Capítulo 9 Aliadas

1305 Palabras
POV Selena —Lo siento, Selena, esto es lo más grande que pude conseguir —me dice Rita, mirándome con preocupación—. Fiamma es la única que más se acerca a tu talla y también la única dispuesta a ayudarte. Nadie quiere enfrentar a la señorita Eleonora. Primero miro a la chica, que se va desprendiendo la camisa con una sonrisa en los labios, y luego miro a Rita frunciendo el ceño. —¿Enfrentar? No comprendo… —replico—. ¿Qué tiene que ver esa mujer? —Ya el chisme de que ella discutió con el señor Alessandro por lo del descubrimiento que hiciste corrió por toda la empresa —responde con seriedad—. Espero que tengas suerte en lo que vayas a hacer hoy y quedes trabajando para el señor Di Doménico. Solo él puede protegerte de la furia de esa mujer. Así que apresúrate, ponte esta camisa y cámbiate la tuya. Esa mancha de café no saldrá. Revoleo los ojos mientras suspiro hondo. —Pues hoy necesitaré no uno, sino dos milagros entonces —replico con hartazgo—. Primero, para que lo que vaya a decir en la junta sea validado por el señor y, segundo, para que la prenda de esta chica me entre… —la miro a Fiamma—. ¿Qué talle tienes? Fiamma parece no alterarse ni mirarme como los demás. Tampoco se la ve acomplejada por nada. —Mi talle es L —dice, encogiéndose de hombros—. No mucho menos que tú, eso creo. Vamos, anímate y ponte esto —me entrega su camisa. Qué dulzura es Fiamma, casi me causa ternura su inocencia. Claro, ella es L, pero se olvidó de mencionar que mide casi 1,80 sin tacones y yo apenas y, con mucho esfuerzo, paso 1,60 metros. Ya dije que aquí son todas modelos, ¿no? Como sea, no tengo otra alternativa. Resignada, agarro su camisa y me la coloco, y mientras me la voy abrochando rezo para que me entre. No soy una mujer de rezar. La fe no es mi fuerte. Eso se lo dejo a mi madre. Ella no falta un solo domingo a la iglesia; asiste aunque el mundo se le esté cayendo encima. Mientras me prendo los botones y digo mi plegaria improvisada, un recuerdo me asalta: la única vez que estuve muy nerviosa y rezando fue hace veinte años atrás, cuando le salvé la vida a aquel chico… ¿Qué habrá sido de él? —¡Selena! Apresúrate —me grita Rita, sacándome de mis pensamientos—. Ya casi va a ser la hora de la reunión. Intento prender los últimos dos botones, pero es una misión imposible. Ni haciendo un exorcismo voy a lograr que mis senos se acomoden aquí. Me giro y las miro a las otras dos. Fiamma se pone mi camisa manchada y sudada sin problemas. Sigue sonriendo como si nada. No la conozco y ya me agrada. —Esto no va a funcionar, chicas —protesto mientras me agarro los senos—. Es como querer acomodar dos melones en una canasta. Rita no entra en la desesperación; es de esas mujeres que están acostumbradas a moverse en las crisis como pez en el agua. —A ver, te pones el saco, subimos un poco aquí, cierras un poco los brazos y ¡ya está! —dice mientras me acomoda la ropa. Me giro nuevamente al espejo y estoy tan tiesa que parezco Robocop. En este caso, la novia de Robocop, porque si muevo un milímetro los brazos, un botón podría salir eyectado y dejar ciego a alguien. Sería lo que me faltaría para terminar mi fatídico día. —Escuchame muy bien —me dice Rita, mirándome a los ojos con cara de circunstancia—. Solo tienes que enfocarte en leer el informe. El señor Alessandro solo te interrumpirá si lo cree conveniente. No entres en el juego de ningunos de los ejecutivos y asesores. Porque si es verdad lo que dices, van a rodar muchas cabezas y se abrirá una investigación que no imaginas. Es de tal gravedad la situación que intentarán silenciar o peor aún, desacreditar. Tú, mantente firme —imprevistamente, me agarra las dos bubis—. Cuando quieras exaltarte recuerda que, si te mueves mucho, estas dos se te pueden escapar —espeta, riendo—. Ahora ve y demuéstrales que una simple secretaria—como siempre nos llaman—pueden ponerlos en su lugar. Yo abro mis ojos como platos y asiento. —Vaya, no eras tan gruñona como parecías, después de todo —le respondo, esbozando una sonrisa—. Pensé que no me querías aquí. Ella lanza un suspiro al aire y sonríe. —Niña, he trabajado en esta empresa más años de los que tu tienes. Empecé desde abajo... lo que más deseo es irme de aquí. Y si no encuentro un reemplazo digno de mí, el señor Alessandro no me dejará ir... —hace un chasquido con la lengua—. No importa lo que digan de él. Puede ser implacable y gruñón, pero se aferra a las personas en las que confía. Y si logras que confíe en ti, el señor aceptará mi retiro sin poner reparos. Parpadeo ligeramente. Mientras escucho hablar a Rita con tanto cariño de él, me pregunto que clase de hombre es mi nuevo jefe. ¿Será una especie de Jekyll y Hyde? Porque el poco tiempo que he estado a su lado, solo pude observar como me miraba con desdén y soberbia. Y no soy tonta, sé que sí me puso en este aprieto no es solo para probarme sino también para llevarle la contra a su odiosa novia por contratarme. Me encojo de hombros de manera inconsciente. —Como sea —murmuro, de manera inconsciente—. Ya estoy aquí... es esto o la derrota. Y yo no nací para ser derrotada. —¿Qué dices Selena? —Rita me mira de manera inquisitiva—. No comprendo. —Nada... que te quedes tranquila —sonrío con una tranquilidad que no tengo—. Que comiences a planear tu merecido descanso... porque tu reemplazo ha llegado —me toco el pecho con orgullo—. Creeme, yo tengo razón. No sé si mi poder verborreico se ha desarrollado con el paso de los años o si mi recuperada autoestima causa un efecto dominante pero ambas mujeres asienten sonriendo sin cuestionarme nada. Fiamma se acerca y me toma el brazo con suavidad. —Ve Selena y hazles morder el polvo. Cuando esto termine, te invito a tomar unos tragos. Después de este estrés mereces relajarte. La miro con ternura. Quisiera explicarle que, si no sabe lo que es haber estado casada con alguien como mi ex, no ha experimentado el estrés realmente. En casos de salud mental, me considero ganadora de mil batallas. Esta reunión es solo una mancha más para esta tigresa. —Gracias, chicas. Ustedes solo recen para que esos tiburones, no puedan refutarme una sola palabra, porque ¡ni matándome me podrán hacer callar! —bromeo, mientras voy saliendo del baño. Lo cierto es que tengo un miedo casi paralizante. Una cosa era enfrentarme a Enzo, sus contantes mentiras y maltratos psicológicos. Esto es un territorio desconocido para mí. Y, aun así, sigo avanzando hacia la sala de juntas, apretando la carpeta de informe contra mi pecho. Esta es mi oportunidad de demostrar mi verdadera valía y no la pienso desperdiciar. —¡Barker! —escucho llamarme a mi jefe desde atrás. Esa atronadora voz, me hace detener en seco y hacer un movimiento en U que mi ceñida prenda no me tiene permitido hacer. Escucho un leve “crac” ¡Puta madre! Creo que mi camisa se ha rasgado. ¿Algo más me puede pasar hoy?
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR