Capitulo 11

2220 Palabras
Un sonoro —Que te jodan—, seguido de un gesto grosero con la mano, fue la única respuesta que recibió. El resto de la sala estalló en carcajadas. Los vampiros eran un grupo extraño. Cuando no se estaban dando una paliza entre ellos o a alguien más, estaban teniendo sexo o emborrachándose y de fiesta, lo que solía requerir una enorme cantidad de alcohol porque su metabolismo lo quemaba rapidísimo. Por alguna razón, Lily había pensado que los pretorianos serían diferentes con su misión «sagrada» de proteger a los Vârcolac. Al parecer, eran como todos los demás. Mac se mantuvo alejado todo lo que pudo, pero finalmente el ruido lo obligó a bajar. Casi el único momento en que su gente tenía una noche libre para socializar era cuando recibían a los nuevos reclutas. Hacía mucho tiempo que no aumentaban su número y parecía que su equipo estaba recuperando el tiempo perdido. Se quedó en la puerta, buscando a Andrea con la mirada. Bailaba con una de sus compañeras, la morena con la que la había visto reír desde la ventana de su habitación. Parecían cercanos entonces, y ahora lo parecían aún más. El brazo de Brandon rodeaba su esbelta cintura, rozando su parte inferior del cuerpo con la de ella, sugestivamente. Ambos reían y estaban claramente bajo los efectos del alcohol. Considerando que la fiesta llevaba varias horas en su apogeo, no le sorprendió ver que algunos de los más jóvenes ya habían sucumbido a un estado de embriaguez aún mayor. Los miembros de su equipo, con más años de servicio, obviamente se moderaban, asegurándose de que algunos en el complejo estuvieran alerta, por si acaso. Tomó nota mental de quiénes eran para poder felicitarlos más tarde. La cercanía entre Lily y Brandon le estaba poniendo los pelos de punta. Tuvo que reprimir el impulso de cruzar la habitación y arrancársela de los brazos del otro hombre. La intensidad de su reacción posesiva y territorial lo sorprendió. Ni siquiera la conocía, y mucho menos la deseaba para sí. Había intentado dejarlo meridianamente claro esta mañana en su estudio. Así que casi la besó. Era hermosa; sexy, con las curvas perfectas en los lugares adecuados. La mayoría de los hombres querrían probarla. No significaba que quisieran conservarla. Karn apareció junto a ellos y le dio a Brandon una fuerte bofetada en la nuca. Su bofetada fue tan fuerte que le lanzó la cabeza hacia adelante justo en el momento en que Andrea agarró su copa de vino y se la llevó a la boca para beber un sorbo. Era un accidente a punto de ocurrir. Justo cuando Mac se disponía a intervenir, la cabeza de Brandon se golpeó hacia adelante, rompiendo cristales en la cara de Andrea. El olor a su sangre llenó el aire, al igual que su maldición impropia de una dama. Llegó al trío justo cuando Brandon se desplomó en el suelo con un gruñido y Andrea le dio un puñetazo en la nariz a Karn. —¡Imbécil! —le gritó a su número dos, mientras la sangre le manaba del corte abierto en la mejilla. Un gran trozo de vidrio estaba incrustado en la herida, manteniéndola abierta. Karn gruñó, se limpió la sangre de la nariz y luego le mostró el dedo. —¡Sin fornicación! —Me sorprende que sepas lo que significa esa palabra. No me imagino por qué alguien querría fornicar con un viejo miserable como tú. Brandon gimió y se puso de pie, ayudándose con Andrea. Estaba completamente ebrio, sonriendo con locura. —He oído hablar de miradas vidriosas, Andi, ¿pero mejillas vidriosas? Eso es nuevo, chica. ¿Es una nueva moda, tío? Si no lo es, ¡vas a marcar tendencia! ¡Mierda! ¿Me cortaste? Lily no sabía a quién mirar con indignación. Bueno, fue la cabeza dura de Brandon la que rompió el cristal, pero si Karn no lo hubiera golpeado, su cabeza no se habría estrellado contra el cristal. Tenía que pensarlo bien, despacio. Había bebido demasiado. Había sido lo suficientemente inteligente como para cederle el control de sus protecciones a su lobo antes de emborracharse. Su animal ocultaba su olor y se aseguraba de que no intentara transformarse en lobo accidentalmente. Ya lo había hecho antes cuando estaba borracha. El dolor en la mejilla la invadió e intentó