Capitulo 9

829 Palabras
Con el eco de las palabras de Apolo aún vibrando en el aire, el trío se adentró en el corazón del puerto. Era un lugar donde el aroma a salitre se mezclaba con el de la madera vieja y las especias exóticas. Los mástiles de los barcos se mecían perezosamente, como dedos gigantes señalando hacia un destino incierto. El corazón de Eros latía con una fuerza inusitada; estaba convencido de que, con sus tíos a su lado, la princesa estaba a solo un golpe de remo de distancia. Apolo, imbuido de una confianza radiante, decidió tomar las riendas de la búsqueda. Con un gesto gallardo, se separó de ellos para negociar con los capitanes locales, dejando a Hermes y al pequeño a la espera. Ambos se sentaron en el borde del muelle, con las piernas colgando sobre el agua cristalina, para presenciar cómo el sol comenzaba su lento descenso. El espectáculo fue hipnótico. El cielo se transformó en un lienzo vivo donde el naranja más intenso chocaba con vetas de lila y rosa empolvado. Era una danza de colores tan serena que el tiempo, siempre tan esquivo para los dioses, pareció detenerse por completo. Eros, vencido por la paz del momento y el cansancio acumulado, dejó caer su cabeza sobre el regazo de Hermes. El dios de los viajeros, en un gesto de inusual ternura, permitió que el niño se acomodara, mientras sus ojos escudriñaban el horizonte, no solo buscando barcos, sino también rastreando la presencia de su hermano. Pero el sol desapareció, y con él, la calidez. La noche cayó sobre la isla como un manto de terciopelo pesado, y el frío del mar empezó a filtrarse por las rendijas de los huesos. Apolo seguía sin aparecer. Ni un barco, ni una señal, ni siquiera una disculpa enviada con la brisa. Eros, que había logrado dormir apenas veinte minutos, despertó tiritando. Hermes, que ya le había echado por encima su propia chaqueta para protegerlo, suspiró con una mezcla de resignación y molestia. Conociendo a Apolo, probablemente se había distraído con alguna musa o con el brillo de su propia importancia. Ante la perspectiva de una noche gélida a la intemperie, Hermes tomó una decisión: cargó al adormilado niño en sus brazos y, con la rapidez que solo el dios del viento posee, lo llevó de vuelta al refugio que compartía con su hermano. Cuando Eros volvió a abrir los ojos, el mundo era distinto. Ya no había salitre ni frío, sino la luz tenue y ambarina de una cabaña acogedora. Se encontró sentado en una silla frente a Hermes, envuelto en una manta y con el aroma embriagador del chocolate caliente flotando bajo su nariz. La calidez del hogar era un bálsamo necesario. —Gracias por todo, Hermes —murmuró el niño, frotando sus pequeñas manos alrededor de la taza para recuperar la temperatura—. Realmente... no esperaba que el día terminara así. —No hay de qué, pequeño —respondió Hermes, cuya sonrisa no llegaba del todo a sus ojos, los cuales permanecían analíticos—. A veces, los planes mejor trazados se hunden en el puerto. Pero ahora que estamos solos y lejos de los oídos dramáticos de tu otro tío... cuéntame, ¿qué sucedió exactamente? Hermes se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Tenía dos preguntas quemándole la lengua: quería la versión real de la historia y, sobre todo, confirmar si Eros se había guardado los detalles de su «asunto» simplemente porque no confiaba en la discreción de Apolo. Eros tomó un sorbo largo de chocolate, ganando tiempo. Sus mejillas se tiñeron de un rojo suave. —Estaba en medio de una misión... —comenzó, su voz volviéndose pequeña—. Tenía que unir a dos almas perdidas, pero todo salió mal. El barco que necesitaba se hundió en una tormenta repentina y, sin él, me siento... varado. No puedo cumplir con mi tarea. Hermes asintió lentamente, fingiendo una empatía absoluta. Sin embargo, por dentro, su mente estaba registrando cada tic. De todos sus sobrinos, Eros era el que más tiempo había pasado con él; lo conocía desde que sus alas eran apenas plumón. Conocía sus trucos, sus silencios y, especialmente, sus mentiras. En ese preciso instante, los ojos de Eros comenzaron a divagar por las vigas del techo, evitando el contacto visual, y sus labios se curvaron en un puchero involuntario y delator. Era la "firma" de Eros cuando intentaba ocultar la verdad. Hermes dejó la taza sobre la mesa con un ruidito seco y arqueó una ceja. —Un barco hundido, ¿eh? —dijo Hermes con una voz suave, pero cargada de intención—. Es una historia trágica, Eros. Muy poética. Casi parece algo que Apolo creería sin dudar. Pero a mí me parece que ese puchero dice que hay algo mucho más personal en juego que una simple "misión de almas perdidas". ¿Vas a decirme la verdad o vamos a seguir dibujando mapas de fantasía?
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