Capítulo 10 ¿Qué le sucede?

1141 Palabras
POV ALESSANDRO Veo pasar por mi lado a la “cicciottella” que ni siquiera repara en mi presencia. Entiendo que pueda estar nerviosa por lo que se va a hablar en la reunión, pero ... Un momento, ¿Por qué camina así? Frunzo el ceño mientras intento adivinar si le rompió la columna, está en sus días o se orinado del miedo que tiene. Revoleo los ojos y echo un suspiro profundo al aire. ¿Por qué presiento que esta mujer me va a dejar en ridículo ante todos? Cierro mis puños y tenso la mandíbula. —¡Barker! —la llamo con impaciencia. La veo detenerse en seco. No sé qué mierd@ le pasa, pero está más tiesa que un poste sosteniendo esa carpeta contra su pecho como si fuera un escudo antibalas. Su expresión es tan extraña, que juro me provoca una reacción bastante contradictoria: tengo un gran enojo y a la vez, su mirada asustadiza me provoca sonreír. Debo confesar que si no estuviera en un momento tan critico de la empresa, me estaría divirtiendo con esta mujer y sus modos ocurrentes. No sé. Hay algo en ella que me dan ganas de mandarla al diablo y a la vez, abrazarla y protegerla. Me acerco a ella con pasos lentos, disfrutando por un segundo de la forma en que sus hombros se tensan ante mi presencia. —¿Se encuentra bien, Barker? —le pregunto, deteniéndome justo detrás de ella. Puedo oler de nuevo ese aroma, pero ahora mezclado con otro perfume que no me agrada en absoluto. Ella no se gira del todo ni responde de inmediato. Se queda mirando hacia la puerta de la sala de juntas como si esperara que una ejecución pública fuera más amena que lo que viene. —Perfectamente, señor Di Doménico —responde al fin, con una voz sospechosamente aguda—. Solo... repasando mentalmente los puntos clave. Sigo notando que su postura es un tanto extraña. Como si tratara de contener la respiración. Entonces me percato de algo: la camisa no es la misma que llevaba en la mañana y parece que la que está usando, le queda pequeña. Sus enormes senos parecen estar luchando por salir, ese saco abotonado no puede disimular ni un poco que la prenda de abajo está a punto de estallar. Pienso por un momento que muchos de los hombres que estarán en la reunión en lugar de escucharla se van a embobar mirándole el escote. Y, a decir verdad, la sola idea de que suceda eso, no me agrada. A simple vista, no parece una mujer barata ni que se la pueda cosificar de esa manera. No cuando ha hecho un trabajo impecable en pocas horas. Pero eso, no se lo voy a decir, ya bastante humos tiene como para que yo le dé más alas. Porque hay que decirlo: puede que ella no tenga un cuerpo perfecto, pero tiene unas curvas que son bastante difíciles de ignorar. Tiene un trasero grande y unos senos más grandes aun. Su cintura, aunque regordeta está marcada. Su cuerpo me hace recordar un poco a mi reina de la noche. Pero, no. La otra caminaba con una seguridad apabullante y ¡Dios, me cabalgó como si fuese una valquiria ninfómana! La voz de mi secretaria interrumpe mis excitantes pensamientos. —Estoy perfectamente bien —me dice con voz de autosuficiencia, mientras levanta el mentón y se acomoda el cabello—. Nunca estuve tan bien como hoy. ¿Entramos? ¡Pero que soberbia es! Ese tonito que tiene me molesta ¡Y mucho! ¿Ven cuando les digo que me esta mujer de a ratos me da ganas de protegerla y al segundo, despedirla? Cuento hasta diez. Pienso en que decirle para bajarla a la tierra. Soy su jefe, maldita sea. ¡No puede hablarme así! Una sonrisa maliciosa asoma a mis labios. Me inclino hacia su oído, lo suficiente para que sienta mi aliento, pero sin llegar a tocarla. —Un consejo, Barker —susurro—. No respire demasiado profundo durante la presentación. No querría que uno de sus botones terminara en el ojo del CEO de Consul-Tech o de mis asesores. Sería un incidente difícil de explicar en el corporativo. “Ejecutivo asesinado por el botón de la secretaria” —bromeo, divertido, alejándome un poco—. No sé donde ha conseguido esa prenda, pero no le queda y lo sabe bien. La veo tragar saliva. Su cuello se tiñe de un rojo delicioso. —No se preocupe por mis botones, señor —me responde, recuperando parte de su insolencia—. Preocúpese por sus asesores, porque cuando termine de hablar, lo único que va a salir disparado de aquí será la reputación de ellos. Arqueo una ceja, impresionado a pesar de mí mismo. La mujer está a punto de explotar, literalmente, y aun así tiene agallas para desafiarme. Quiero despedirla, en serio que sí, pero algo dentro mío me impide mandarla al diablo. —Veo que está muy segura de lo que va a hacer señorita Barker. Y espero que así sea, porque allí estará sola por completo. Yo, como todos los presentes, solo vamos a escuchar lo que usted tiene para exponer —me acerco una vez más porque el aroma que ella despide es adictivo—. Y espero que no me decepcione —le susurro, amenazante—. Porque si me deja en ridículo, le aseguro que me las pagará. No tengo idea de porque le digo eso, pero es que esa mujer me despierta tantas cosas que ni yo mismo entiendo que mierd@ me pasa. Posiblemente la deteste porque la contrató Eleonora para vigilarme, pero ahora que la otra la quiere despedir, tengo la imperiosa necesidad de mantenerla a mi lado. Ya sea para molestar a mi novia o para bajarle los aires de soberbia que tiene esta mujer. Le abro la puerta de par en par, obligándola a pasar delante de mí. Esta mujer es un desastre andante, una gordita testaruda que no sabe cuándo rendirse. Y por alguna razón que me irrita profundamente—más que su voz y su altanería—, no puedo esperar a ver cómo los destruye a todos. Y una parte de mí, está muy segura de que lo hará. Sin pensarlo apoyo mi mano en su espalda como para animarla a que entre de una vez y entonces noto algo raro que el saco no puede disimular. ¿La costura de la camisa se le está abriendo? ¡Ahora lo entiendo todo! Sonrío levemente. Debo confesar que esta situación a pesar de ser caótica me está divirtiendo. Esta mujer con esas ocurrencias y vicisitudes que está atravesando me está sacando el malhumor que he traído durante todo el día. Ya estamos aquí, que comience el espectáculo de la cicciottella.
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