El día había transcurrido en una calma inusual en la casa Guerrero. La mesa de madera, que había sido testigo de incontables historias y silencios, ahora vibraba con una calidez hogareña. Giovanni, aún con la camisa semiabierta que revelaba la línea de su cuello fuerte y un atisbo del tatuaje del Halcón, Giovanni entre sonrisas volvió a compartir la mesa con Julián. Salamandra y Carmen. Haciendo café entre secretos y risas. Por primera vez en mucho tiempo, quizá en toda su vida, el halcón volvió a tener ese sentimiento de algo parecido a una escena de vida normal, una pincelada de lo que era una familia. Se dejó servir por las manos de su mujer, rió —aunque poco, un sonido grave y contenido— y hasta escuchó los regaños bienintencionados de su suegro con una estoica paciencia que habría so

