Tomé otro sorbo de whisky, más grande esta vez, sintiendo cómo el líquido me quemaba la garganta al bajar. El calor se extendió por mi pecho, y por un momento, el mundo dejó de sentirse tan frío y despiadado. Pero no era solo el whisky; era la presencia de Iván, su calma inquebrantable, su mirada penetrante que parecía desnudarte el alma. Aún no sabía si eso era algo que me aterraba o me atraía. Dejé el vaso sobre la mesa, mis manos aún temblaban, pero menos. Levanté la mirada, encontrando sus ojos que me observaban con esa mezcla de curiosidad y algo más, algo que no podía descifrar del todo. Sabía que había venido aquí por una razón, y aunque había intentado posponerlo con la bebida, no podía seguir evadiendo lo inevitable. —Iván, he estado pensando… —empecé, pero mi voz se quebró al d

