Capitulo 10

2238 Palabras
Capitulo 10 ¿Y qué significaría todo esto para los pretorianos como grupo? Se suponía que eran una organización en la sombra, cuyos subordinados ignoraban su presencia. Ahora, uno de ellos estaba entre ellos, luchando a su lado. Cuando todo esto saliera a la luz, se armaría un lío, y ella acabaría pagando las consecuencias. Rhianna no pudo contener el suspiro de cansancio que se le escapó. Esto atrajo la atención de Mac desde la puerta. —No era lo que parecía —dijo rápidamente, con tono defensivo. —¿Así que no estabas a punto de besarte con esa atractiva dama sentada tan tentadoramente en tu escritorio, Mac? Debí haber malinterpretado la escena. Maldijo y se pasó una mano por el pelo, con la frustración apoderándose de él. —Fue un error, Annie. Uno que no voy a repetir. Ruminskey es una pretoriana en potencia y nada más. El objetivo de reunirme con ella era quitarle cualquier idea amorosa de la cabeza. Los labios de Rhianna se curvaron. —Veo que lo lograste con éxito. —¡Joder! Annie, ¿puedes dejarlo pasar? Era una prueba de lo alterado que estaba que no moderara su forma de hablarle. Normalmente era infaliblemente educado, respetuoso con un toque de galantería a la antigua. —Si te está afectando tanto, quizá no deberías resistirte tanto —reflexionó—. A veces, la fruta prohibida adquiere un sabor más tentador porque te niegas a ti mismo. Sus ojos se posaron en los de ella y parpadeó lentamente. —¿Me estás animando? Pensé que me estarías advirtiendo que me alejara de la chica. La cruda incredulidad en su voz era casi cómica. —Tienes que tomar una decisión, sea como sea, y mantenerte firme, Mac. No puedes dejarte distraer por una mujer hasta el punto de nublar tu buen juicio. Y ahora que ya he pasado mi momento “Querida Abbey”, ¿podemos hablar de por qué estoy aquí para poder visitar a mi familia? Mac se recompuso, asintiendo bruscamente mientras se dirigía con entusiasmo hacia la puerta. Probablemente no tenía ni idea de lo rápido que se movía, dirigiéndose hacia la mujer que estaba destrozando su autocontrol como nadie lo había hecho antes. A pesar del desastre total y sus inevitables consecuencias, Rhianna no pudo evitar sonreír. Mac era sin duda el compañero de Lily, aunque no tuviera ni idea. La forma en que salió apresuradamente de la habitación lo hizo más que evidente. Era un buen partido para ella. Lily era salvaje e indómita, enérgica y tan imprudente a veces que daba miedo. Necesitaba un hombre duro que pudiera controlar sus excesos, a la vez que valorara su fuerza interior y le permitiera la libertad que necesitaba para ser ella misma. De alguna manera encontrarían la manera de convencer a Andrei de esto, aunque no iba a ser tarea fácil. Lily estaba firme con los otros cuatro candidatos cuando salieron de la casa. La mirada de Mac la buscó automáticamente, aunque ella seguía mirando al frente, como si no se diera cuenta. Rhianna bajó las escaleras y se acercó al primero de los candidatos. Le sonrió, se presentó y le tendió la mano. Sus palabras fueron intrascendentes: le preguntó sobre el duro entrenamiento y su crecimiento personal desde que se convirtió en candidato. En lo profundo de su mente, la reina vampiro repasó con facilidad sus recuerdos, encontrando su mente refrescantemente abierta y honesta. Era un buen hombre para ser un vampiro, su naturaleza cruel no era tan evidente como en la mayoría de los de su especie. Soltó su mano y siguió adelante. Repitió el proceso con los demás, dándoles su bendición cuando cada uno cumplía con su rigurosa evaluación. Todos estaban orgullosos de ser pretorianos; todos estaban dispuestos a morir para proteger a los Vârcolac. Rhianna finalmente llegó hasta Lily y tomó su mano como lo había hecho con las demás para no mostrar ningún trato diferente. —Tienes que hablar con tu padre, Lily, querida —suspiró suavemente—. La mitad del problema es que has cerrado toda comunicación mental con tu familia y amigos. Obviamente, debería haberme conectado mucho más contigo —añadió secamente, percibiendo el disgusto de la joven ante su sutil reprimenda. Tal como están las cosas, solo puedo hablar a través de tus bloqueos gracias al poder de Anakatrine y a que estoy lo suficientemente cerca como para verte. Sabes