𝙀𝙢𝙞𝙡

1242 Palabras
Escucho pasos al otro lado. Una risa breve, estridente, carente de humor. Cruel. Una puerta que se abre y se cierra. El mundo sigue funcionando sin mí, y esa idea me golpea con una claridad brutal, una certeza fría como el acero. No pertenezco a este lugar. Ni a ningún lugar, quizás. Y sin embargo, algo en mí sabe que si me quedo, alguien va a decidir qué hacer conmigo. Seré un peón en un juego que no entiendo, una marioneta sin hilos. O peor aún, un fantasma olvidado, un nombre borrado de la faz de la tierra. La certeza no viene con palabras, viene con urgencia. Un instinto primario, una voz ancestral que grita peligro. La misma voz que me susurró que corriera sin mirar atrás, aunque no recuerde de qué. No mires. No hables. No esperes ayuda. Muevo los dedos de los pies. Luego la mano libre. El cuerpo protesta, cada músculo tenso y dolorido, pero responde. Bien. Eso es suficiente. Despacio, como si el aire pudiera delatarme, giro la cabeza. Localizo la cortina. El borde de la cama. El suelo frío bajo mis pies descalzos. La ventana, demasiado alta, inalcanzable. Un rectángulo de oscuridad que promete libertad. Huir no es un plan. Es un reflejo. Una necesidad visceral, una respuesta automática a la amenaza. Un impulso irrefrenable que domina mi voluntad. Y mientras escucho de nuevo los murmullos, mientras el hospital respira a mi alrededor como una bestia enorme y distraída, entiendo algo con una claridad que no necesita memoria: Si me quedo, dejo de ser mío. Me convertiré en una sombra, en un eco de lo que fui, en algo que ni siquiera reconozco. No espero a entender qué planean hacer conmigo. Salgo del hospital y camino. No sé cuánto tiempo transcurre. Los minutos se diluyen en una niebla de fatiga y confusión. El mundo comienza a desdibujarse de nuevo, perdiendo nitidez. Volví a la realidad. Doce años después... El sonido inconfundible de metal contra metal me arranca de la ensoñación. Una llave de tuercas que cae en un suelo de cemento, un motor que se acelera con dificultad. —¡Emil! —me llama Marco. Levanto la cabeza con esfuerzo, parpadeando para enfocar la imagen. Me limpio las manos manchadas de grasa con un trapo viejo y mugriento. El taller huele a aceite quemado, a sudor rancio, a cosas que funcionan a la fuerza, aferrándose a la vida con uñas y dientes. Me gusta este olor. Aquí, todo es simple: algo se rompe, algo se repara. No hay preguntas existenciales, ni dilemas morales. Aquí soy Emiliano, o al menos eso aparento. Escondo mi sexualidad y mi feminidad como si fueran un pecado, una vergüenza. Actúo como un hombre, hablo como un hombre, me muevo como un hombre. He aprendido a dominar este idioma, a borrar las huellas de mi pasado. Todos en el barrio me conocen como Emiliano, un mecánico callado y trabajador. Creen que soy un hombre. Solo Luna y Gustavo, mi padre adoptivo, conocen la verdad. Ellos saben que soy una mujer atrapada en un cuerpo que no me pertenece. Tengo 27 años. Han pasado diez años desde que desperté en ese hospital, sin recuerdos, sin nombre, sin identidad. He construido una nueva vida en Acero Gris, una ciudad que me ha acogido y me ha ocultado. He aprendido a sobrevivir en este mundo, a hacerme invisible, a pasar desapercibido. —¿Sí? —respondo con cautela. Mi acento extranjero todavía persiste, como una sombra del pasado que me recuerda de dónde vengo. Ya no me avergüenzo de él. Las palabras fluyen con mayor confianza, aunque cada una de ellas siga llevando el peso de la adaptación. Me costó años dominar este idioma, años de práctica silenciosa para borrar las huellas de mi origen, para convertirme en Emiliano. —Te buscan. Suspiro con resignación. No necesito girarme para saber quién es. La conozco demasiado bien. Luna está apoyada en el marco de la puerta, como una visión salida de una película antigua. Equilibrando una bolsa de papel en una mano, mientras que en la otra sostiene una sonrisa peligrosa, esa que promete placer o problemas, dependiendo del día. Viste de forma extravagante para este entorno, como una flor exótica que ha florecido por error en un jardín lleno de maleza. El cabello impecable, los labios pintados de un rojo intenso, la mirada afilada que parece leer mis pensamientos más oscuros. Los chicos del taller ya la han notado, por supuesto. Es imposible ignorarla. Su presencia ilumina el lugar. —¡Ay, mi santa! Si ya llegó la patrona —exclama Marco, limpiándose las manos grasientas en el pantalón con descaro—. Échale las cartas, Emil. ¡Esta mujer es tu amuleto de la suerte! ¡Definitivamente es tu novia! Aprieto la mandíbula, reprimiendo una respuesta cortante. Odio estas situaciones. Odio ser el centro de atención. —No —respondo automáticamente, con la misma firmeza con la que negaría mi propia muerte. Es la verdad. No hay nada entre Luna y yo, aparte de una amistad extraña y una deuda que nunca podré pagar. —¡Claro que no! —interviene Luna antes de que pueda añadir nada más—. Si fuera su novia, ya lo habría castrado por mirar a la vecina. ¡Este hombre es mío, en cuerpo y alma! Las risas estallan a mi alrededor, llenando el taller con una cacofonía estridente que me hace querer desaparecer. Yo bajo la mirada, sintiéndome incómodo y expuesto. Nunca sé cómo reaccionar ante este tipo de situaciones. Preferiría desmontar un motor entero con los ojos vendados antes que convertirme en el blanco de sus bromas. Lo peor de todo es presenciar sus bromas obscenas, sus insinuaciones sexuales, sus gemidos imitados que me revuelven el estómago. Me recuerdan que, a pesar de todo, sigo siendo una mujer. —¿Entonces qué es, Emil? —insiste otro, con una sonrisa lasciva—. ¿La que te da de comer... y de otras cosas? ¿La prima con la que practicas los besos? ¿La que te pone los cuernos y tú ni te enteras? —Sigan soñando, muchachos —dice Luna con un tono divertido, caminando hacia mí con elegancia felina. Se mueve como una bailarina, como si el suelo estuviera hecho de cristal—. Le he traído el almuerzo, porque si no, se olvida de comer. Y porque alguien tiene que asegurarse de que siga vivo para seguir pagando sus deudas. Me deja la bolsa de papel en el pecho. El contacto es breve, pero siento su calor a través de la tela de mi camisa. —No me olvido —murmuro en voz baja, evitando su mirada penetrante. Sus ojos parecen ver a través de mí, descubrir mis secretos más profundos. —Te olvidaste ayer, corazón. —Estaba ocupado —me justifico, sintiendo el calor de su cercanía. Su perfume invade mis sentidos, una mezcla embriagadora de rosas y peligro. —Estabas trabajando hasta la extenuación —corrige ella con suavidad—. Como siempre. El dueño del taller emerge de su cubículo improvisado, secándose el sudor brillante de la frente con un pañuelo grasiento. Es un hombre bueno, a pesar de su aspecto tosco. Le debo mucho. —¿Todo bien por aquí, Emil? Asiento con un gesto forzado. Intento sonreír, pero mi rostro se siente rígido. —Sí, jefe. Todo en orden. —Bien. Cinco minutos y volvemos al tajo.
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