Dos días después del interrogatorio brutal en el galpón, el rancho del Halcón amaneció en un silencio inusual. Pero no era paz lo que se respiraba en el aire. Era la calma tensa y expectante de una tormenta que se avecinaba, de una bestia que contenía el aliento antes de lanzarse a la caza. Giovanni ya tenía todo preparado. Las armas limpias, reluciendo bajo la luz tenue del alba. Los cargadores llenos, listos para ser usados. Los motores de las camionetas encendidos, el rugido suave y constante de las máquinas llenando el patio. Cada hombre había recibido su orden con precisión milimétrica, cada paso calculado. No habría margen para errores, no esta vez. Luis Monsalve no viviría para ver otro amanecer. En la mesa de caoba del estudio, el mapa de la Pampa estaba extendido, marcado con