que no pueden rastrearte a través de tu enlace mental. Hazles saber que estás a salvo. Lily adoraba a Rhianna y odiaba decepcionarla de cualquier manera. Sabía que, al suprimir su vínculo con Annie, la reina vampiro no estaría contenta. Aunque se arrepentía, sabía que lo volvería a hacer. A pesar de que Annie defendía a los Vârcolac, la pelirroja tenía otras exigencias de lealtad. Habría sido un error ponerla en una situación incómoda. —No quiero desobedecer a nadie, Annie. Sabes que papá me ordenará que vuelva a casa, y no quiero estar en la posición de negarme a obedecerlo. Le rompería el corazón. —Sería el menor de dos males, Lily. No sabe si estás viva o muerta, y eso lo está volviendo homicida. Ya sabes cómo se pone tu padre a veces. Al menos así sabrá que estás a salvo. Lo calmará un poco. «Has elegido tu camino, pequeña. Creo que elegir a Mac como pareja es perfecto. Sigues afirmando que eres una mujer adulta, así que empieza a comportarte como tal. Sé firme con tu padre, pero no te desanimes. Si quieres a Mac, tienes que luchar por él. Pero ten cuidado: ocultarle secretos a tu pareja solo te traerá lágrimas al final». Lily la miró fijamente a los ojos, apretándole la mano con fuerza. «¿Se enojará Caleb contigo, Annie?». Había interpretado correctamente la inquietud de la otra mujer. «Eso supongo. Aun así, ha pasado un cuarto de siglo desde nuestra última gran pelea, así que me atrevo a decir que ya era hora». Rhianna mantuvo un tono ligero, tranquilizando instintivamente a la joven porque sabía que se sentiría mal por causar cualquier conflicto con Caleb. Los labios de Lily se curvaron en una leve sonrisa, envolviéndola con calidez y amor en un fuerte abrazo mental. «Apruebas a Mac». Estaba eufórica de que Annie estuviera bendiciendo su elección de pareja. «Cuando le dije hace veinticinco años que algún día volvería a ser feliz, no tenía ni idea de que tú serías la causa de esa felicidad. Quiero mucho a Mac, Lily. No tanto como te adoro a ti, pero casi. Me alegra muchísimo dar mi bendición a su unión. Pero es la bendición de tus padres la que realmente necesitas, y para conseguirla necesitas hablar con ellos». Lily casi puso los ojos en blanco con resignación, pero logró contenerse. Sabía que no podría evitarlo por mucho más tiempo. No iba a ser fácil enfrentarse a la ira de su padre, pero tenía que hacerlo. Suspiró mentalmente. «Sí, Annie». Rhianna bajó la mano y sonrió, guiñándole un ojo antes de volverse hacia Mac, quien la observaba en silencio mientras examinaba a las candidatas. Había tensión en su postura y ella sabía por qué. Había pasado demasiado tiempo con Lily y a él le preocupaba que hubiera encontrado algún engaño. —Como siempre, siempre encontramos a los mejores de nuestra gente para confiarles a nuestros seres queridos —sonrió mientras se acercaba a él. Su tensión se disipó y se inclinó para rozarle la mejilla con los labios. —Gracias por honrarnos con tu presencia, Annie. Una vez más, él tenía el control, el mismo Mac de siempre. ¿Significaba eso que había tomado una decisión y que no era Lily? Casi soltó una carcajada. Si la había tomado, buena suerte con eso. Lily jamás lo dejaría escapar. —Debería venir más a menudo, Mac. Sigo olvidando lo bonito que es aquí arriba en las montañas. Aunque te vendría bien hacer tu casa un poco más atractiva. Toda la madera es… ah, no importa. Es tu casa, no la mía. Sonrió de nuevo y se giró para repasar con la mirada la hilera de nuevos pretorianos. —Bueno, debo irme antes de que Caleb llegue al complejo y me encuentre ausente sin permiso. Llamará a los pretorianos para que me localicen. Lo quiero mucho, pero a veces es muy duro. Su voz estaba llena de risa mientras saludaba por encima del hombro, desapareciendo entre los árboles un instante después. —Es increíble —murmuró Brandon en voz baja, con una expresión de admiración heroica cuando Lily se giró para mirarlo. Era uno de los nuevos reclutas y el que más le gustaba. Era un poco alocado, así que sus personalidades estaban en sintonía. Ella sonrió. —Es ella —respondió con la misma calma. Su mirada se desvió hacia Mac, quien la observaba fijamente. No podía entender qué estaba pensando. ¿Se imaginaba su casi beso en su estudio? Sin duda, y sentía un nudo