Las lágrimas no dejaban de correr por mis mejillas mientras miraba la pantalla de mi móvil, mis manos temblorosas dudando si debía hacer esa llamada. Sabía que, una vez que lo hiciera, no habría vuelta atrás. ¿Realmente quería involucrar a Iván en esto? Él no era exactamente el tipo de hombre que uno llamaría para pedir ayuda. Pero en ese momento, me sentía tan perdida que cualquier opción parecía mejor que seguir sola.
Finalmente, reuní el valor y toqué su nombre en la pantalla. Mi corazón latía con fuerza mientras el teléfono comenzaba a sonar. Apreté los labios, tratando de contener los sollozos que aún me sacudían. No quería que Iván escuchara el desastre emocional en el que estaba convertida, aunque era difícil ocultarlo.
El teléfono apenas sonó una vez antes de que su voz, con ese tono siempre calmado, resonara al otro lado.
—¿Me extrañaste? —dijo, en un tono que normalmente me habría molestado, pero en ese momento solo me hizo sentir aún más vulnerable.
Intenté responder, pero mi voz se quebró antes de que pudiera articular una palabra. Inhalé profundamente, forzándome a recobrar la compostura.
—Necesito verte —logré decir, finalmente, mi voz apenas un susurro.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que el miedo de haber cometido un error me invadiera. ¿Y si no venía? ¿Y si simplemente se reía de mí y colgaba? Pero entonces, su tono cambió, y su voz sonó seria, casi preocupada.
—¿Dónde estás? —preguntó.
—En casa —respondí, intentando sonar más firme de lo que me sentía.
—Estaré allí en unos minutos —dijo, y antes de que pudiera responder, la línea se cortó.
Miré el teléfono en mi mano, sintiéndome aturdida. Había llamado a Iván, y ahora él venía hacia aquí. No estaba segura de si eso era un alivio o una razón para preocuparme más. Active la linterna de mi móvil… Lo que sí sabía era que no podía dejar que me viera así. Con el pulso aún acelerado, me levanté y corrí hacia el baño. Necesitaba calmarme, aunque solo fuera un poco.
La luz del móvil alumbra directo al espejo, me miré en el espejo, y lo que vi me dejó aún más angustiada. Mis ojos estaban rojos e hinchados, las mejillas manchadas de lágrimas y el cabello enmarañado como si hubiera estado luchando contra una tormenta. Apreté los dientes, tratando de encontrar algo de dignidad en medio del caos. No podía dejar que Iván me viera de esta forma.
Lavé mi rostro con agua fría, dejando que la frescura calmara un poco la hinchazón de mis ojos. El agua corría por mis mejillas, mezclándose con las últimas lágrimas que se resistían a secarse. Mis manos seguían temblando, pero me forcé a peinar mi cabello y aplicarme un poco de maquillaje, solo lo suficiente para parecer menos deshecha. No sabía por qué me importaba tanto cómo me viera Iván en ese momento, pero lo hacía.
Mientras me retocaba, no podía dejar de pensar en lo que me había llevado a esto. El apartamento estaba oscuro, sin electricidad, sin agua, y sin ninguna señal de que las cosas fueran a mejorar pronto. Milagros y yo habíamos hecho lo que pudimos, pero la situación se había vuelto insostenible. No quería aceptar la oferta de Iván, no después de todo lo que implicaba. Pero, ¿qué otra opción tenía?
++++
Mi teléfono vibró en la encimera, sacándome de mis pensamientos. Me acerqué con el corazón en la garganta, sabiendo que solo podía ser él. Efectivamente, el mensaje en la pantalla era de Iván.
"Estoy afuera."
Mis manos temblaron un poco más al leer esas dos palabras. Esto era real. No había vuelta atrás. Agarré mi chaqueta y me dirigí a la puerta, lanzando un último vistazo a mi reflejo antes de salir. No era perfecto, pero al menos no parecía un desastre total. Al menos eso quería creer.
El pasillo estaba oscuro y silencioso, y cada paso que daba resonaba de manera inquietante. Podía sentir mi corazón latiendo en mis oídos, y mi mente corría con pensamientos caóticos. ¿Qué le iba a decir a Iván? ¿Cómo iba a explicarle todo esto sin parecer completamente desesperada?