concentrarse en lo que hacía un momento. Ah, sí, eso era, estaba pensando a quién iba a golpear por cortarse la cara. Miró a Karn con furia y él le devolvió la mirada con cuatro ojos. —Eso es una injusticia, Karn. No se permiten cuatro ojos. Eres un fenómeno de la naturaleza —lo miró con los ojos entrecerrados, inclinándose ligeramente hacia delante—. ¿Es sangre lo que tienes en la nariz? —Deberías saber que me diste un puñetazo, Ruminskey —le gruñó, intentando mantener la compostura. ¿Cuatro ojos? Estaba completamente borracha. —¿Lo hice? —repitió, luciendo muy satisfecha consigo misma. Su puño golpeó a Brandon en la cabeza. Él gimió y volvió a caer—. Supongo que era su turno entonces —sonrió y luego hipó con fuerza. El repentino movimiento le provocó un escozor en la mejilla y levantó la mano para buscar el molesto trozo de vidrio que le estaba quitando el efecto del alcohol. Una mano la rodeó la muñeca al instante, grande y tan cálida que dejó escapar un grito ahogado de sorpresa. Lily se giró lentamente y se encontró mirando fijamente los soñadores ojos negros de Mac. Mac no sabía si reír o alzarla en brazos y llevarla a un lugar donde pudiera sacudirla hasta dejarla en paz. La sangre de Andrea manaba a raudales de su rostro herido, resbalando por su cuello y filtrándose bajo su camiseta roja. Estaba tan borracha que apenas podía mantenerse en pie, y aun así había logrado noquear a dos de sus contemporáneos. —Yo me encargo desde aquí, Karn. Asegúrate de que Brandon llegue bien a su habitación. —Viniste a la fiesta —suspiró Lily. Se inclinó hacia él en un ángulo tan pronunciado que tuvo que rodearla con el brazo que le quedaba para mantenerla erguida. Un escalofrío la recorrió y emitió un pequeño gemido en voz baja. Sus brazos la rodeaban con tanta comodidad, bueno, un brazo sí. Su otra mano la sujetaba con fuerza por la muñeca por alguna extraña razón. —Vamos —dijo Mac, sonando con los dientes apretados. Ella lo miró de reojo, pero su expresión parecía completamente inexpresiva. Dijo lo primero que se le ocurrió: —Al menos no tienes cuatro ojos. Hay algo muy sospechoso en tu amigo Karn. Yo lo vigilaría si fuera tú. Los labios de Mac se crisparon. No quería que esto le pareciera divertido, pero su expresión seria era tan adorable que le costaba no sonreír. —Lo tendré en cuenta, Andrea. Ahora ven y déjame limpiarte y prepararte para dormir. —Pero... —Sin peros, cariño —suspiró, acercando la boca a su oído—. No querrás volver a hacerme enfadar, ¿verdad? Lily tragó saliva audiblemente y tembló. —No, señor, Mackenzie —susurró con fervor—. La última vez me destrozaste el hombro y me dolió muchísimo. Me dolió tanto que incluso lloré. Odio llorar. Es una cobardía. Su cuerpo se tensó ante sus palabras, apretándola con fuerza. Levantó la cabeza y la miró a la cara. Sus ojos eran enormes, chocolate líquido con remolinos dorados. ¿La había lastimado tanto que había llorado? Solo pensarlo lo hacía sentir como un cabrón. Sabía que ella nunca lo habría admitido si hubiera estado sobria. —Entonces déjame arreglarte la cara para poder enmendar tus acciones pasadas —respondió con cuidado, manteniendo sus emociones bien ocultas. Ella sonrió y luego hizo una mueca al estirarse la mejilla. —Me encantaría, Mac, porque duele muchísimo intentar sonreír con media copa de vino incrustada en la mejilla. —Dejó que la acompañara escaleras arriba. —¿Cuál es tu habitación? —preguntó cuando llegaron al segundo piso. —Adivinar. Mac cerró los ojos y contó hasta diez. El olor de su sangre lo estaba volviendo loco poco a poco. No tenía tiempo que perder jugando a adivinar con ella, pero notaba que se lo estaba pasando bien y no revelaría la información voluntariamente. Miró las puertas que tenían delante, intentando adivinar si ella elegiría la habitación con acceso directo a la salida. Algunos vampiros eran así de supersticiosos, siempre buscando una salida. Algo le decía que Andrea no estaba tan inclinada. Ella había estado buscando la manera de entrar en la casa pretoriana. Su mente daba vueltas y se dirigió por el pasillo hacia las escaleras que conducían a sus aposentos. Ella se había