Apenas Carmen cruzó el umbral de la habitación, el olor punzante a alcohol medicinal y el fresco aroma de las vendas limpias la envolvieron en un abrazo gélido. Dos médicos, con sus batas blancas impolutas y guantes de látex ajustados, se movían con una quietud casi ceremonial alrededor de la cama. Allí, Giovanni yacía, con los ojos cerrados en un sueño inducido, pero su rostro, antes lívido, había recuperado un tenue rubor. El color regresaba lentamente a sus labios, y la respiración, aunque profunda y pausada, era firme, un testimonio silencioso de su lucha. Un suero, como una gota de vida suspendida, goteaba rítmicamente desde una estructura de acero junto a la cabecera, nutriéndolo gota a gota. Salamandra, que hasta ese instante no se había despegado del lecho, ni un centímetro, giró

