Tres días después, el sol caía a plomo sobre La Pampa, abrasando la tierra como si el infierno mismo se hubiera instalado sobre la vasta llanura. El aire vibraba con el calor, y el polvo fino se levantaba en pequeñas nubes con cada ráfaga de viento. Giovanni Moretti y su grupo se movían como sombras furtivas entre los pastizales altos y dorados, el polvo levantándose a cada paso de sus botas, una estela que anunciaba su llegada. Las coordenadas eran claras, precisas: la confesión del traidor antes de su brutal y definitivo fin había sido certera. La información, verificada y confirmada, no dejaba lugar a dudas. Luis Monsalve se escondía en una vieja hacienda abandonada, a una hora al sur del límite de Las Azucenas, un lugar olvidado por el tiempo y la civilización. Un nido de ratas e

