Massimo Hacía un mes que Savina había vuelto a casa. El proceso estaba siendo difícil, doloroso y lento. Cada sesión de terapia la dejaba agotada, especialmente la física. La veía regresar con los músculos tensos por el esfuerzo, la respiración entrecortada y las manos aferradas a los reposabrazos de la silla de ruedas, como si todo su cuerpo gritara por descanso. Pero, aunque fueran pequeños, los avances estaban ahí. Y eso lo era todo. Incluso los médicos ya hablaban de la posibilidad de que pronto dejara la silla y comenzara a usar un andador, siempre con supervisión. Era un progreso esperanzador, aunque el camino aún se veía largo. La parte psicológica era otro desafío. Los ataques de ansiedad se habían vuelto menos frecuentes, lo que era una buena señal, pero seguía habiendo sombra

