Capitulo 6

788 Palabras
Hermes, aunque mantenía una postura de escepticismo profesional, no pudo evitar sentirse secretamente fascinado por la marea de pasión que emanaba de Eros. Le resultaba asombroso, y a la vez alarmante, la velocidad con la que el niño podía pivotar desde una misión trascendental hacia una distracción absoluta; era como ver a una mariposa cambiar de rumbo ante el más leve destello de luz. De pronto, un silencio solemne y denso se instaló en la estancia. Apolo se quedó inmóvil, con la mirada perdida en los rizos de Eros, admirando con una ternura casi dolorosa cómo el pequeño era capaz de dispersarse de una forma tan extraña y pura. Por su parte, el niño había entrado en una especie de trance creativo; su silencio era total, una concentración absoluta que contrastaba con su naturaleza inquieta, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. Hermes, sin embargo, habitaba un silencio muy distinto. Bajo su aparente calma, hervía la molestia por la actitud infantil de su hermano, mientras sus ojos de mensajero estudiaban meticulosamente cada gesto del par, analizando la situación como si fuera un tablero de ajedrez. —Recuerden, pequeños artistas —comentó Hermes finalmente, rompiendo la densa quietud con una voz que recuperaba su matiz de guía experto—, que un mapa no es solo una representación del suelo que pisamos. Es una herramienta de estrategia; muestra el camino, sí, pero también revela los atajos ocultos y las «prioridades» que uno debe establecer antes de dar el primer paso en cualquier viaje. El niño levantó la vista y clavó sus ojos brillantes en su tío, captando la idea al vuelo. —¡Es cierto! ¡Podemos dibujar leyendas! —exclamó Eros, y en su voz se sentía el aleteo de una imaginación que acababa de despegar—. ¡Criaturas míticas acechando en los bosques y héroes legendarios cruzando los desfiladeros! Apolo, contagiado por esa chispa eléctrica, tomó un pincel de cerdas finas y, con un movimiento elegante, trazó un sol radiante que emergía tras las colinas pintadas, bañando el pergamino con un fulgor dorado. —Y aquí, justo en el corazón de todo, situaremos a Delfos, el ombligo del mundo —sentenció el dios de la luz. El niño se unió a él de inmediato, salpicando el entorno del templo con delicadas flores y árboles minúsculos que parecían vibrar bajo el trazo de sus dedos. Al ver cómo la desbordante creatividad de su sobrino y la luminosa sabiduría de Apolo se entrelazaban de forma tan orgánica, Hermes sintió que su resistencia se desmoronaba. Dejó escapar un suspiro de rendición y se arrodilló junto a ellos, permitiéndose participar en la locura. —¿Qué tal si incluimos un mercado? —sugirió, y sus manos, acostumbradas a la rapidez, comenzaron a bosquejar una plaza bulliciosa en una esquina estratégica del mapa—. Un lugar lleno de maravillas donde los viajeros puedan encontrar tesoros de tierras lejanas y especias que huelen a aventura. Así, entre risas que rebotaban en las paredes y trazos que desafiaban la lógica, el pergamino cobró una vida propia. Cada línea de tinta y cada mancha de color encerraban un mito, una historia antigua o un secreto por descubrir. El pequeño Eros, sumergido por completo en este nuevo universo junto a sus tíos, parecía haber borrado de su mente cualquier rastro de la princesa. Justo como Hermes deseaba. Pero no era crueldad lo que motivaba al dios de los pies alados. A diferencia de la visión idealizada de Apolo, Hermes cargaba con el peso de la verdad. Él recordaba perfectamente los detalles de la desaparición, los susurros en los pasillos del Olimpo y, sobre todo, la humillación pública que el mismo Eros sufrió ante Zeus y el resto del panteón al verse incapaz de explicar lo que ocurría. Hermes no buscaba sabotear el destino de Eros; simplemente, el solo pensamiento de que el niño pudiera atravesar el mismo desprecio y dolor que él experimentó años atrás le retorcía las entrañas. El ambiente estaba saturado de una energía vibrante, un caos ligero que olía a tinta fresca y magia joven. Hermes se movía con su ingenio característico entre el desorden de materiales, trazando rutas en el mapa que parecían planes de escape. Sin embargo, mientras dibujaba, una sombra de preocupación cruzaba su mente: los deseos del niño eran tan puros, tan infantiles, que su facilidad para olvidar el objetivo inicial era aterradora. Hermes temía que, de la misma forma en que el interés por la princesa se había esfumado ante un puñado de colores, Eros pudiera perder el rumbo en cualquier otro aspecto de su existencia divina. Si el amor perdía el norte tan fácilmente, ¿qué esperanza le quedaba al resto del mundo?
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