El italiano

1586 Palabras
Era el italiano. —No —articuló. —¿Melody? ¿Quién está contigo? Espera, ya bajo. No te vayas. Doyle colgó y Melody colocó el teléfono en la pared. —Déjeme llevarla —le volvió a decir el hombre. Sus ojos estaban brillantes, más oscuros, y Melody se dio el lujo de pensar que eran los ojos más lindos que la miraron jamás. No era solo el color, sino la preocupación que le expresaban. —No, no puedo ponerlo en esa posición. —Contempló la camisa empapada de café y se sonrojó. Había arruinado su traje, su impecable traje. Estaba segura de que debía valer una fortuna, una que ella no tenía para pagar—. ¡Ay, Dios, pero si arruiné su camisa! ¡De verdad lo siento! —Esta vez ella estaba siendo completamente honesta. —Tengo diez camisetas más como esa, no importa. —Le quitó peso a lo ocurrido—. En cambio, usted parece estar más alterada. Déjeme llevarla al hospital. —No puedo ponerlo en eso. Dijo que tienen una reunión… —Ya mismo la cancelo. Melody lo observó boquiabierta. Con tanta facilidad había pasado de ser un hombre despreciable a convertirse en un príncipe con un corcel, o quizá solo quería tirarla de su carro mientras este estaba en movimiento. —Clark, llama a Bruce y dile que me retrasaré, que vayan trabajando si mí. —El chofer, asistente, realizó la llamada solicitada y asintió cuando todo fue afirmativo del otro lado de la línea. —No le dije que aceptaba. No voy con usted al hospital. No lo conozco de nada. No sé quién es. Le agradezco la oferta y las molestias, incluso puedo llevarle la camisa a la tintorería, aunque seguro que, como usted mismo dijo, debe tener un millón de esas… —¿Siempre habla sin parar? —la interrumpió y sonrió divertido por la situación. —¿De qué se ríe? ¿Tengo una bola roja en la nariz o qué? —Manchas de café sí tiene, pero una bola roja no veo. Melody se miró de cuerpo completo. En efecto, tenía la blusa blanca manchada con gotas de café, las cuales salpicaron desde la barra. —Genial. —Unas pequeñas gotas de café no son nada comparado con mi camisa. No haga un drama por eso. —No estoy haciendo ningún… —Se puso la mano en la mejilla, que comenzaba a humedecerse. Fantástico, había comenzado a llorar por unas gotas de café en su blusa. Ella no sabía qué era peor, si llorar por eso gracias a las hormonas del embarazo, que las llevaba hasta la frente, o que el italiano la viera como una magdalena. —¿Entonces qué? ¿Qué esperamos para irnos? Mire que ya he cancelado mi reunión por usted. Lo mínimo que puede hacer es dejar que la lleve. —No juegue con mi cabeza, señor. —Melody no podía recordar cómo demonios lo había llamado el chofer, asistente, al llegar. Un nombre como Díaneto o Ganetto. La campanita de la puerta sonó y Doyle entró por ella. —Melody, ¿qué rayos está…? —Dejó la pregunta en el aire cuando su vista se posó sobre el italiano. Melody observó cómo su expresión cambió de confusión y preocupación a pánico—. Pero ¿qué? ¿Timothy? ¿Qué sucedió? ¿Melody te tiró el café encima? —¡Oye! —exclamó ella ofendida. —No, fue todo una confusión. Ahora, si no es molestia, ¿puedes decirle que me deje llevarla al hospital? Ella aparentemente está embarazada. —Estoy embarazada. —Melody hizo énfasis en cada palabra. El hombre habló como si pusiera en duda su estado. —Ella está embarazada —corroboró Doyle. El hombre seguía con el ceño lleno de arrugas fruncidas. Doyle debía llegar ya a los sesenta años. Su esposa murió dos años atrás y su único hijo solo volvió para el verano. Él estaba a punto de graduarse y por fin podría producir más dinero para ayudar a su padre con la cafetería. Los bollos, galletas y panecillos que allí se servían eran cocinados en la cocina de Doyle desde las cuatro de la mañana. Cuando Melody llegaba a las siete, subía y los buscaba. Ambos sabían que en unos meses ella no podría subir las escaleras, pero mientras se las apañaban como podían. —Aclarado ese punto, Doyle, me voy. Me dio un dolor muy fuerte en el vientre y necesito saber que el bebé está bien. —Claro. Vete con Timothy. Pero ¿cómo lo harás si no tienes seguro médico? —¿Una joven embarazada sin seguro médico? —Esta vez Melody escuchó cómo el tal