POV Selena
Me estaciono frente a mi casa y me quedo sentada por unos segundos mirando hacia la nada, luego me recuesto sobre el volante pensando en todo lo que había vivido en tan pocas horas.
Si les digo como me siento, quizás piensen que soy una exagerada. Pero la realidad es que me duele cada fibra de mi cuerpo. No sé si es por la adrenalina de los momentos vividos, por la tensión que me causa esa gente o si es por estar todo el día con estos tacones que son lo más parecido una tortura diseñada para recordarnos a las mujeres el precio que tiene nuestra belleza.
Como sea, me los saco y bajo del auto con ellos en mis manos. Me miro los pies mientras atravieso mi pequeño jardín descalza.
—Dios, no tengo pies. Tengo dos calabazas en su lugar —protesto—. ¿Cómo se supone que volveré a colocarme otro par?
En este momento, no soy Cenicienta. Soy lo más cercano que existe a la hermanastra que no le cabía el zapato por más que quisiera.
Suspiro hondo, frustrada.
Entro a mi casa, dejo todo sobre el sofá y sin pensarlo, me tiro sobre mis cosas con los brazos extendidos, cerrando mis ojos.
Cuando los abro lentamente, veo que, en el otro sofá, unos pequeños ojos verdes que me observan asustados.
—¡Luca, Gina! —grito, como una loca—. ¡Hay una rata en la casa!
Los aludidos llegan corriendo, alertados por su exagerada y cansada servidora.
—Mami, ¡regresaste! —exclama mi hijo, abrazándome feliz sin hacer el menor caso a lo que digo.
—Luca... ¿no has escuchado lo que dije? —señalo, molesta—. ¡Hay una rata en el sofá!
Gina y Luca se echan a reír.
—¡Mamá! Estás muy cansada y ves cosas que no existen —se dirige hacia donde está el animalito—. No es una rata, es Pelusa.
Yo abro mis ojos como platos.
Genial, justo lo que necesito. Una pequeña bola de pelos en color gris, tan fea que parece sacada de una caricatura de Tim Burton.
—¿Pelusa? ¿Qué clase de broma es esta? —respondo molesta—. ¿De dónde sacaste esa cosa? ... Gina ¿algo que decir?
Mi empleada se encoge de hombros.
—Te envié mensajes, pero nunca respondiste. Encontramos a la gatita abandonada en el parque y Luca la quiso traer a la casa —me dice con una tranquilidad pasmosa—. No te preocupes, la llevamos al veterinario y todo está bien.
Yo frunzo el ceño y niego con la cabeza, mientras veo como mi hijo se aferra a ese intento de gata como si fuera un tesoro. En el pasado, Luca había anhelado tener una mascota, pero Enzo se negaba porque según él, no quería que en la casa hubiera pelos ni suciedad de animales.
—Mami... —murmura mi hijo—. ¿Podemos adoptarla? Dime que sí, por fa...
Lo miro a él y luego a ella. Mal alimentada, con sus pelos enmarañados, tan fea y descuidada que en lugar de gato debería ser un murciélago. Y por un momento, sin dejar de mirarla no puedo evitar pensar en mí.
Yo también estuve abandonada, sola y hasta sin brillo. Hasta que alguien, me vio, me dio una oportunidad y me devolvió el valor.
Todos merecemos que nos den una oportunidad para demostrar quienes somos y lo que podemos dar. Incluso una bola de pelos que parece decida a quedarse y a ensuciar mis lindos sillones en color marfil.
Echo un suspiro al aire y carraspeo. Me agacho hasta la altura de la minina que me mira como si fuera su enemiga. Sí, me mira con desconfianza y un poco de odio, seguramente por mis gritos y mi expresión de ogra.
Me mira como yo miro a Alessandro. Pero yo no soy como ese tirano, yo soy mejor que él.
—Pelusa ¿eh? —digo, bajando el tono—. Te podrás quedar siempre y cuando no estropees mis muebles y seas buena niña —le toco con suavidad la cabecita—. Bienvenida a la familia.
Mi hijo ilumina su hermoso rostro con una gran sonrisa.
—¡Gracias mami! ¡Te amo! ¡Eres la mejor madre del mundo!
Sin decir nada lo abrazo a él y a esa cosa peluda que en algún momento supongo tendrá forma de gata.
Pienso que todo vale la pena si mi Luca es feliz. Llegar a mi casa y verlo sonreír me recuerda que cada sacrificio es poco y que el futuro que construiré de ahora en más, es para y por nosotros.
Le doy un beso en la frente, mientras le acaricio el cabello.
—Mi pequeño... intento ser la mejor madre que puedo. Porque espero que, si algún día tienes que ir a terapia, no tengas que malgastar tu dinero y tiempo hablando de mis fallas —bromeo, riendo—. Ahora, ve y pídele a Gina que te haga la cena. Yo tengo que volver a salir.
—¿Otra vez? ¡Pero no te he visto en todo el día! —reclama, decepcionado.
Cuento hasta diez, antes de responder. En ese momento mi instinto asesino tiene un claro objetivo: mi odioso jefe. Juro que lo estoy insultando hasta en arameo.
—Lo sé mi amor. Pero debo acompañar a mi jefe a una cena de negocios. Lamentablemente, es parte de mi trabajo. Pero te prometo que mañana iré por ti al colegio y pasaremos el resto del día juntos.
Y lo haré. Porque no voy a dejar que ese hombre me mantenga a su lado fuera del horario de trabajo.
Luca asiente sin protestar. A su edad ya entiende que hay responsabilidades que no se pueden evadir. Como yo, se tendrá que acostumbrar a que nuestra vida ha cambiado para siempre.
Pero bueno, no puede quejarse. ¡Ha logrado quedarse con ese murciélago! Subo la escalera sonriendo de manera inconsciente.
Me doy una ducha rápida, me seco el cabello, me maquillo un poco y me visto para la cena. Apenas me pongo el vestido, me doy cuenta de que respirar libremente será un desafío titánico.
—De todos los vestidos que la marca tiene, este ¿fue el más grande que encontró? —refunfuño mientras me lo acomodo—. Se me encastra en cada rollo que encuentra.
Después de unos minutos, la misión está cumplida. El vestido ha llegado hasta mis rodillas y ahora, me queda otro escollo por sortear: Los zapatos.
—Si pudiera ir descalza o en pantuflas... —reflexiono, mientras busco en mi vestidor algo acorde al vestido.
Elijo unas hermosas sandalias de la última Yves Saint Laurent —pagadas con las culpas de mi ex—y trato de ponérmelas.
—Ok, ahí vamos otra vez. Mis pies y tobillos son dos macetas con plantas.
Y hago una estupidez inmensa: para colocármelas con mas facilidad, me pongo más crema, un claro y estúpido error que el cansancio del día y los problemas diarios me hacen cometer.
Quiero sacarme la crema, pero la voz de Gina me alerta.
—Selena, tu jefe ha venido por ti.
¿Qué? ¿Mi jefe aquí? ¡Se suponía que iría en mi auto! ¿Por qué me cambia los planes este hombre?
¡Dios, dame paciencia o acribillo a ese maledetto en cuanto baje la escalera!