Capítulo 16 Un encuentro especial

1172 Palabras
POV Alessandro No sé por qué tengo la imperiosa necesidad de ir yo mismo a buscarla para llevarla a la cena. Tengo la leve sospecha de que, a último momento, se va a arrepentir o algo parecido, y no pienso quedar en ridículo cenando solo en el restaurante. Como no quiero que nadie más sepa de mis planes, entré a la base de datos de los empleados y busqué su dirección. Y ahí leo toda su información. Divorciada, un hijo y vive en una zona de clase media acomodada de Roma, lo cual me lleva a pensar que su pasar económico no es tan malo. Y si no lo es, significa que en cualquier momento podría abandonar su puesto de trabajo sin problemas y yo quedarme sin una secretaria eficiente; eso es algo que no puedo permitirme. Conduzco hasta el lugar y me estaciono frente a una pequeña pero elegante casa de color blanco, con grandes ventanales y un jardín muy bien cuidado. Veo estacionado fuera de la cochera lo que se supone es el auto de mi empleada y, al mirar la marca y el modelo, termino de confirmar mis sospechas: Barker no es una mujer que vive en la miseria ni en una necesidad que la lleve a pedir limosnas. Salgo del auto ajustándome el saco del traje. No he avisado que venía. La sorpresa es una herramienta táctica; quiero ver su cara cuando abra la puerta y me vea ahí, rompiendo la barrera profesional de la oficina. Quiero ver si ese aire de eficiencia impecable se agrieta cuando entre en su zona de confort. Sí, sé muy bien lo que están pensando: que soy un metiche y, hasta en cierto punto, un poco desubicado. Pero, como ya lo saben, no me interesa lo que piensen. Yo actúo según mis impulsos y mis reglas y no doy lugar a que me cuestionen absolutamente nada. Camino por el sendero del jardín, notando el aroma a jazmín y el orden casi militar de los arbustos. Toco el timbre. Dos veces. Secas. Mientras espero a que alguien me abra la puerta, una serie de hipótesis de conflicto asaltan mi mente. ¿Me tratará bien? ¿O me echará de su casa? —¿Quién me mandó a venir aquí? —digo mientras me froto la sien—. ¿Por qué insisto en hacer el ridículo delante de esta mujer? Doy media vuelta para irme, pero ya es tarde. Escucho que alguien abre la puerta, así que me giro nuevamente. Una mujer joven me atiende. —¿Sí? ¿A quién busca? Me acomodo el saco y enderezo mi cuerpo. —A la señorita Selena Barker. Soy Alessandro Di Doménico, su jefe —me presento con una seguridad que no siento—. Tenemos una cena. La mujer, después de la sorpresa, me abre de par en par la puerta y me invita a pasar. —Por favor, entre. Soy Gina, la empleada —me dice esbozando una sonrisa—. Selena se está terminando de arreglar… voy a llamarla. Me guía hasta una pequeña sala. —Siéntese, por favor, señor Di Doménico… ¿quiere tomar algo? Niego con la cabeza mientras me siento. La mujer se retira y escucho que le grita desde la escalera a mi secretaria. Está visto que en esta casa la educación y el respeto por el jefe es el mismo que ella me tiene a mí: ninguno. Mientras espero, me levanto del sofá y observo con detenimiento el lugar. Algunas cajas apiladas, libros que no están en su lugar, portarretratos que aún están acomodándose. El que está arriba del todo me llama la atención: es un grupo de tres chicas adolescentes abrazadas en la playa. Algo me llama la atención en la chica que está en el medio. Cuando me dispongo a mirarla mejor, la voz de un niño me interrumpe. —Es mi mamá con sus amigas —me dice con total desparpajo—. ¿Quieres ver más fotos de ella? Dejo el portarretrato y me doy vuelta para mirarlo bien. Esperaba que el hijo de la cicciottella fuera un niño regordete como ella, pero me encuentro con un chico alto y atlético, cuyo único parecido con su madre son los enormes ojos pardos detrás de espesas y largas pestañas oscuras. Si algo tengo para decir de mi secretaria es que tiene una mirada hermosa, y su hijo la heredó. —Lo siento, yo solo… —respondo sin saber qué decirle—. Soy Alessandro, el jefe de tu mamá. El niño me extiende su mano. —Lo sé. Yo soy Luca Visconti —se presenta con solemnidad—. Te conozco. Suelo mirar con mi mamá los programas donde hablan de economía y finanzas. Ahí hablan mucho de ti —sonríe—. Sabes que la fusión con Consul-Tech es un asco, ¿no? Espero que mi mamá ya te lo haya dicho. Me quedo helado al escucharlo. ¡Por Dios! ¿Cuántos años tiene este pequeño? O son una familia de superdotados o yo soy un gran estúpido que casi cae en el engaño mejor tramado de la historia. Escuchándolo puedo ver que no solo heredó los ojos de su madre, sino también su carácter soberbio. El fruto no cae lejos del árbol. —Tu madre ya me lo ha dicho. La fusión no se hará —respondo con una sonrisa meramente protocolar—. Gracias a su intervención, eso no va a suceder. Veo que su rostro se ilumina al escucharlo y su pecho se hincha de orgullo. —¡Mi madre es la mejor! Verá que no se arrepentirá de haberla contratado. No tengo tacto para interactuar con niños y mucho menos con los que han sido educados por madres irreverentes como es el caso de este. Siento que me está estudiando tan minuciosamente como yo a él. ¿No puede ser simplemente como la mayoría de los niños que juegan videojuegos o miran videos sin emitir opinión? —Eso espero. Porque soy un jefe muy exigente —le respondo, tajante—. Tendrá que trabajar muy duro. Luca asiente, sin decir una palabra. Luego se agacha y recoge algo del piso. ¿Qué carajos es eso? —Ella es Pelusa —me dice acercándome esa cosa. —¿Qué se supone que es eso? —pronuncio, frunciendo el ceño y alejándome. Perdón, ya dije que no trato con niños. —Es nuestra gata. Anda, tómala. ¡Mira qué linda que es! —insiste él, con entusiasmo. Ahora es cuando me vuelvo a preguntar en qué mierd@ estaba pensando cuando quise venir hasta este lugar. Estoy a punto de negarme, mandándolo al diablo, cuando escucho unos tacones descender de manera errática por la escalera. Es ella. Estoy seguro. Mi salvación llegó. —Otro día. Ahí viene tu madre —le respondo con una sonrisa. Me voy con rapidez hasta el pie de la escalera y la veo bajar de manera extraña. ¡Demonios! ¿Por qué viene afirmándose en la pared?
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