Timothy preguntó sorprendido. Eso no era de su incumbencia ni mucho menos iba a divulgarlo. Cuando el padre de Melody supo cuál fue su decisión, canceló su seguro médico. Él lo estuvo pagando incluso cuando ella pasó a ser mayor de edad. Sin embargo, ahora con su decisión de continuar con el embarazo, su padre había hecho lo impensable: la sacó del seguro médico. Para completar, puso a su madre a llamarla para informarle con la excusa de que no pasara una vergüenza al ir a chequearse. Melody jamás hubiera creído que su padre pudiera ser capaz de algo así de no ser porque había llamado a la compañía de seguro y ellos se lo habían confirmado. Hasta ahí llegaba su resentimiento. —Buscaré la forma de resolverlo. Tengo algo de dinero en casa. Nos vemos en un rato. Ya no me duele. —Ella descolgó el abrigo del perchero que había en la puerta que daba al baño para empleados y se lo colocó deprisa—. Ya estoy bien, solo tengo una penita. Solo quiero confirmar… —Que todo está bien —completó Timothy—. Ya la entendimos. Clark —él se giró al chofer—, ve encendiendo el carro. Ya salgo en un minuto. Joven, acompañe a mi chofer, por favor. —Se hizo a un lado y señaló con su brazo la puerta. —Ya le dije que puedo llegar al hospital yo sola. —Usted no tiene seguro. No hay necesidad de pagar con su dinero para que la atiendan si fui yo el causante de que se alterara. —¡Usted no causó tal cosa! ¡Estaba bien! Melody se cruzó de brazos y le lanzó rayos con su mirada acerada. Doyle miró a Timothy como si no pudiera creer que él fuera capaz de hacerle daño ni a una hormiga. —Me puse a gritarle porque tardaba con el café —explicó él como si fuera necesario. —¿Tardabas con el café? Pero si servir un café no tiene ciencia, niña. —Doyle la contempló entonces como si fuese tonta, lo cual no hizo otra cosa que irritar aún más a Melody, que casi se sintió tentada a ponerse a patalear como una niña pequeña. —¡La máquina no ayudaba! ¡Está otra vez dañada! —Ella miró mal al italiano, como si él fuese culpable hasta del calentamiento global—. Él se puso a atacarme. Ni siquiera era su turno. Había otras personas que estaban antes que él. —¿Cuáles personas? No veo a nadie más aquí. —Doyle abrió los brazos y simuló abarcar la cafetería completa—. Está vacía, Melody. —Ahora lo está. —En efecto, hasta el último de los clientes se había ido y ella no se dio cuenta. Por suerte, le cobraba a todos al momento de tomar la orden y no cuando se fueran. Era una táctica que leyó en una revista de servicio y que le pareció bastante productiva y eficaz—. Hace un rato estaba a reventar. —Es cierto. —Don ricachón salió en su defensa y ella lo miró enojada. No importaba cuánto la defendiera, él la había hecho quedar como una idiota frente a Doyle. El hombre le dio la oportunidad de quedarse allí en la cafetería aun cuando echó a todos los demás. Él había confiado en ella y Melody se había prometido no defraudar esa confianza. —Pues listo, no hay más clientes. Vete tranquila, que yo me quedo hasta que regreses. —Doyle se suavizó de inmediato al escuchar a Timothy defenderla. Melody se preguntó qué relación tenían esos dos. —¿Nos vamos entonces? Mire que Clark nos está esperando desde hace un rato ya. —Vete con él, Melody. Deja que Timothy te ayude. Es un buen hombre. —No lo conozco. —Pero yo sí. Es amigo de mi hijo. Es de confianza. Si él dice que va a llevarte, es porque lo hará. —Seguro que solo conoce clínicas costosas. No puedo pagar una consulta en una clínica costosa —casi le susurró aquellas palabras a Doyle. Pero era la verdad, solo tenía un poco de dinero que le quedaba de sus ahorros. No podía darse el lujo de pagar todo en una clínica por capricho de ese italiano engreído. —Yo lo pago. Tengo contactos en Westside Women’s Medical Pavilion. Deje de darle vueltas a esto. Me siento culpable. De haber sabido que estaba embarazada, no la hubiese atacado tanto. —Dejó la disculpa implícita. Melody se fijó en cómo Doyle casi le gritaba con los ojos que aceptara la ayuda. —Lo haré solo porque le dañé su camisa con el café. —Ella se dirigió a la puerta—. Estaremos a mano.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR