Salamandra despertó con el frío de la madrugada. Aún no amanecía del todo, pero el cielo ya clareaba en un gris triste, prometiendo un día opaco. La cama estaba vacía. El cuerpo de Giovanni había desaparecido, pero su calor aún se sentía en las sábanas de seda, un rastro tenue de su presencia. Desde que vivía con él, sus sentidos se habían agudizado: apenas él se levantaba, algo dentro de ella se activaba, como si la esencia misma del rancho la alertara, la despertara de su sueño. Se puso una bata ligera de satén, la seda fría contra su piel, y bajó las escaleras, descalza, con una inquietud creciente. Todo estaba silencioso. Demasiado. En la cocina no había nadie. En el salón tampoco. El rancho parecía contener la respiración, esperando. Cruzó hasta la puerta trasera y miró por la ven

