Savina Dos semanas después, finalmente volví a casa. La sensación debería haber sido reconfortante, pero en lugar de alivio, lo único que sentía era una mezcla de ansiedad y frustración. La clínica había sido un limbo entre el dolor y la recuperación, un espacio donde mi única preocupación era mejorar. Ahora, en casa, la realidad se volvía más cruda, más cruel. Me habían quitado los puntos en la cabeza y también el yeso, pero eso no significaba que estuviera bien. Mis piernas seguían sin responder como deberían, seguían siendo un peso muerto que me recordaba a cada segundo lo rota que estaba. Aunque poco a poco recuperara algo de movilidad, el proceso era lento, desesperante. El día que regresamos Massimo me cargó hasta la habitación con la misma facilidad con la que lo había hecho en

