Capítulo 17 Perdiendo la dignidad

1054 Palabras
POV Selena Debo confesar que no fue la mejor idea ponerme crema en los pies para poder colocarme las elegantes sandalias. Traté de quitármela, pero ese es el problema de las cremas buenas: no se van con nada. Mientras bajo los escalones me doy cuenta de que mis pies se deslizan hacia adelante. Los dos primeros ya me están anunciando un desastre inminente. —Genial… la gorda termina desparramada en el piso —bromeo, riendo—, dando el mejor espectáculo del día. Me echo a reír como una tonta imaginando la situación, tanto que termino lagrimeando. Pensarán que tengo serios problemas mentales. Posiblemente sí. O no. ¿Dónde está prohibido reírse de uno mismo? O con uno mismo, porque últimamente me encuentro hablando sola. Según la experta en todas las materias —María del Carmen Del Toro Barker, mi madre— eso es propio de la edad. Ella no registra que yo haya cumplido recién treinta y cinco años. Lo que sí se encarga de recordarme es que me faltan cinco para los cuarenta. Y que todas estas cosas —mi torpeza, hablar sola, mi desorden mental— son porque estoy envejeciendo y porque soy igual a mi padre. Me seco las lágrimas con la palma de la mano. Escucho un carraspeo y me giro. Ahí está él: mi jefe, parado con las manos en los bolsillos, esperándome. El CEO más poderoso del país. Hermoso, atractivo como pocos… y mirándome con una mezcla de asombro y desconcierto. —Señor Di Doménico —digo con solemnidad, irguiéndome y acomodándome el vestido—. Buenas noches. Qué sorpresa que haya venido a mi casa… y aún más que me esté esperando en la escalera. Él dibuja una media sonrisa y ladea apenas la cabeza. —Temí que llegara tarde. Ya sé que la puntualidad no es una de sus virtudes —responde con ese tono arrogante que me exaspera. Bueno, no estoy dispuesta a mostrarle a este ser del inframundo que tengo algunos problemitas técnicos para bajar la escalera. No le voy a dar el gusto de que se burle de mí. Así que, como puedo, enderezo el cuerpo y empiezo a descender cual vedette de teatro de revista. Bueno… hago el intento. —¿Se encuentra bien, Barker? —dice, con un dejo de sorna—. ¿Ha tomado algo de más o qué? Detengo mi marcha y apoyo una mano en la pared para afirmarme. Siento que el pie derecho resbala. —¿Qué dice? —frunzo el ceño—. ¿Usted no se cansa de molestarme? ¿Quiere que lo acompañe o no? Él sonríe, inmutable. —Habla sola, se ríe sin razón… camina de manera extraña —responde, pasándose el pulgar por la comisura de los labios—. Cualquiera diría que no está en sus cabales. ¿Estuvo festejando anticipadamente? Maledetto. Aquí el único que debería tomar algo para callarse de una vez, es él. Le daría veneno… así se calla para siempre. Bah. En su caso, con que se muerda la lengua sería lo mismo que beber cicuta. Me envalentono, me acomodo el vestido y encaro el último tramo de la maldita escalera. —Se equivoca, señor. No he tomado nada ni pienso hacerlo —respondo con firmeza, mientras hago malabares para descender—. ¿Quién se cree que soy? No termino de decirlo cuando mi pie derecho decide boicotearme de manera definitiva. Se desliza. Pierdo el equilibrio. Grito, convencida de que voy a fracturarme algo. Pero entonces pasa algo impensado. Mi jefe da dos zancadas y me atrapa en el aire. Yo, por puro instinto de supervivencia, me aferro a su cuello. Por dos segundos nos quedamos mirándonos a los ojos. Como en una película romántica. Lástima que esto no lo es. Mi peso muerto lo hace trastabillar. Y caemos. Los dos. Él encima de mí. Parpadeo, aturdida.Tengo encima una mole de casi un metro noventa . Pesado. Demasiado presente. ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Empujarlo? Ganas no me faltan, pero bueno, quiso salvarme, soy piadosa. —…Esto es nuevo —murmuro, sin saber si reír o insultarlo. Alessandro tarda un segundo en reaccionar. Luego dos. Como si su cerebro se negara a procesar lo que está pasando. —Quítese —dice finalmente, seco. Treinta segundos de bondad y salta el ogro insoportable. ¿Ven? No se puede ser buena ni hacerle concesiones. —¿Perdón? El que está aplastando órganos vitales es usted —replico furiosa, intentando moverme—. Creo que ya no siento una pierna. Alessandro se incorpora de inmediato, incómodo, como si el contacto le quemara. —Fue usted quien cayó. —Fue usted quien decidió hacer de héroe —contraataca sin problemas, tratándome de incorporar, con dificultad—. Nadie se lo pidió. Él me extiende la mano. Vaya. Es un cretino, pero le queda un resto de caballerosidad. —Prefería eso a verla rodar por la escalera. Por favor, deme su mano… y por sus órganos no se preocupe. Presumo que están bien protegidos. Lo odio. Juro que me sacaría una sandalia y le clavaría el taco en la frente. —Pues al menos no tendría que escucharlo burlarse de mí. Hubiese preferido romperme una costilla. Alessandro se echa a reír, divertido. —Aun así, tendría que seguir trabajando. Si fuera necesario, instalaría un hospital en la oficina. No se va a librar tan fácil de mí. Parpadeo. Divertida, pienso en lo que acaba de decir. Es la primera vez que un hombre me dice algo así. Claro… tenía que ser por trabajo. Qué suerte la mía. Mi jefe mueve la mano de manera enérgica. —Vamos. Tome mi mano. Deje de ser tan orgullosa. Suspiro hondo. Vencida, cedo. De un tirón, Alessandro me levanta como si nada. Nos quedamos unos segundos en silencio, mirándonos. Su mirada… y su aroma… me resultan peligrosamente familiares. Y mi mente, por primera vez en el día, se queda en blanco. Desde el fondo, una vocecita irrumpe: —Mamá… ¿qué te pasó? —me dice, fijando su mirada sobre nosotros. Perfecto, mi hijo viendo esa escena patética. Lo que me faltaba para cerrar este día. Cierro los ojos un segundo y suspiro hondo. La dignidad acaba de morir en esta casa. Bueno… al menos la de la dueña.
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