Capitulo 12

1378 Palabras
Había percibido su verdadero aroma hacía muchos años, cuando era niña. Era un aroma agradable entonces, un aroma delicado que le había hecho sonreír con su frescura e inocencia. Ahora era una mujer, y aunque su aroma evocaba esas mismas emociones, la pubertad le había aportado un nuevo toque. La madurez de una mujer se entretejía sutilmente en las lilas, cambiándolas lo justo para golpearlo con fuerza en el estómago. Se maldijo por haber dejado de hacer guardia hacía tantos años. Habían pasado casi veinte años desde que escoltó a un Vârcolac cuando abandonaron el recinto de la manada. Había dejado a Karn a cargo de la protección de Liliana. De no haberlo hecho, habría sabido... ¿saber qué? No sabía qué demonios estaba pensando en ese momento. Solo sabía que tenía que ocultar su olor antes de que los demás pretorianos subieran corriendo. —Lily, ¿puedes pedirle a tu lobo que vuelva a enmascarar tu olor? —preguntó apretando los dientes—. Es muy poderoso y no queremos que el resto de los pretorianos suban corriendo las escaleras y encuentren al Vârcolac entre nosotros, ¿verdad? Su aroma cambió al instante, volviendo a la cálida nuez moscada de antes. La miró fijamente a la cara mientras ella levantaba la cabeza para mirarlo. Sus grandes ojos marrones estaban húmedos, y su labio inferior empezó a temblar. —¿Estás enfadado conmigo, ¿verdad? —susurró—. Porque te oculté un secreto. ¿Vas a enviarme de vuelta? Por favor, Mac, no me hagas volver a casa. Papá se enfadará muchísimo conmigo por haberme escapado para unirme a los pretorianos. No me dejará volver a verte y moriré si no puedo verte. O me volveré un rebelde... tal vez. Su apasionada súplica se interrumpió y frunció el ceño confundida, mientras las lágrimas le corrían silenciosamente por el rostro. —¿Crees que los Vârcolac se vuelven Rebeldes si su mitad animal no puede estar con sus parejas, Mac? Supongo que no somos suficientes para saber si lo haríamos. Nadie más ha encontrado a su pareja tampoco. No creo que lo hiciéramos. Tenía dieciocho años cuando te vi por primera vez y supe que eras mío. Eso fue hace doce años y no me volví Rebelde en todo ese tiempo, así que supongo que eso responde a mi pregunta. Cuanto más hablaba, más tenso se ponía. Su mente daba vueltas, intentando asimilarlo todo. Era una híbrida, la hija de Andrei Romanov, quien le arrancaría la cabeza sin pestañear cuando descubriera que tenía a su hija aquí. Obviamente, se había escapado y Annie había protegido su identidad, mintiéndole cuando estuvo aquí antes. Estaba furioso con Lily por su engaño. Ella creía erróneamente que él era su compañero, lo cual era completamente ridículo. Se había enamorado de él y se comportó de forma estúpida. Sus acciones podrían poner en peligro a todos los pretorianos, así como a su familia y amigos. ¿A qué se creía que estaba jugando? ¿Y en qué demonios estaba pensando Annie al dejarla allí con él sabiendo quién era? Su reina debió de saber el desastre que era cuando se marchó y se lo dejó en el regazo. Hablaría con ella por la mañana. Pero primero tenía que lidiar con Liliana Rose Romanov. Quería gemir en voz alta solo de pensar en su nombre. Sus lágrimas silenciosas seguían cayendo, sus grandes ojos se llenaban de lágrimas frescas mientras se mordía el labio inferior. Podía sentir su furia menguar ante su sufrimiento, el corazón le daba un vuelco en el pecho, y estaba asombrado por su reacción. Nadie lo manipuló. Nadie se metió en su cabeza para hacerle dudar, ni lo obligó a hacer algo que no sabía que era correcto. Lo correcto era meter el tentador trasero de Lily en uno de los Jeeps del garaje y llevarla directamente a su mochila. Pero había algo terrible en ver lágrimas en su rostro. Verla le producía un efecto, le daban ganas de golpear algo fuerte. Debería llevarla a casa y, sin embargo, la abrazaba, acariciando su espalda con una mano, consolándola. —Shhh, no llores, Lily —dijo