Capítulo 12 Ella es peligrosa

1306 Palabras
POV Alessandro Nicola Moretti se pone de pie, negando con la cabeza y el chirrido de su silla sobre el mármol suena como un grito de auxilio. Tiene el rostro del color de la cera y una gota de sudor le corre por la sien, arruinando su aspecto de ejecutivo infalible. —¡Esto es absurdo! —exclama, señalando a mi secretaria con un dedo tembloroso—. Alessandro, no puedes permitir que esta... esta mujer, que apenas sabe dónde está el baño, ponga en duda una auditoría de seis meses. ¡Son calumnias! ¡Es una muerta de hambre buscando un bono u ocupar un lugar aquí! Siento que la sangre me hierve. No por el insulto a la empresa, sino por el desprecio hacia ella. Barker, en lugar de encogerse, se acomoda los anteojos con una parsimonia que me deja sin aliento. Se inclina hacia adelante, y escucho el "crac" definitivo de la costura bajo su camisa. Ella ni se inmuta. Yo miro hacia todos lados disimuladamente. Parece que nadie escuchó nada. Mejor. No voy a permitir que nadie la humille. Eso, solo lo puedo hacer yo y con ese carácter de mil demonios que se trae, ya lo estoy dudando. Presumo que si no le pongo limites terminará haciéndome trapear el piso. Como sea, no dejaré que ese imbécil o cualquier otro la ataque. —Señor Moretti —dice ella, con una voz tan gélida que podría congelar el Caribe completo—, si los números son calumnias, entonces su cuenta personal en las Islas Caimán debe ser un error de sistema. Porque aquí tengo los registros de las transferencias que Consul-Tech le hizo la semana pasada. ¿Quiere que los proyecte en la pantalla o prefiere seguir gritando? O tal vez, deberíamos hablar de la adquisición de esa fabulosa residencia en Positano que se encuentra a nombre de su hija... —esboza una sonrisa la muy hija de satán—. Como verá, hice mi trabajo... nada mal para ser una simple secretaria que busca trepar ¿no? —arquea una ceja y cierra la carpeta con firmeza y me clava sus ojos pardos—. Y no. No soy una muerta de hambre ¿Me ve mal alimentada señor Di Doménico? Me llevo la mano a la boca para no echarme a reír. Esta mujer es sin duda de otro planeta. Se enfrenta a una rata como Moretti con una frescura y un humor que apenas puedo entender. Yo tengo ganas de estrangular a ese hijo de puta. Y lo haré, pero a mi manera. El silencio que sigue es tan pesado que duele. Moretti se desploma en su silla como si le hubieran dado un tiro. Los representantes de Consul-Tech ya ni siquiera fingen; están recogiendo sus maletines, evitando mi mirada. Me levanto lentamente. El aura de poder que emano hace que incluso Barker se quede quieta por un segundo. Miro a Moretti, luego a cada uno de los "Judas" que tengo en la mesa. —Fuera —sentencio. Mi voz es un susurro peligroso, casi asesino—. Todos. Moretti, si para cuando llegue a mi oficina tu escritorio no está vacío, te aseguro que la próxima reunión que tengas será con los fiscales de la República. Y ustedes —miro a los de Consul-Tech—, denle gracias a la señorita Barker por no dejar que me apropie de sus deudas. Se acabó la función. Voy a asegurarme de hundirlos definitivamente, de eso no tengan dudas. Nadie dice una palabra. Salen en fila, como ratas abandonando un barco que la cicciottella acaba de dinamitar. En menos de un minuto, la sala queda en silencio. Solo quedamos ella y yo. El aire todavía huele a la adrenalina de la batalla y a ese aroma hipnótico que ella despide. Barker exhala un suspiro largo y finalmente suelta la carpeta. Sus hombros caen y, por fin, la costura de su camisa cede por completo bajo el saco, dejando ver un destello de piel blanca y encaje que me hace apretar los dientes. —Lo... lo hice —murmura, y por primera vez en el día, su voz suena vulnerable. Me acerco a ella, rodeando la mesa. No sé si quiero besarla, darle un aumento o simplemente exigirle que me diga por qué diablos siento que la conozco de toda la vida. —Lo hizo, Barker —le digo, deteniéndome a centímetros de ella—. Destruyó a una rata financiera y salvó mi imperio antes de las seis de la tarde. Ella levanta la vista, y ese fuego que vi hace un momento sigue ahí, mezclado con un brillo de triunfo. —Dije que mi lección le saldría cara, señor Di Doménico —me recuerda, recuperando su sonrisa perversa—. Y todavía no me ha pagado el doble. Sonrío. Una sonrisa de verdad, de las que no le regalo a nadie. Esta mujer es peligrosa. Es brillante. Es mi diamante en bruto. Y ahora que los traidores se han ido, tengo todo el tiempo del mundo para descubrir qué más esconde mi fascinante cicciottella. Porque obviamente, no solo la voy a contratar. Pienso convertirla en mi mano derecha, esta mujer nació nadando entre tiburones y hoy, lo demostró. Ella no lo sabe aún, pero no dejaré que se vaya. Necesito gente así a mi lado. ¿La oyeron? "¿Me ve mal alimentada?". Juro que, si no fuera porque mi reputación de hombre de hielo está en juego, me habría carcajeado ahí mismo. Moretti buscaba sangre y ella le respondió con un banquete de humillación. Esta mujer es un peligro público. Tiene la capacidad de rastrear cuentas en paraísos fiscales, descubrir propiedades ocultas y, al mismo tiempo, hacer que me fije en el encaje de su ropa interior porque su camisa ha decidido que ya no quiere ser parte de este mundo. La observo mientras exhala ese suspiro de alivio. Se ve pequeña ahora que la adrenalina ha bajado, pero yo sé que es un gigante. —Señor Di Doménico... —murmura, y por un segundo, la insolencia desaparece de sus ojos—. ¿Eso significa que conservo el empleo? Me acerco un paso más. El aroma a vainilla es tan denso que casi puedo saborearlo. Mi mirada baja inevitablemente a su prenda rota que el saco ya no puede disimular. —Conserva el empleo, Barker. Pero no se acostumbre a las victorias fáciles. Mañana quiero un informe detallado de cada movimiento de Moretti en los últimos cinco años. Mentira. Lo que quiero es que se quede aquí, en mi radio de visión, donde pueda vigilarla... o donde ella pueda vigilarme a mí. Todavía no lo tengo claro. —Y otra cosa —añado, recuperando mi tono autoritario mientras rodeo la mesa para salir—. Pase por contabilidad. Que le den un anticipo. Ella frunce el ceño, recuperando su chispa. —¿Para qué? ¿Para pagarme "el doble" por mis servicios de hoy? —No —le lanzo una mirada ladeada desde la puerta—. Para que se compre una camisa de su maldita talla. No quiero que la próxima vez el botón me saque un ojo a mí. Salgo de la sala sin esperar respuesta, pero puedo jurar que la escucho gruñir algo sobre mi arrogancia. Sé lo que están pensando. Que soy un imbécil. Que debería haberle hecho un cumplido. Pero no realmente no soy esa clase de persona. Tengo otras maneras de demostrar mi agradecimiento. La noche es joven. Y Roma tiene los mejores restaurantes del mundo. Ella salvó mi imperio... lo mínimo que puedo hacer es alimentar a la fiera antes de que decida que el próximo tiburón en su menú soy yo. Con ella, no sé que esperar. Gracias Eleonora, al fin me has dado un regalo a mi medida.
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