Después del almuerzo, cuando los platos ya estaban vacíos y la sobremesa se había llenado de anécdotas, risas y una que otra advertencia velada, Julián pidió quedarse un rato más a solas con Giovanni. Salamandra entendió la señal. Una mirada, un asentimiento. Se retiró sin protestar, dándole a Giovanni un leve apretón en el brazo, un gesto silencioso que decía: "Confío en ti… y en él también. Sé que sabrás manejarlo." La sala quedó en un silencio denso por un momento, solo roto por el tic-tac de un reloj antiguo. Giovanni, de pie, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, observaba los viejos cuadros que adornaban las paredes. Eran paisajes de Las Azucenas, vibrantes en su simpleza, fotos en sepia de mujeres bailando tango con pasión, y una de Selena, la madre de Salamandra, enmar

