POV Alessandro
Respiro hondo. Ya no quiero entrar en polémicas innecesarias.
¡Pero es que ella es insufrible!
—Interesante teoría, señorita Barker —respondo con calma, sin mirarla—. Aunque bastante conveniente.
Ella gira el rostro hacia mí, claramente molesta.
—¿Conveniente?
—Claro —continúo—. Es más fácil asumir que quien tiene dinero es arrogante, que aceptar que tal vez llegó hasta ahí haciendo mejor las cosas que otros ¿Usted piensa este imperio que manejo se hizo de un día para otro? ¿O que se sostiene por arte de magia? Si usted hoy está a mi lado es porque he trabajado duro para llegar a lo más alto.
El silencio se instala por un segundo.
—¿Y humillar también entra en ese “hacer mejor las cosas”? —dispara ella sin dudar.
Sonrío apenas.
No porque me cause gracia.
Sino porque no retrocede. De no haber estudiado finanzas debería haber tenido que estudiar leyes.
Imagínense a un juez escuchando los interminables argumentos de esta mujer. Le da el caso ganado, por cansancio.
Pero yo no soy de los que dan el brazo a torcer tan fácil, también tengo argumentos y de sobra.
—No confunda eficiencia con humillación —replico—. Si usted llegó tarde en su primer día, lo lógico era despedirla. No fue personal. Hay reglas en la empresa y los empleados deben cumplirla. Mucho más usted, que será mi asistente personal.
—Ah, no —responde, cruzándose de brazos—. Entonces su talento para menospreciar viene de fábrica. ¿Entiende que llegué tarde por un malentendido? Además, creo que he dado sobradas muestras de lo bien que puedo hacer mi trabajo.
Exhalo por la nariz.
Esta mujer es agotadora.
—Y usted tiene un talento admirable para opinar sin filtro —le devuelvo—. Debería considerar cobrar por ello. Podría hacerse rica.
—Ya estuve mucho tiempo callada —responde, sin titubear—. No me interesa hacerme rica. Quiero opinar lo que pienso libremente siempre y cuando eso no hiera a nadie.
Eso me hace mirarla.
De verdad mirarla.
Porque no lo dice como una frase hecha.
Lo dice como alguien que ya pagó un precio alto por no ser “libre”.
¿Qué tanto habrá pasado esta mujer en su vida pasada?
Me intriga.
Vuelvo la vista al camino.
—La libertad es un lujo —digo finalmente—. No todos pueden darse el gusto de elegirla.
—No —responde ella en voz más baja—. Pero todos deberían intentarlo.
Otra vez ese tono.
Otra vez esa sensación incómoda de que no está hablando en general.
Está hablando de sí misma.
Y, de alguna manera absurda… también de mí.
Aprieto el volante un poco más fuerte.
Definitivamente, esta mujer es un problema.
Llegamos al restaurante. Lejos de esperar que el valet le abra la puerta y la ayude a bajar, lo hace ella misma.
Sonrío.
¿Esperaba otra cosa de Barker?
Definitivamente, no.
Apenas entramos, varias miradas se giran en nuestra dirección. No es algo que me sorprenda. Lo que sí resulta… inusual, es el motivo.
Jamás vengo a cenar a lugares públicos con mujeres. No porque no pueda, sino porque no me interesa el circo que eso genera. Mi vida siempre ha girado en torno al perfil bajo y a resguardar mi intimidad.
Y, sobre todo, a evitar conflictos innecesarios con Eleonora.
Pero esta noche… claramente he tomado una mala decisión.
Caminar junto a la voluptuosa cicciottella no es precisamente una forma de pasar desapercibido.
Aunque, siendo honesto, me importa una mierda lo que digan.
O eso intento decirme.
Antes de llegar a la mesa, algo capta mi atención. Giro apenas el rostro… y en ese instante sé que la noche acaba de arruinarse por completo.
Damon Stravos.
Sentado a pocos metros, rodeado de su habitual séquito, como si el lugar le perteneciera.
Nuestros ojos se cruzan.
Y sonríe.
No es una sonrisa cordial.
Es una provocación.
Lenta. Calculada.
Como si ya supiera algo que yo no.
Aprieto la mandíbula.
Perfecto.
La noche prometía ser incómoda.
Ahora también será peligrosa.
—¿Ocurre algo? —pregunta Barker a mi lado, notando el cambio en mi postura.
La miro de reojo.
Por un segundo considero ignorarlo. Seguir como si nada.
Pero no.
Stravos no es un hombre al que se pueda ignorar.
—Sí —respondo con frialdad—. Acaba de mejorar la velada.
Ella arquea una ceja, claramente sin creerme.
Y hace bien.
Porque si algo es seguro… es que cuando Damon Stravos aparece, nada termina bien.