Alcé la cabeza con la cuchara suspendida en el aire. Dos pares de ojos preocupados estaban estudiando cada uno de mis movimientos.
—¡Chicos! Estoy bien —quería tratar de convencerlos, pero no quería sonar ingrata. Al fin y al cabo, podrían haberme abandonado a las puertas de ese espantoso hospital—. Es decir, que aprecio muchísimo todo lo que han hecho por mí. Pero voy a estar bien. Así que dejen de preocuparse —me obligué a sonreír.
A decir verdad, es posible que estuviera tratando de convencerme a mí misma también de eso.
Dom extendió su brazo sobre la mesa y me dio una palmadita en la mano.
—¿Por qué no nos dejas hacer lo que mejor se nos da? —sonrió, estirando su fino bigote.
—Lo siento —deposité la cuchara en el tazón de la sopa y suspiré—. No quiero que se preocupen por mí.
Estaba más que agradecida por que se esforzaran tanto por cuidarme, pero no tenía nada que ofrecerles a cambio. Estaba vacía por dentro.
—Queremos ayudar —Dom sonrió cálidamente.
Vacilé durante medio segundo antes de volver a hablar.
—Tengo que preguntarles algo. He estado pensando en ello durante un tiempo —hice una pausa. El temor se apoderó de mí—. ¿Han tenido noticias de Aidan? —me puse pálida, temiendo si realmente quería o no saber la respuesta.
Jeffery y Dom compartieron una mirada tensa. Fue Jeff quien tomó la iniciativa y respondió:
—Cari, no hemos vuelto a ver a Aidan —inhaló profundamente—, desde la noche que te secuestraron y pasaron todo tipo de mierdas espeluznantes, —los ojos azules de Jeffery se abrieron como platos.
—¿Como qué? —mi corazón latía a mil por hora.
—Para empezar, todo el maldito castillo desapareció, con los cimientos y todo —el rostro de Jeffery palideció como si hubiera visto un fantasma.
Me quedé mirándolo boquiabierta.
—No hemos sabido nada de Aidan desde la desaparición, —añadió Dom—. Las llamadas van directamente al buzón de voz. Todo el mundo ha desaparecido, y no sabemos por qué. Incluso Van y su hijo Sam han desaparecido de la faz de la tierra, —la frente de Dom se cubrió de arrugas.
Permanecí allí sentada en estado de shock. No era ningún secreto que hablar de Van, el tío de Aidan, y de Sam no era mi tema favorito. Sam era un psicópata y un violador, y su padre no era mucho mejor. Aunque no sabía nada sobre el paradero de Van, sí que sabía lo que le había pasado a Sam. Aidan le había quitado la vida.
A pesar de que la muerte de Sam había sido abrupta y violenta, había estado justificada. Su intención había sido violarme y darme por muerta. Aidan había matado a Sam para salvarme la vida, justo antes de que éste hubiera acabado conmigo, pero no antes de que Sam me hubiera dado una buena paliza.
Si no hubiera sido por Aidan y su magia druida, estaría muerta. Supuse que esa era una cosa por la que le podría estar agradecida.
—¿Cómo es posible que Aidan haya desaparecido?
—¡Y eso es quedarse corto! —intervino Jeffery—. No tenemos ni puta idea. Seguimos rascándonos la cabeza. Yo sospecho que su familia usó la mierda esa del vudú y ¡puf!, el castillo y todos sus putos bufones dijeron «hasta la vista». Aparte de Aidan, espero que ninguno de ellos vuelva.
—Jeff, eres demasiado supersticioso —intervino Dom, regañando a su compañero—. Debe haber una respuesta lógica que explique su paradero.
—¡¿Perdona?! —Jeffery se quedó boquiabierto—. ¿Dónde diablos has estado tú, monsieur? —Jeffery comenzó a mover el dedo en la cara de Dom—. Explícame cómo ha desaparecido ese maldito castillo, ‘señor yo-no-creo-en-fantasmas’. Si hasta los rosales desaparecieron, —Jeffery frunció los labios, enfadado.
—Claramente no tengo todas las respuestas, pero no asumas sin tener hechos, ma chère —Dom mantuvo la compostura mientras replicaba con suavidad—. Por aquí nada es lo que parece.
—Bueno, pues tú sigue haciendo lo que mejor se te da… cocinar —replicó Jeffery con una dosis extra de crema agria.
De repente, empecé a reírme como una histérica. Ambos hombres se olvidaron de su riña y se volvieron para clavar sus ojos sobre mí. En ese momento, había perdido todos mis tornillos. No podía recuperar el aliento. Enseguida, Dom y Jeffery se unieron, y la habitación se llenó de júbilo.
Me sentó bien liberar esa extraña emoción que vivía en mi interior. Aquella peculiar hilaridad le resultó extraña a mis oídos; era un sonido que había abandonado el barco desde que me habían mandado al psiquiátrico.
Aun así, sin previo aviso, mi estado de ánimo cambió como el viento. Empecé a sollozar, y la casa se quedó en silencio. Por un breve momento, mis dos amigos se quedaron boquiabiertos en un silencio aturdido.
Estaba echa un desastre. Las drogas estaban abandonando mi sistema más rápido de lo que esperaba, y la realidad estaba abriéndose camino.
Estar cara a cara con la muerte no era algo fácil de aceptar. Mi vida era un desastre. No estaba segura de qué sería peor, estar muerta por dentro o estar viva y ser despreciable.