No dije nada, no había necesidad de palabras. Mis labios se movieron hacia los suyos, buscando esa conexión, esa intensidad que solo él podía darme. Nos besamos con desesperación, con una necesidad que rozaba la locura. Era un beso descontrolado, una batalla de lenguas, dientes y labios que no conocía límites. Sabía a alcohol, ha pecado, a todo lo prohibido que había querido experimentar, y más. Sentí su mano apretarse más fuerte contra mi pecho, sus dedos jugando con mi pezón, retorciéndolo, provocando que un gemido bajo se escapara de mis labios. El sonido se perdió en el beso, pero él lo sintió, lo supe por la manera en que su cuerpo se tensó, por el gruñido bajo que emitió, mientras su mano libre se aferraba a mi cadera, tirando de mí para acercarme aún más a él. Mi cuerpo respondió