Al llegar a la entrada del edificio, lo vi de pie junto a su auto, su figura alta y elegante recortada contra la luz de la calle. Su presencia me intimidó más de lo que me habría gustado admitir. No era solo su apariencia, que siempre había sido imponente, sino la forma en que me miraba, como si pudiera ver a través de mi fachada cuidadosamente construida. Caminé hacia él con pasos vacilantes, y su expresión se suavizó ligeramente cuando se dio cuenta de lo perturbada que estaba.
—No puedo invitarte a subir a mi apartamento... no está en condiciones —dije, intentando sonar casual, pero mi voz tembló un poco.
Iván no dijo nada al principio. Se limitó a observarme con esos ojos que siempre parecían saber más de lo que decían. Finalmente, asintió y se acercó a abrir la puerta del coche.
—Sube —dijo, su tono más suave de lo que esperaba.
Lo miré por un momento, dudando. Pero no había otra opción. Sin decir nada más, me metí en el auto, sintiendo cómo mi corazón latía aún más rápido. El interior del coche era cálido, un refugio momentáneo del frío que sentía en mi interior. Iván cerró la puerta tras de mí y rodeó el coche para subirse al asiento del conductor. Encendió el motor sin decir una palabra, y pronto nos alejamos de mi edificio.
El silencio en el auto era casi palpable, pero no incómodo. Iván no intentó iniciar una conversación, y yo estaba demasiado ocupada tratando de calmarme como para hablar. Miré por la ventana, observando cómo las luces de la ciudad pasaban a nuestro lado, cada vez más borrosas mientras mis pensamientos se arremolinaban en mi mente. No sabía a dónde íbamos, y en ese momento, no me importaba.
—¿A dónde vamos? —pregunté finalmente, incapaz de soportar más el silencio.
Iván no apartó los ojos de la carretera, pero una pequeña sonrisa curvó sus labios.
—A un lugar donde puedas pensar con claridad —respondió, su voz tranquila y controlada, como siempre.
No supe qué responder a eso, así que me quedé en silencio. El auto continuó su camino por las calles cada vez más vacías, hasta que finalmente se detuvo frente a un edificio que me resultó vagamente familiar. Era un lugar lujoso, uno de esos edificios altos y elegantes que siempre había admirado desde lejos. Sentí una punzada de inseguridad al darme cuenta de dónde estábamos.
Iván salió del auto y, como si fuera lo más natural del mundo, abrió mi puerta. Tomé su mano para salir, sintiendo un escalofrío, recorrer mi cuerpo al contacto. No era la primera vez que me sentía así al estar cerca de él, pero en ese momento, con todo lo que estaba en juego, la sensación era aún más intensa.
El lobby del edificio era impresionante, con suelos de mármol brillante y una decoración que gritaba lujo y sofisticación. Pero a pesar de la belleza del lugar, no pude evitar sentirme fuera de lugar. No pertenecía aquí. Iván, en cambio, se movía con total naturalidad, como si fuera su segundo hogar. El recepcionista lo saludó con una inclinación de cabeza, y eso solo hizo que me sintiera aún más ajena a todo.
Subimos en un ascensor silencioso, y cada piso que pasábamos me hacía sentir más y más nerviosa. Cuando finalmente llegamos al ático, mis manos estaban sudorosas, y me sentía más pequeña que nunca. Iván abrió la puerta y me invitó a entrar con un gesto. Tragué saliva y avancé, sintiendo como si estuviera cruzando un umbral invisible.
El interior del ático era tan impresionante como el resto del edificio, pero también había algo en él que me hizo sentir una especie de frialdad. Era hermoso, sí, pero también un poco intimidante. Iván cerró la puerta detrás de nosotros, y el sonido del cerrojo resonó en la habitación, haciendo que mi corazón diera un pequeño salto.
—¿Quieres un trago? —preguntó Iván, su voz, cortando el silencio que se había instalado entre nosotros.
Asentí, incapaz de confiar en mi voz en ese momento. Iván se dirigió a una barra en la esquina de la sala, y lo observé mientras servía dos vasos de lo que parecía ser whisky. Se movía con una gracia y confianza que siempre había encontrado atractivas, pero en ese momento, me hacían sentir aún más vulnerable.
Tomé el vaso que me ofreció, mis dedos rozando los suyos durante un segundo más de lo necesario. El líquido en mi vaso era oscuro, y su olor fuerte y ahumado me llegó antes de que siquiera lo acercara a mis labios. Bebí un sorbo pequeño, dejando que el alcohol quemara mi garganta y, al mismo tiempo, calmara los nervios que seguían a flor de piel.