suavemente, extendiendo la mano para acariciarle las mejillas mojadas—. Ya pensaremos en algo mañana. Por ahora, este es nuestro secreto, tuyo y mío. No puedes contárselo a nadie más, ¿vale, cariño? Mac no tenía ni idea de lo que le prometía; solo quería que dejara de llorar. Ella le echó los brazos al cuello y hundió la cara en él. Él la abrazó con fuerza, rozando su cabeza con los labios mientras la levantaba de la encimera y la llevaba de vuelta al dormitorio. —Prepárate para ir a la cama, vuelvo enseguida —ordenó, girándose para alejarse antes de detenerse—. ¿Puedes beber sangre? Necesitarás un poco después de la cantidad que has perdido hoy. —No es tan bueno como un bistec, pero puedo sobrevivir con él —murmuró con el ceño fruncido mientras se dirigía a su cómoda. Mac salió rápidamente antes de que ella decidiera desnudarse delante de él y obligarlo a hacer algo que no debía. Una parte de él empezaba a perderle el interés. La situación era catastrófica. Acostarse con la hija de Andrei Romanov no empeoraría la situación. Era una perspectiva tentadora. Su cuerpo le gritaba que cediera a sus instintos más bajos. Con la mandíbula apretada, bajó las escaleras para darle tiempo a cambiarse y a él mismo para encontrar la salida del hoyo que Lily le había cavado. Llevaba doce años planeándolo, convencida de que él era su compañero. Se había burlado de la sola idea, ridiculizando su afirmación. Y, sin embargo, en el momento en que ella reveló su verdadero aroma adulto, algo se conmovió en lo más profundo de él. Se había sentido inexplicablemente atraído por ella desde el primer momento en que la vio. Cuando la lastimó durante el entrenamiento, casi lo paralizó el dolor y la culpa. Quería destrozar a Brandon al frotarse contra ella. Ahora, sus lágrimas derretían su furia al instante y su aroma lo volvía loco. Y Annie lo había animado a estar con ella. Joder, si Lily tenía razón, si él era su compañero, entonces no tenía idea de lo que iban a hacer. Porque en el momento en que cruzó esa línea, en el momento en que aceptó que ella le pertenecía, nadie se la arrebataría jamás. Le importaría un bledo quién fuera, lucharía hasta la muerte para conservarla. Y eso significaba que quizá tuviera que matar a su padre. Conteniendo un gemido, Mac cerró la puerta del refrigerador, agarrando con fuerza una botella de sangre. Ya encontraría la manera de conseguirle comida normal hasta que decidieran qué hacer. Por ahora, ella tenía que sobrevivir con lo que él pudiera proporcionarle, y él tendría que encontrar la manera de mantener su identidad en secreto mientras estuviera con él. Subió apresuradamente las escaleras, aliviado de que nadie más hubiera notado el verdadero aroma de Lily en la casa. Regresó a su habitación y cerró la puerta silenciosamente menos de cinco minutos después de dejarla sola. Se le quedó la respiración atascada en la garganta y se quedó paralizado mientras miraba la cama. Lily yacía sobre ella, con una camisola de satén y encaje color crema deslizándose sobre sus curvas femeninas. Demasiada piel bronceada se dejaba ver. Sus muslos tonificados se extendían infinitamente más allá del corto dobladillo de su pijama. Apenas se distinguía un retal de encaje contra una cadera, demasiado expuesto para su comodidad. El cuerpo de Mac se estremeció con fuerza de deseo. Su respiración silbó en un áspero gemido mientras intentaba apartar la mirada de la tentación que tenía ante sí. El ruido hizo que Lily abriera los ojos y se levantara sobre los codos. Gimió de nuevo, más bajo esta vez, con la mirada fija en las sedosas matas de pelo castaño y espeso que caían a su alrededor y sobre la cama. Se había soltado el pelo y era lo más glorioso que había visto en su vida. Siempre lo había llevado recogido hasta ahora. Nunca imaginó que el pelo pudiera ser tan jodidamente erótico que estaba listo para arrancarse la ropa y unirse a ella en la cama.
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