El silencio que reinaba en la sala fue interrumpido bruscamente por el movimiento decidido de Hermes. Con una eficiencia casi violenta, el dios mensajero dio un paso al frente y, sin mediar palabra, empujó a Apolo fuera de su camino con el hombro. Antes de que el dios del sol pudiera reaccionar, Hermes le arrebató la silla de un tirón y se desplomó en ella, reclamando el centro de mando.
Eros parpadeó, estupefacto, viendo cómo su tío Hermes —usualmente tan contenido— le quitaba con delicadeza pero firmeza el lápiz que sostenía entre sus pequeñas manos. El niño no tuvo tiempo de protestar; Hermes ya estaba inclinado sobre el pergamino, moviendo la punta del carboncillo con una precisión matemática que contrastaba con los borrones de colores que Eros y Apolo habían hecho antes.
—Tendremos que pasar por este desfiladero... luego cruzar esta ensenada... y finalmente, ¡aquí! —exclamó Hermes, marcando tres puntos clave con una fuerza tal que casi perfora el papel. El trazo era una línea recta, eficiente y carente de florituras; el camino de alguien que quiere terminar con un asunto espinoso lo antes posible.
Apolo, que se había quedado de pie a un lado tras el empujón, se frotó el hombro con un gesto de aturdimiento. Sin embargo, su molestia se evaporó al observar a su hermano. Había algo hipnótico en la forma en que Hermes organizaba el caos; incluso en medio del desorden de tintas derramadas y libros volcados, su mente funcionaba como un engranaje perfecto.
Sintiendo la mirada fija de Apolo sobre su nuca, Hermes ladeó la cabeza, disparando una pregunta con un tono de voz cargado de esa pasividad-agresividad que solo él sabía manejar:
—¿Y bien? ¿Vas a seguir ayudando al pequeño o vas a quedarte ahí de pie, anonadado, admirando mi perfil?
Apolo soltó una risita nerviosa, recuperando su compostura radiante.
—Claro que seguiré ayudando, y más que ahora hay que buscar un barco que nos lleve —respondió con una sonrisa que intentaba disipar la tensión, mientras se agachaba con elegancia para recoger los materiales que habían quedado esparcidos por el suelo durante su pequeña riña anterior.
Eros, cuyos ojos saltaban de un tío al otro con una admiración renovada, sintió que el pecho se le inflaba de una energía eléctrica. La determinación de Hermes era contagiosa, una fuerza de la naturaleza que lo hacía sentir seguro.
—¿De verdad vamos a navegar en un barco? ¡Eso suena increíble! —exclamó el niño, dejando de lado el dibujo para unirse a Apolo en la tarea de recoger la habitación—. ¡Por favor, tío, busquemos el más rápido! ¡El que vuele sobre las olas!
Al verlos a ambos —al hermano que tanto lo irritaba y al sobrino que tanto le recordaba a sí mismo— colaborando bajo sus órdenes, Hermes sintió una oleada de satisfacción inesperada. Una calidez extraña le recorrió el pecho al pensar que, quizás, si él guiaba los pasos de Eros con mano firme, el niño podría correr con la suerte que a él le fue esquiva en su juventud. Quizás Eros no tendría que conocer la humillación, sino solo la gloria del regreso.
—Así se hace, equipo. Ahora, prepárense para zarpar. El mar nos espera y las estrellas ya están ocupando sus puestos para guiarnos —sentenció Hermes, dándole un último vistazo evaluador al mapa.
Eros se ajustó al hombro una mochila que Hermes, con su habitual previsión, había llenado en un parpadeo con raciones, agua y algunos amuletos de viaje hace días atrás para un viaje que tenía que hacer. El niño caminaba con paso saltarín, imaginando ya el crujir de la madera y el sabor de la sal en los labios.
—¿Crees que sea un barco de guerra? ¿O un velero con velas de seda? —preguntaba Eros sin pausa mientras salían hacia el puerto.
—Probablemente un barco de pesca con olor a sardina, o un velero humilde —respondió Hermes con su pragmatismo habitual—, pero lo importante no es el lujo, sino que el casco sea fuerte y nos lleve a donde debemos estar antes de que el destino cambie de opinión.
Apolo, que caminaba unos pasos por detrás, observando cómo la silueta pequeña de Eros se movía entre la sombra de Hermes y la luz de la tarde, añadió con una voz suave que llevaba un eco de antigua sabiduría:
—No importa el tipo de madera ni el color de las velas, pequeño. Lo que realmente importa es la compañía que mantienes en cubierta. Mientras no te sientas solo, cualquier tempestad será solo una anécdota más en tu historia.