Antes de ir a su trabajo, Chiara pasó por la clínica a saludar a Bela quien la esperaba para la llamada diaria a André, ambas sonreían escuchando la varonil y hermosa voz al otro lado de la línea y sonrieron al terminar la llamada - ¿nunca pensaste en contactar así al abuelo? – pregunto Chiara curiosa y Bella cerró los ojos – no – es mejor no saber cómo están para no hacerme daño - respondió Bela a la pregunta de su hija – con tu padre me enteré por casualidad – Chiara asintió con la cabeza – Chiara, quiero que entiendas algo – susurró Bela poniendo un mechón de cabello de su hija tras su oreja - aunque tu padre nunca me dijo que me amaba, yo lo sentía – explico ella – en su mirada, con su sonrisa, con sus caricias – continuo explicando mientras su mente la regresaba a esa única noche que estuvo con su dulce francés – no hui con él, para no hacerle daño, estoy segura que si hubiera huido con tu padre, mi padre lo habría matado – concluyo ella - ¿Por qué no lo llamamos ahora que lo necesitamos? – inquirió Chiara y Bela negó con la cabeza – no lo necesitamos, estamos con una buena clínica que está haciendo una obra benéfica – respondió Bela y Chiara abrió los ojos sorprendida, su madre no tenía idea de los gastos que implicaría estar allí – aquí estoy dentro de los cinco primeros en la lista de receptores de órganos – Chiara asintió forzando una sonrisa y se despidió al ver a su madre somnolienta, tomó el teléfono de su madre para buscar el número del abuelo, pero no lo encontró, Alexey le había hecho memorizar su número desde niña en caso que se extraviara o fuera secuestrada.
Terminada su jornada de trabajo, Chiara corrió al gimnasio cerca de la boutique donde trabajaba, allí había guardado en un casillero la ropa que necesitaba, donde se cambiaría para su trabajo nocturno; con su rápida capacidad de aprendizaje y su memoria, se maquillo lo suficiente para quedar irreconocible, unos lentes de contacto negros y una tintura azul temporal para las puntas de su cabello; un vestido de tiras corto, fucsia holgado de tiras y los zapatos negros de tacón haciendo juego con su bolso y con los pequeños y elegantes accesorios.
Esa rabia por la decepción que sintió al ver a Antonella sonriendo mientras caminaba hacia ella, estaba quemando su cuerpo – señorita – de nuevo la voz de aquel hombre mayor llamo su atención, su italiano era acompañado por un extraño acento que no reconocía; desde niña, Bela le había enseñado a parte de italiano, que era su idioma natal, ruso, inglés y alemán – buena noche – respondió ella el saludo y ya hablando con más tranquilidad con el hombre, quiso satisfacer su curiosidad - ¿puedo preguntar de donde es? – el hombre sonrió inclinando la cabeza – muchos años aquí y aún no pierdo mi acento, lo siento – respondió él, ella sonrió, era lo único que ella no podría maquillar, esa maravillosa y tierna sonrisa – Francia – concluyo el hombre y continuo su camino hacia uno de los casinos ante la curiosa mirada de Chiara, aquel hombre le parecía decente y le hacía pensar en su abuelo.
Embelesada al ver al hombre perderse en la puerta giratoria, Chiara no notó al auto que se detuvo - ¿disponible? – Chiara se giró y pudo ver a Antonella lejos de ella – si – respondió y se subió a aquel auto, ahora no solo se trataba de dinero, ahora estaba el reto personal de descubrir su propio cuerpo; no miraba a su cliente mientras iba en el auto y en la habitación, ella se movía buscando su oportunidad de descubrir esas sensaciones que no encontraba, sin embargo, solo podía sentir las manos del hombre explorándola, pero sin despertar su piel; decepcionada de su propio cuerpo, solo se movía hasta que el hombre terminaba, recibir su paga y salir de allí.
Totalmente alejada de Antonella, Chiara llevaba cinco días en los que ya no corría, su vida estaba distribuida entre sus estudios, las visitas a su madre en la clínica donde la encontraba la mayor parte del tiempo sedada, su trabajo en la boutique y su trabajo nocturno en el que se había vuelto buena gracias a los videos eróticos que veía y que analizaba con mucho detenimiento intentando descubrir su propio placer; sin embargo, había algunos peligros de los que no le hablo Antonella y esa noche los conocería; uno de los tantos clientes en su trabajo que no podía satisfacer los impulsos salvajes con su novia o esposa y no le importaba pagarle a una desconocida.
Lo último que Chiara pudo ver después de bajar del auto, fue la sombra del hombre entrando tras ella por la puerta de la habitación; cuando empezó a despertar con un terrible dolor en sus costados y en su intimidad, fue arrojada del auto - ¡por Dios! – escucho la voz de aquel hombre mayor y levanto la mirada viéndolo inclinarse a ella – no me dejes morir por favor, mi madre me necesita – susurro ella y sintió un auto detenerse – ayúdame súbela – escucho ordenar y el conductor la subió al asiento trasero, el hombre mayor se sentó en el lugar del copiloto y Chiara los podía ver con la vista borrosa – al hospital más cercano – escucho ella y veía al hombre poner su mano en la cabeza de ella.
Al llegar al hospital, el conductor la tomo en sus brazos y la entró por urgencias poniéndola sobre una camilla que encontró libre, el hombre mayor gritaba dando órdenes para que atendiera a la joven - ¿Qué te hicieron? – pregunto la doctora recibiendo la paciente y entró con ella inconsciente para examinarla en privado.
