POV Selena
—¿Este hombre se volvió loco? —protesto ante Rita que me mira sorprendida—. Estoy cansada, trabajé todo el día a destajo y ahora ¿quiere que lo acompañe a una cena? No, que no cuente conmigo. Ve tú. Todavía sigues siendo su asistente principal ¿no?
Rita carraspea y me mira con ojitos de perro mojado. Ella estará muy acostumbrada a complacer a ese ricachón malcriado. Me contrató para que sea su asistente, no su niñera ni su dama de compañía.
—No puedo ir yo, Selena —me responde, tajante—. El señor Alessandro ha dado la orden directa de que seas tú quien lo acompañe. Lamento decirte que, si quieres este empleo, tendrás que hacer eso y mucho más.
Mientras la escucho, cierro mis puños y revoleo mis ojos.
—¿Mucho más? ¿Cuánto? ¿Tendré que darle mi sangre al vampiro ese? ¿Tienes idea de todo el trabajo que hice hoy? Estoy agotada y él ¿pretende salir a cenar? —suelto un profundo suspiro—. Tengo un hijo que me espera en casa. Dile que no puedo. Por favor, Rita, ve tú, hazme ese favor. Te juro que te lo compensaré.
Solo quiero llegar a mi casa, abrazar a Luca y luego sacarme esta ropa sucia y rota para darme un buen baño.
Y, a decir verdad, tampoco tengo ganas de seguir viéndole la cara por hoy al maledetto ese. Ni siquiera me agradeció por haberle salvado el culo. Me dio la compensación, sí. Pero no se le hubiera caído su Rolex por decir un simple “gracias” o “hizo un trabajo estupendo Selena”.
Lo único que hizo fue bromear por cómo estaba vestida y darme órdenes a los gritos.
¡Ah, porque dar órdenes y humillar, es lo único que sabe hacer!
Cretino.
¿Vieron esto? ¿Vieron cómo funciona el mundo corporativo de este malagradecido italiano? Una se despoja del alma, desmantela un fraude millonario, evita que un imperio colapse y el tipo, en lugar de invitarme un spa o darme un simple gracias, ¿qué hace? Me ordena ir a una cena.
¡Es que no tiene límites! Alessandro Di Doménico es el ejemplo perfecto de que Dios da belleza, pero a veces se olvida de poner los modales en el paquete.
—No puedo ir, Rita. En serio —insisto, sintiendo cómo el cansancio me pesa en los párpados—. Mi hijo me espera. Luca ya debe estar preguntando por qué no ha visto a su mamá en todo el día. Eso es lo único que me importa, no comer caviar con un hombre que me mira como si fuera un bicho raro bajo un microscopio o dice cosas despectivas sobre mí. Por hoy, ya fue suficiente.
Rita me pone una mano en el hombro. Su mirada ha pasado de la sorpresa a la compasión, pero no cede.
—Selena, escúchame bien. Sé que estás cansada. Sé que lo único que quieres es ser madre ahora mismo —dice en voz baja—. Pero Alessandro no invita a cualquiera a cenar, pocas veces he ido. Así que debe ser muy importante. Si te vas ahora, mañana serás "la secretaria que no estuvo a la altura". Si vas, mañana serás su mano derecha oficial. Hazlo por Luca. Hazlo por ese futuro que viniste a buscar a esta empresa. Si lo que buscas es respeto y algún día ejercer tu profesión, estás en el lugar correcto. Tendrás eso y más, pero tendrás que acatar las órdenes del jefe.
Trago saliva. Maldita sea, Rita sabe dónde golpear. Luca. Todo lo que hago es por él y también por mí.
—Pero mira cómo estoy, Rita —exclamo, señalando el desastre de mi camisa y el saco que apenas se mantiene unido por un hilo de esperanza—. No puedo ir a un restaurante de lujo pareciendo que acabo de pelearme con un oso y perdí. Estoy cansada, necesito un baño y descansar. Mis ojeras están al nivel de mis pómulos... —me excuso—. Ni siquiera sé que usar para una cena con gente importante. ¡Salía tan poco con mi exesposo, que no debo tener algo acorde!
