Narrador Damon Stravos estaba teniendo exactamente la clase de noche que le gustaba: dinero ganado, copas servidas y gente riendo a su alrededor como si él fuera el centro del mundo. Y, en cierto modo y con todo el derecho, lo era. Ese mismo día había cerrado un contrato multimillonario para la producción de buques con tecnología de última generación. Un movimiento limpio. Preciso. Letal. Como él. Tenía fama de mujeriego, de fiestero, de hombre incapaz de tomarse algo en serio. Y sí, era cierto. Pero lo que pocos entendían… era que Damon Stravos no necesitaba parecer peligroso. Lo era. No solo conseguía contratos. Los creaba como un mago que crea trucos sin problemas. Detectaba grietas donde otros veían muros y se metía por ahí con la naturalidad de quien sabe que siempre cae de