interesado por él desde el momento en que llegó. Se detuvo en la puerta justo enfrente de las escaleras que subían. La sonrisa complacida en su rostro le indicó que había acertado. Giró el pomo de la puerta y la acompañó a su habitación. Encendió la luz y echó un vistazo al sombrío interior. Nunca había estado en esas habitaciones, nunca les había prestado mucha atención. Con razón había mencionado que la madera le parecía poco atractiva. Parecía casi un sacrilegio pedirle a alguien tan vibrante como Andrea que se acostara en un ambiente tan austero. ¡Dios mío!, incluso Annie había comentado antes sobre su decoración. Quizás debería pensar en arreglar un poco el lugar, hacerlo un poco más acogedor. Detuvo sus pensamientos errantes y condujo a su pupila al baño. —¿Qué tal tienes el equilibrio? —preguntó, abriendo los grifos del lavabo y echando agua tibia en la taza. —No estoy borracha... quiero decir borracha —negó con el ceño fruncido estropeando su rostro manchado de sangre. Mac maldijo en voz baja y la levantó hasta la encimera, junto al fregadero. —No te pregunté si estabas borracha, Andrea. Te pregunté qué tal estabas —dijo con paciencia—. No quiero que te caigas de la encimera cuando te dé la espalda. —Ah, claro. Lo entiendo —suspiró y se apoyó en la pared—. Lily —murmuró mientras cerraba los ojos. Mac frunció el ceño, mojando un paño en el agua tibia. —¿Lily? —No tenía ni idea de qué quería decir con eso. —Llámame Lily, no Andrea —murmuró, frunciendo el ceño y con los ojos cerrados cuando él la ayudó a sentarse. Con mucho cuidado, retiró el principal fragmento de vidrio de su mejilla, buscando con la mirada atenta cualquier resto más pequeño que pudiera haberse incrustado en la herida. No vio ninguno. —¿Por qué quieres que te llame Lily? —preguntó con suavidad, mientras le limpiaba la sangre del rostro y el cuello. Intentó abrir los ojos, pero estaba demasiado agotada. Había tenido un día agotador, había perdido sangre dos veces y probablemente necesitaba beber un poco para reponerla. —Mi nombre es Mac —respondió ella en voz tan baja que casi se perdió su respuesta mientras enjuagaba el paño ensangrentado en el agua. Mantuvo su toque suave, en voz baja y tranquilizadora, mientras seguía el rastro de sangre bajo el escote de su blusa, procurando tocar su piel desnuda solo con la tela. Una sensación de inquietud se apoderó de él. —¿Te llamas Lily? —la persuadió con dulzura—. Es un nombre precioso. ¿Tu apellido es igual de bonito, cariño? Ella rió y se inclinó hacia delante, apretando la cara contra su cuello. —Soy dos flores, Mac. Un lirio y una rosa. ¿Es bonito? Mi papá llama a mi mamá Rosa. No sé por qué, porque se llama Loretta. Rosa no es un apodo para Loretta, ¿verdad? Un escalofrío gélido recorrió la espalda de Mac, abrazándola con fuerza. —No lo creo, cariño —logró decir con dulzura—. Tienes razón; te llamas bonito, Lily. Apuesto a que tu aroma también es precioso. Se puso un poco rígida y luego se relajó con otra risita. —Espera, tengo que convencerla de que me suelte. —¿Convencer a quién, cariño? —Mac no necesitaba más información. Tenía el estómago apretado, su cerebro gritaba su negación. Sabía que su olor confirmaría sus sospechas. ¿Lily Rose con una madre llamada Loretta? ¿Qué probabilidades había de que hubiera más de una en los alrededores? —Mi loba. Se encarga de ocultar nuestro olor esta noche porque estaba bebiendo demasiado —suspiró Lily con tristeza—. No quiere soltarme por mucho que lo intente. —Se apartó y se miró el cuerpo. —¡Basta, chica! —dijo con severidad—. Está bien contarle la verdad a Mac. Ya oíste a Annie. Dijo que es malo guardarle secretos a nuestro compañero. Si no dejas que nos huela, estás negando que nos pertenece. El cuerpo de Mac se quedó rígido por la sorpresa. Miró a Andrea... no, a Lily, sus palabras filtrándose en su mente aturdida. Apenas abrió la boca para hablar cuando el maravilloso aroma a lilas llenó de repente el baño. La cabeza le daba vueltas, se le encogió el estómago y se vio obligado a agarrarse con fuerza al lavabo a ambos lados de sus piernas.
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