—Para eso estamos nosotras —interviene Fiamma, apareciendo por el pasillo con una bolsa de tela negra y una sonrisa conspiradora—. No creas que te vamos a dejar ir así.
Oh, no. Conozco esa mirada. Es la mirada de las "Hadas Madrinas" versión fashionista italiana. Fiamma es hermosa y usa una talla que yo no veía desde que tenía diez años y tiene ese brillo en los ojos que me da pánico.
Me recuerda a Laurita cada vez que tiene esas tontas ocurrencias que luego nos meten en muchos problemas, como me sucedió el viernes en la noche.
—Tengo el vestido perfecto —anuncia ella, abriendo la bolsa de una tienda de lujo—. Acabo de ir a retirarlo por orden del señor Alessandro. Mira lo que es: corte imperio, tela con caída, color verde esmeralda... y lo mejor de todo: es elástico. ¡Es perfecto para ti!
Rita sonríe y me empuja suavemente.
—¿Ves? Ya está todo solucionado, no tienes ninguna excusa. Debe ser algo muy importante para que el señor haya hecho esto, debes ir sí o sí. Ve a tu casa, date un buen baño, habla con tu pequeño y explicale la situación.
Respiro hondo y asiento a regañadientes.
¿Cómo es que este tipo logra lo que quiere? ¿Cómo logra comprar las voluntades de todos sin esfuerzo? No entiendo, que alguien me lo explique. Trato de comprender la situación mientras escucho a las otras dos parlotear del jefe embobadas por él.
A mí, simplemente me parece un estúpido, que se cree que porque me dio un bono de compensación y ahora un vestido de lujo —espero que no me lo descuente después—, me tendrá encantada como a estas dos.
Prefiero soportar a una faja reductora todo el día a pasar dos horas sentada frente a Alessandro intentando no usar el tenedor para pincharle un ojo cada vez que diga algo arrogante.
Espero que no se le ocurra llevar a la noviecita. Porque puedo soportarlo a él y posiblemente a un par de inversores hablar, pero ¿a esa harpía? No, prefiero que me despida y limpiar baños públicos antes que soportarla.
Me levanto con frustración y enojo. Es evidente que no importa lo que yo sienta y quiera. Aquí se hace lo que quiere él.
—Dame eso —le digo a Fiamma, tomando con desgano la bolsa con el vestido—. Si el señorito quiere que vaya a esa bendita cena, iré. Pero que no espere que vaya con mi mejor cara. Que quede bien en claro que es contra mi voluntad. Es más, voy porque soy buena. Porque aún, no he firmado mi nuevo contrato de trabajo, ese que me prometió él.
Mientras lo digo, juro que estoy rogando que ese maledetto aparezca y me diga algo, pero no. Se ve que envió a sus emisarias a hacer el trabajo sucio y se mandó a mudar a quien sabe dónde.
Ah, pero en algún momento, ¡me va a escuchar!
Gruño, dándome la vuelta
—Si mañana amanecen noticias de un CEO italiano con un tenedor de plata incrustado en el medio de la frente, no quiero que pongan cara de sorpresa. Cuando estoy cansada y de malhumor, soy el diablo en persona, sépanlo.
Salgo de la oficina echando chispas. Camino por el pasillo sintiendo que el "crac" de mi camisa ahora suena al ritmo de mi furia. Llego al ascensor y, mientras espero, me miro en el espejo del cubículo. Tengo ojeras que parecen tatuajes y el pelo como si hubiera sobrevivido a un huracán, pero mis ojos... mis ojos brillan con una rabia que me hace ver más viva que nunca.
Es increíble. Este hombre ha logrado algo muy loco: sacar lo peor y a la vez, lo mejor de mí. Porque hoy, pude demostrarme de lo que soy capaz cuando me propongo algo.
De todas maneras, eso no invalida que él sea un idiota sin remedio.