuanto puse un pie en Haven. Los hombres de blanco, los camilleros, eran mucho peores. Le otorgaban un significado totalmente diferente a la palabra «siniestro».
Aún recordaba cómo los chicos de blanco se lo habían pasado de puta madre. Se solían reunir alrededor de mi cama en cada ronda para animar a la enfermera que tenía el placer de administrarme las drogas. Y, como yo no solía cooperar, los chicos se divertían empujándome contra la cama y abriéndome la boca a la fuerza para meterme un puño de medicamentos por la garganta.
Los odiaba tanto que había planeado sus muertes con un simple cuchillo de untar y había disfrutado imaginando los asesinatos. Nunca llegué a hacer nada al respecto, pero aun así, el deseo persistía.
Los camilleros solían informar a Betty, la enfermera encargada, sobre mi comportamiento desafiante y, desgraciadamente para mí, Betty hacía oídos sordos ante las represalias. La enfermera favorecía a su personal y había consentido sus malos tratos.
Sin embargo, como sus queridos chicos solían volver con los labios rotos y las caras arañadas, la enfermera decidió tomar cartas en el asunto. Fue entonces cuando sacó los grilletes y una camisa de fuerza.
Varios meses más tarde, el médico, a regañadientes, sacó tiempo de su apretada agenda, la cual consistía en inhalar coca y ver pornografía en su oficina, para examinar la infección en mi pie. Era de lo que más se hablaba entre los camilleros. Los grilletes estaban tan apretados que me habían cortado la circulación y, debido a la falta de una limpieza adecuada, surgió la infección. Si hubiera estado en cualquier otro lugar, me habrían hospitalizado. Lo irónico es que ya estaba en un hospital, si es que se le podía dar ese nombre.
El doctor Phil Good y Haven, temían ser encarcelados por sus prácticas tan sádicas, por lo que, gracias a su paranoia, el médico le ordenó a la enfermera que me quitara los grilletes y que me proporcionaran la atención médica adecuada.
Betty y sus secuaces no quedaron nada satisfechos con las órdenes del médico, y no obstante sus deseos, los camilleros estaban decididos a mantenerme lo más restringida posible, por lo que gustosamente siguieron las órdenes de la enfermera Betty y me metieron en una camisa de fuerza, por si acaso.
A pesar de todo, me reí en sus caras cuando tuvieron que quitarme los grilletes de acero.