de frustración en el estómago. Había sido maravilloso ver a Annie una vez que se le pasó el miedo inicial a ser descubierta, pero no pudo evitar desear que la pelirroja hubiera llegado cinco minutos después para saber lo que se sentía al besar a su pareja. —Karn, saca el alcohol —dijo Mac, apartando la mirada de Andrea y volviéndose para observar a los demás—. Tienes mañana libre, así que empieza la fiesta esta noche para celebrar tu ingreso a los pretorianos. Pasado mañana empieza el verdadero entrenamiento. Se alejó sin mirar atrás, desapareciendo en la casa y en el santuario de sus aposentos privados. Había tomado una decisión. Andrea Ruminskey era pretoriana ahora, lo que la convertía en una persona inaccesible. Su momento de locura había terminado. Nunca volvería a ocurrir. Lily lo vio irse, con ganas de ir tras él, pero sabiendo que probablemente no era buena idea. Tenía mucho en qué pensar. La aparición de Annie la había dejado muerta de miedo. Ahora entendía por qué todos confiaban tanto en la lealtad de los pretorianos. Annie, Caleb o Gard aplicaban su magia antigua a cada candidato antes de que fueran aceptados plenamente en sus filas. A todos los Vârcolac se les había contado la verdadera historia de la nación vampírica. Había sido difícil ocultárselo, pues estaban tan en sintonía con Rayne que habían podido percibir algo diferente en ella, a pesar de que eran solo unos niños en aquel entonces. Cuanto más convivían con Rayne y su compañero Gard, más comprendían que la magia los rodeaba. Magia de verdad, la que leían en los cuentos de brujas. Debieron de tomar una decisión en una reunión de manada para informarles de toda la historia. Era obvio que los Vârcolac tenían su propia magia, relacionada con la que usaba el triunvirato, pero diferente. Probablemente detectarían el mismo poder en otros, así que tenía sentido compartir el secreto. Al recordarlo, Lily no entendía por qué sus padres y Alfa les habían ocultado a los Pretorianos. No tenía sentido. Si les habían confiado lo suficiente el conocimiento del rey y la reina reencarnados, ¿por qué no les habían confiado el conocimiento de los Pretorianos? Sus reflexiones se vieron interrumpidas por un codazo de Brandon en las costillas. —¡A la Tierra, Ruminskey! —rió—. Tenemos una buena dosis de alcohol por delante, así que vamos a por un poco. —¿Cuántos años tienes? —resopló, sacudiendo la cabeza mientras reía. —Soy demasiado joven para ti, pastelito, solo tengo ciento un años. ¡Encuentra a otro que sea tu juguete, mujer lasciva! —Como si alguna vez estuviera lo suficientemente desesperada como para mirar a un perro como tú —se rió, alborotando sus rizos negros y dándole un codazo en las costillas. Las habilidades de lucha de Brandon eran casi inferiores a las de ella, pero cuando se soltaba el pelo lo hacía con un coqueteo descarado, gestos lascivos y un toque de ferocidad en la mirada. A veces le recordaba a su padre. Quizás por eso se sentía más atraída por él que por cualquier otro. —¡Ven a emborracharte, Andi! La noche es joven, hay buena compañía y nadie nos va a dar la lata mañana. Aprovechemos este respiro y divirtámonos. Lily puso los ojos en blanco y se rió a carcajadas. Por eso le irritaba estar confinada en el complejo. Por eso ocultaba su identidad. Con esta gente, ella era simplemente Andrea Ruminskey, una luchadora feroz y una buena amiga con la que pasar el rato. No había ninguna basura híbrida, ninguna niñita delicada a la que cuidar y proteger. No había necesidad de vigilar por encima del hombro para asegurarse de que su padre no estuviera esperando para azotar a alguien por divertirse un poco con su hija. Así se sentía la libertad. Dejó que Brandon la empujara y la empujara dentro de la casa, riendo mientras él realizaba unos pasos de baile escandalosos sin música, porque nadie había puesto música todavía. Sus movimientos lascivos le valieron un golpe en la cabeza de Karn. —¡Nada de fornicación! —gruñó el vampiro mientras entraba en la sala donde estaban reunidos unos veinte pretorianos, entre antiguos y nuevos. —Solo estaba bailando, Karn —rió Lily, siguiéndolo a la habitación—. ¿Recuerdas qué es eso, viejo? ¿O quizá no bailaban en tu época?
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