En la madrugada, completamente expuesta, sin maquillaje y somnolienta, Chiara abrió los ojos reconociendo al hombre mayor con el que había chuzado algunas palabras - ¿Cómo te llamas? – pregunto él – Chiara Ivanov – respondió ella en un susurro olvidando completamente su nombre de prostituta asignado por Antonella y poco a poco se fue apagando de nuevo – soy Rémy Petit – se presentó aquel hombre y ella sonrió al escucharlo – quédate con ella, llamaré a alguien más por mí – ordeno el hombre a su conductor y él asintió sentándose junto a la cama de la joven con el pequeño bolso en sus manos.
La alarma de su celular la despertó exaltada y se sorprendió al ver al hombre junto a su cama - ¿Qué quiere? – pregunto con angustia – soy Tristan Roger, soy el conductor del señor Rémy Petit – se presentó explicándole a la joven lo ocurrido y ella asintió con la cabeza, se levantó de prisa y con ayuda de Tristan, la joven fue dada de alta con las recomendaciones médicas, ella se despidió del hombre enviando sus saludos de agradecimiento a su jefe, que la había ayudado y tomó un taxi hacia su casa para después ir a estudiar.
Durante dos días, Chiara no podía dejarse ver de su madre, aunque la visitaba cuando se aseguraba que estuviera dormida, se excusaba con las obligaciones de su estudio; dos noches no fue a su trabajo nocturno, aunque ella sólo atendía un cliente por noche, eso era suficiente para ahorrar para los gastos de la clínica de su madre, por lo que sin estar totalmente recuperada de los golpes recibidos por el cliente sádico, que tuvo la decencia de poner suficiente dinero en su bolso antes de arrojarla del auto.
La noche en que Chiara regreso a su trabajo como Alina, esperaba encontrar al hombre que la había auxiliado para agradecerle, curiosa entró a uno de los casinos y pregunto por él sin obtener una respuesta favorable; algunas veces esperaba hasta tarde, pero regresaba a casa sin poder encontrarlo.
Cumplido el plazo, Chiara canceló el valor del primer mes de estadía en esa clínica con la esperanza que su madre jamás se enterara, salió hacia su trabajo nocturno y sonrió feliz al ver al hombre, corrió para saludarlo antes que entrara al casino, él sonrió en señal de saludo y llevó su mano al pecho con gestos de dolor, cayó de rodillas y Chiara lo levanto como pudo llevándolo a un taxi que detuvo – resista por favor – suplico ella al escuchar sus quejidos de dolor – al hospital rápido, se está muriendo – ordeno ella al taxista, notablemente angustiada.
El hombre fue ingresado al hospital por urgencias, preocupada, Chiara fue llamada por el médico para brindar los datos de los que ella sólo conocía su nombre y tiempo después llegó Tristan a la sala en la que la joven se encontraba dando un respiro de alivio - ¿Cómo te enteraste? – pregunto ella un poco más tranquila al verlo – llamé a su celular y me respondió el médico, ya llamé a su hija, alguien de la familia vendrá, ellos están con otro asunto familiar – explico él y ella sintió entendiendo.
Cuando Anne recibió la llamada de Tristan, estaba en la habitación de Agathe, por lo que no pudo responder de inmediato y al salir, devolvió la llamada; Alphonse envolvió en sus brazos a su esposa deshecha por la angustia y de inmediato llamaron a sus hijos que acudieron dispuestos – Fabien debe estar pendiente de la clínica – explicó Alphonse y llamo a André, quien no dudo en acudir en su ayuda y se ofreció en acompañar a Anne a Turin a ver a su padre, pero Yanis se negó – mamá, papá te necesita, yo me hago cargo del abuelo – ofreció él y André lo apoyo convenciendo a la mujer y tomando su auto para salir con el joven rumbo Turin.
Tras casi cuatro agotadoras horas de viaje, llegaron a Bardonecchia y buscaron el hospital en el que se encontraba el abuelo; llamando a Tristan para informar su llegada al hospital, Yanis bajó del auto rápidamente para entrar y André busco un lugar donde estacionar.
Al escuchar la conversación de Tristan, Chiara recibía las partencias de Rémy que le fueron entregadas y al ver que el conductor había terminado la llamada se las entregó y caminó hacia la salida después de despedirse, necesitaba ir a casa a descansar un poco para ir a visitar a su madre antes de ir a la universidad.
Caminando hacia la entrada del hospital, André revisaba que la alarma del auto se encendiera y sin ver los pasos que daba, golpeo a Chiara sujetándola por los hombros para evitar que cayera – lo siento – se disculpó él, los ojos de ella se llenaron de lágrimas de vergüenza, al estar frente a su padre y quedó petrificada – ¿se hizo daño? – pregunto André sin reconocer a la joven, ya que llevaba algunas coloridas extensiones, el abundante maquillaje que la hacía ver mucho mayor, los lentes de contacto negros y un vestido lila ajustado con sus típicos zapatos negros - ¿está bien? – pregunto de nuevo él al ver aquellos ojos con lágrimas que se negaban a caer - sí, gracias – respondió ella inclinando la cabeza y saliendo deprisa ante los extrañados ojos de André.
Preocupado por el estado en el que se encontraba su abuelo y viendo las condiciones de aquel hospital público, André llamo Kalet, aunque Rémy no era su familia, esperaba que le colaborara recibiéndolo en su clínica mientras coordinaban el traslado a Lyon para que estuviera cerca de la familia, a lo que Kalet, accedió al sentirse satisfecho por la llamada de su sobrino