El carro del italiano

1330 Palabras
Melody se sentó en la parte trasera del carro junto a un complacido Timothy. ¿Podría ser el nombre más perfecto? Tal vez. Pudo haberse llamado Christian y tener una cuarto para sexo salvaje y prohibido. Ella se puso colorada con solo pensar en eso estando al lado del hombre más sensual que había visto en su vida. —¿Estás bien? Te veo roja. —Él estaba preocupado, quizá pensaba que le sucedía algo por el bebé. «¡Oh, dios griego! Si supieras que tú me has puesto así». Él pensaba en el bebé que ella llevaba en su vientre, en su seguridad y protección. Era mucho más de lo que cualquier persona que ella conociera había hecho, incluidos sus padres. Se enteró teniendo un mes de embarazo, no supo cómo decírselo a sus padres, y razones de más tuvo si consideraba que ellos reaccionar de la misma forma que ella calculó. Los conocía. Tomó la decisión correcta al retrasar la noticia, pues así no pudieron obligarla a interrumpir su embarazo. ¡Veintidós años! No era una niña, era una adulta. Recién adulta, pero una al fin y al cabo. Era responsable de sus acciones, acciones que cometió bajo los efectos del alcohol y del acaloramiento que sentía entre las piernas por ser la primera vez que se enamoraba. Un amor ficticio que no fue recíproco. Nunca pensó que lo que había leído en las novelas rosas y románticas pudiera sucederle a ella, tan precavida. Tuvo su primer novio en la universidad y mira en qué desastre terminó. Una más del montón, una para la colección de idiotas, una que perdía la virginidad con el primer idiota que le prestaba atención. Iba a ser una tortura medieval para ella estar encerrada en el carro con él. —Estoy bien. —Miró por la ventanilla. —¿Por qué no tienes seguro médico si estás embarazada? ¿No te paga Doyle lo suficiente? Puedo hablar con él para que eso se solucione. Ninguna mujer debe pasar necesidades estando en estado de gestación. —¿Estado de gestación? —repitió ella como si fuese una broma. —¿Qué? No me digas que no sabes lo que es la gestión —comentó irónico. —No soy estúpida. Estoy en la universidad y estudio veterinaria. —No creo que seas idiota. Tus ojos dicen bastante y la inteligencia se te nota. Lo que no entiendo es por qué no tienes seguro médico. Él no iba a soltar el tema. Melody había intentado distraerlo burlándose de su forma correcta de hablar y expresarse. Se notaba a leguas que ellos eran de mundos distintos. Él de uno refinado y pulcro, uno donde todo se movía con el dinero, y ella de uno donde los padres le cerraban la puerta en la cara a sus hijas por un error de enamorada. Melody estaba acostumbrada a ir de la universidad a la casa. Esas fueron las reglas para poder estudiar en una universidad que estuviera relativamente lejos de casa. Al final, cuando intentó salirse de la falda y el cuidado excesivo de sus padres, acabó en un desastre colosal y épico, pues se había enamorado y dejado embaucar por el peor. La vida le devolvió sus ganas de alejarse con creces. Se alejó del yugo de sus padres, como ella solía llamarlo, pero también se alejó de su vida, de su familia. Había conocido a Richard en su segundo año de veterinaria. Se sintió atraída y acalorada de inmediato. Un instante había sido suficiente para que deseara que él le dirigiera al menos una mirada e intercambiara un par de palabras con ella, y así fue. Richard le demostró más que interés, le prestó esa atención que ella tanto había deseado. Sin darse cuenta, en menos de una semana se enamoró de él. Para Melody fue algo del destino, de la vida, del cielo. Un hombre como él, carismático, de ojos oscuros que garantizaban una vida de aventuras y noches eternas de placer absoluto. Ella, que solo vivió a través de los libros románticos, por fin había visto eso que tanto decían. Ese era el problema de los padres al criar a sus hijos absortos en su mundo, uno inventado por ellos y manejado a su antojo al intentar cuidarlos de las adversidades y dolencias. Le ocultaban que había personas dañinas y maliciosas. Personas aprovechadas, lobos vestidos de corderos. —No tengo seguro y punto —respondió por fin después de considerar darle la respuesta real. Su padre era un hombre desgraciado y desalmado que había dejado a su hija menor a la buena de Dios. —¿Sabes? Comienzo a creer que ese es tu humor natural, odiosa y presumida, con la lengua bien puesta y dispuesta a todo. Melody posó la vista en él un segundo y se sintió pequeña a su lado. Ella no era nada alta ni tenía cuerpo menudo y menos lo iba a ser ahora que esperaba un hijo. Su cuerpo se agrandaba en zonas que no hubiera deseado. Seguro que tendría estrías y marcas de por vida. Lo sabía porque comenzaba a entender que la vida no era un cuento de hadas y que ella no era una princesa de historias románticas. —Felicidades —gruñó. —¿Ahora por qué? —Por creer que me conoces. Para ella era difícil creerse la situación que vivía en ese momento sentada en el carro al lado de un italiano sexi de ojos verdes grisáceos y cabello de dios nórdico o de algún ángel de los toca trompetas. Era incluso tonto preguntarse si estaba soltero, pues un hombre como él, con su impecable ropa, su forma segura de caminar y con el dinero y la belleza que tenía, era imposible que de algún modo no estuviera comprometido. Seguramente tenía una esposa de revista y dos hijos que lo esperaban en casa cenando en una perfecta casa con una mesa que valía lo que costaba su carrera de veterinaria completa en la universidad, otra cosa que fue cortada como si fuera el servicio de agua o de luz. Su padre se encargó de hacerle saber que jamás iba a volver a recibir ni un dólar para pagar los créditos de la universidad. «Estás vetada de esta familia hasta que aprendas a tomar decisiones correctas, como si fueras una adulta, ¡cosa que ya se suponía que eras!», eso fue lo único que dijo su padre al enterarse. Su madre fue la emisaria de todas las solicitudes e intereses de su padre durante largos quince días. «Mi niña, no seas testaruda, es por tu bien. Eso aún no siente», eran las frases que su madre le decía desde que la mañana comenzaba. Sus padres jamás se refirieron a su hijo como una persona, como un ente, como un bebé. Para ellos solo era un estorbo en su brillante futuro. «Te arrepentirás desde que veas los trabajos que pasa una madre soltera. No creas que el mundo es una película de esas de Sandra Bullock. ¡El mundo no es color de rosa! ¡La vida no lo es, Melody! No se sobrevive sin un hombre a tu lado que cuide de ti. Si esa basura que te dañó la vida no te quiere, mucho menos podrás sobrevivir sola». «No es que no me quiera», se justificó los primeros días. Luego comprendió que había sido una estúpida al pretender pensar que Richard recapacitaría y estaría con ella y su hijo para formar una familia feliz. Melody regresó a su realidad, la realidad que tenía desde que se fue de su casa con maletas. Miró a Timothy otra vez de soslayo y notó sus duras facciones; sus cejas estaban cruzadas, como si algo le incomodara. Ella se olió disimuladamente; intentaba descubrir si las hormonas le jugaron una broma otra vez y el mal olor escapaba de sus axilas. Solo un poquito. Ya no valía desodorante. Estaba destinada a ser una maloliente mientras estuviera embarazada.
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