Capítulo 20 Tengo una ventaja

1025 Palabras
POV Selena Este hombre es una maldita caja de sorpresas. Llevo todo el viaje intentando descifrar qué es lo que quiere de mí. Porque algo quiere. Alessandro Di Doménico no hace nada porque sí. Y no, no piensen mal. Puede buscar cualquier cosa… menos sexo. De eso estoy completamente segura. Ustedes, no han visto lo que es su novia. Eleonora podrá ser la víbora más odiosa de Roma, pero es una mujer… espectacular. De esas que entran a un lugar y hacen que el resto parezca decorado. Una belleza que muchas en su coherencia, envidiarían o simplemente la tendrían como un modelo a seguir. Yo claramente no entro en esa categoría. De coherente, no tengo un pelo. Estoy más loca que una cabra. No la envidio. La reconozco, sí. Sería ridículo negarlo. Pero no me mueve el amperímetro. No me quita el sueño. No me hace querer ser otra persona. Y eso… no siempre fue así. Creo que cuando pasás años peleándote con el espejo, con los comentarios, con las miradas… llega un punto en el que te cansás. Te cansás de compararte. Te cansás de perder. Y un día, sin darte cuenta, dejás de querer parecerte a nadie. Solo quieres ser… tú. Con lo bueno, lo malo y lo que a otros les molesta. A mí me llevó tiempo. Golpes. Críticas. Mi madre. Enzo. Pero aprendí. Aprendí a quedarme con lo que me sirve… y a tirar el resto. Ahora, eso no significa que sea idiota. No me voy a poner una venda en los ojos ni a inventarme películas. Mi jefe no me trajo a cenar porque de repente descubrió un interés oculto por mí. No con la bomba de mujer que tiene al lado. Así que no. Esto no va por ahí. Quizás alguno diría: “Ay, Selena, no te estás valorando”. Pero no. Una cosa es valorarse… y otra muy distinta es enceguecerse y creerse algo que una no es. Yo ya pasé por esa etapa. No pienso volver. Como sea, aquí lo tengo detrás de mí mientras el mozo nos guía hasta la mesa. Para mi sorpresa, no hay nadie esperándonos. Frunzo levemente el ceño. ¿El invitado llegará más tarde? Estoy por preguntar cuando noto que Alessandro se detiene en seco. Me giro para preguntarle si todo está bien. Me responde que sí, pero sinceramente no le creo. Su postura y su mirada me dice que ha visto algo o a alguien que le molesta y mucho. Sigo la dirección de sus ojos. Y ahí lo veo. Damon Stravos. Ah, claro. Ahora todo tiene sentido. No es que yo sea una obsesiva del mundo financiero, pero digamos que me informo. Leo. Observo y sé muy bien cómo se maneja Stravos. Y es que, ese hombre… es imposible de ignorar. Mientras Alessandro se mueve en las sombras, con un perfil bajo casi quirúrgico, Stravos es todo lo contrario. Ruido. Exceso. Espectáculo. No es precisamente un lobo solitario. Siempre está rodeado de gente, organizando fiestas en yates, en mansiones… donde sea que pueda mostrar su fortuna sin el menor pudor. Al contrario de Alessandro, no es un soltero empedernido: A Stravos, no le interesa la solteria o no le gusta: se ha casado un par de veces y divorciado con la rapidez de un rayo —en el matrimonio, cree, digamos—, como termine después, es otra historia. Lo observo brindar con su séquito, riendo como si el mundo le perteneciera. Y, siendo honesta… Con esa cuenta bancaria, esa seguridad y esa belleza griega… yo también me reiría así. Porque sí. Tengo que decírselos. El tipo está como quiere. Y, más. Mucho más. —Vayamos a nuestra mesa —ordena mi jefe, rozándome el brazo con suavidad—. Vinimos a disfrutar de una buena cena, no a ver espectáculos míseros. Asiento sin decir nada. No hace falta. El tono lo dice todo. Alessandro Di Doménico no es un hombre que pierda el control con facilidad… pero claramente, Stravos le saca algo. Algo que no le gusta mostrar. Y eso ya me resulta interesante. Muy interesante. Camino a su lado, sintiendo cómo su cuerpo se tensa apenas pasamos cerca de la mesa del griego. No lo mira directamente, pero tampoco lo ignora del todo. Es como si ambos jugaran a lo mismo. Ver sin mirar. Provocar sin hablar. Según lo que he leído —y lo poco que se comenta en ciertos círculos—, la rivalidad entre ellos no es nueva. Y definitivamente no es solo por negocios. Eso sería demasiado simple. No. Aquí hay algo más. Algo personal. Aunque… quizás me estoy adelantando, no lo sé. Tal vez solo se detestan porque compiten, porque siempre están midiendo fuerzas y la situación los terminó sobrepasando. Porque uno no reacciona así… solo por dinero. Y lo peor de todo es que ese tipo —Stravos— lo sabe. Lo disfruta. Se alimenta de eso. Cada vez que ha podido ha lanzado comentarios inoportunos hacia Alessandro, le he leido o visto en las noticias. Y ahora que estoy aquí, lo puedo ver. Estoy a punto de pensar que es más cretino que mi jefe, pero intentaré no prejuzgar, como me pidió él. Noto en la forma en que levanta su copa, en cómo sonríe apenas al pasar… como si ya hubiera ganado una partida que ni siquiera empezó. Por un segundo, clava sus ojos verdes en mí y sonríe de manera extraña. Desvío la mirada. No por él. Sino por el hombre que camina a mi lado. Porque, aunque Alessandro fue irritante durante la mayor parte del día, es mi jefe. Y aunque no lo crean, estoy dispuesta a ser leal a él. Aunque me caiga mal y la mayoría de las veces, me den ganas de estrangularlo. Y también porque por primera vez desde que lo conozco, me doy cuenta de algo: Alessandro no parece intocable. Y eso, me conmueve un poco. Bueno, tanto como conmoverme, no. Me da una pequeña ventaja sobre él. Porque empiezo a sospechar que el verdadero Alessandro… no es el que se muestra ante todos. Ni siquiera el que me muestra a mí.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR