POV Alessandro
Esta mujer me va a volver loco.
Estoy haciendo un esfuerzo enorme por no estallar, pero a ella no le agrada mi manera de ser y me lo demuestra abiertamente.
¿Cómo es que no se siente ni un poco intimidada por mí?
Alguien debería avisarle que soy su jefe, no un paje de la corte. Y digo esto porque, desde que se subió a mi auto, se comporta como si fuese una reina.
Dirán que debo tenerle paciencia, que gracias a ella mi empresa no se fue a la ruina… pero hay momentos en los que, con esta mujer, el agradecimiento pesa. Y mucho.
Deberían verla y escucharla.
—Conduce muy bien —dice con un aire de superioridad—. Pensé que, como tenía chofer, no sabía hacerlo.
Arqueo una ceja y suelto un suspiro contenido.
—Creo que usted se ha formado una opinión equivocada de mí en muy poco tiempo, Barker —respondo, deteniendo el auto en el semáforo—. ¿Piensa que porque crecí en una familia acomodada no sé hacer nada?
Me giro apenas hacia ella.
—Para que lo tenga en cuenta antes de prejuzgar: soy hijo único y mi madre se tomó el trabajo de enseñarme todo lo necesario para sobrevivir… por si algún día lo necesitaba —hago una pausa—. Siempre decía que la vida da muchas vueltas. Que lo que hoy está arriba, mañana puede caer.
Veo cómo abandona su postura altanera. Baja la mirada y, con la mano izquierda, acomoda el ruedo del vestido sobre la rodilla.
—Disculpe —murmura, tan bajo que casi no la escucho.
Me muerdo el labio para no sonreír.
La mención de mi madre hizo bajar sus defensas… interesante. Parece que gané una pequeña batalla.
Y viniendo de Barker, una disculpa ya es una victoria.
Me siento un gladiador.
Sé lo que van a decir, pero necesito repetir este instante de gloria.
—¿Cómo dijo? —replico con calma, disfrutando más de lo que debería.
Ella alza la vista. Esos ojos… demasiado profundos y vivos. Demasiado directos.
—Que me disculpe —afirma, ahora con un dejo de fastidio—. No quise ofenderlo. No fue mi intención.
Asiento, satisfecho.
Lo dicho: una pequeña batalla ganada.
—Pero… —añade, acomodándose en el asiento como para darme un sermón.
Cierro los ojos un segundo.
Ahí está. Sabía que la paz con esta mujer es un concepto teórico. ¿No sabe lo que es quedarse callada? ¿Todo tiene que refutarme?
—Si vamos a hablar de prejuzgar —continúa Miss Incontinencia Verbal—, usted hizo exactamente lo mismo conmigo. ¿O se olvidó de lo que me dijo esta mañana?
Me sostiene la mirada.
—Porque yo no. Puedo no recordar dónde dejo las llaves… pero sí recuerdo cada palabra que personas como usted me dicen.
El semáforo cambia de color y continúo la marcha.
—Personas como yo —repito, con un dejo de desdén—. ¿Puede describirme cómo son las personas como yo?
Ella se encoge de hombros y asiente, como si no le costara nada juzgarme.
—Personas que creen que por tener dinero están por encima de los demás. Que tratan al resto con desprecio o apatía, como si su opinión no valiera nada. Tener dinero no los hace mejores ni superiores. Al final, todos terminamos en el mismo lugar… ¿no le parece?
Aprieto ligeramente el volante.
Salvando las distancias, sus palabras me recuerdan demasiado a mi madre. Directa. Incómoda. Imposible de ignorar.
Pero en boca de Barker suenan distinto.
Más acusadoras.
Más… personales.
Me hacen sentir como si fuera una basura.
Y no lo soy.
No me conoce ni un poco. No sabe cómo soy en realidad.
Nadie lo sabe.