Ingresó en la casa y camino por el lugar, viendo cada una de las paredes, que le hicieron sentir escalofríos por algún motivo. Sentía que había visto algo extraño en ellas en uno de sus sueños. ¿Qué había soñado en esos días? No recordaba del todo estos sueños, sólo imágenes aleatorias que no sabía si eran recuerdos o realidades. ¿Las paredes negras como si tuvieran brea? ¿Qué había significado ese sueño?
El castaño sacudió su cabeza para no pensar en esa tontería y siguió caminando por la casa y pensó en acercarse al cuarto de servicio, pero era más llamativo subir las escaleras, a pesar de lo incómodo que era ver por los agujeros que llevaban a la alacena debajo de la escalera.
Entró al cuarto principal y vio la cama en la que había estado el día anterior abrazado a su Gaby. Dio un gran suspiro y maldijo su suerte. ¿Qué tan desdichada tenía que ser su vida para que una descerebrada estuviera enamorada de él, mientras la chica perfecta para él estaba siendo vilmente engañada por él mismo?
Se volvió al espejo en que se había mirado el día que se había reencontrado con ella y pudo notar algo extraño, una inscripción en la parte superior que nunca había visto, quizás porque antes era muy bajito para llegar a ella y, siendo mayor, era más fácil visualizarla, ya que quedaba por debajo de sus 1,87 metros de estatura. Se acercó y detalló:
Duerme, duerme… en este refugio.
“¿Qué clase de inscripción es esa?” —se preguntó mentalmente, mientras pasaba sus manos por dicha inscripción.
—Has vuelto… —habló la misma voz espeluznante de ese día, haciendo que a Brian se le erizara la piel de inmediato.
Su corazón se agitó y empezó a sentir que no era la primera vez que oía esa voz, pero tampoco podía recordar del todo en qué ocasiones la había escuchado. El cuarto empezó a tener un viento extraño que de inmediato erizó la piel del castaño, haciéndole sentir un terror indescriptible.
—¿Quién está ahí?
Una risa macabra rodeó la habitación, amplificando todas las sensaciones que Brian estaba experimentando, ya no era simplemente una sensación de que algo estaba mal y le causaba temor, sino que también estaba empezando a alertar todos sus sentidos y hacerlos entrar en condiciones de estrés.
Debajo de su camisa, nuevamente una camisa con estilo trovador, el joven podía sentir cómo su piel se había convertido en piel de gallina, sentía las piernas flaquear y su corazón parecía estar a punto de salirse de su cuerpo de tan agitado que se encontraba.
No podía pensar con claridad, ni siquiera tenía una forma de buscarle explicación a lo que ocurría, pues su cerebro cada vez estaba más apagado por el miedo. No podía permanecer ahí, tenía que moverse cuanto antes. Pero mientras su cuerpo se activaba ante el miedo, la voz nuevamente habló, causándole un terror infernal con sus siguientes palabras:
—Te quedarás aquí para siempre, dormirás aquí para siempre.
La ventana, que se encontraba abierta, se cerró con fuerza, al igual que la puerta, Brian ya no tenía más alternativas para escapar, por lo que decidió correr hacia la puerta e intentar abrirla, pero esta estaba completamente trabada.
—¡¿Qué quieres de mí?! —chilló asustado, temiendo completamente a la voz que había hablado y sabiendo que necesitaba actuar con velocidad para salir de ahí, aunque fuese una experiencia surreal y probablemente producto de su imaginación.
La voz rio a carcajadas, pero esa risa sólo ampliaba su nerviosismo y empezó a agitar con fuerza el pomo de la puerta para intentar abrirlo más rápidamente.
—Te quiero a ti… —respondió la voz, con un tono cada vez más gutural y lúgubre, seguido de carcajadas que helarían la sangre hasta al más valiente.
Seguía sin poder abrir la puerta y las carcajadas no dejaban de escucharse.
Sintió que el piso debajo de él se movía y gritó pidiendo ayuda, con la esperanza de que alguien apareciera para ayudarlo, no quería morir, no en esas condiciones y no como consecuencia de un “susto” que él no sabía de dónde procedía.
Repentinamente todo se calmó y él salió despedido de la puerta, cayendo sobre la cama con fuerza, lo que le generó un fuerte dolor en el cuello, además de hacer que sus lentes quedaran casi cayéndose de su cara y sostenidos por una sola oreja. Posteriormente, intentó levantarse, pero no podía, pues su cuerpo estaba completamente lastimado.
La puerta de la habitación se abrió y el chico tuvo la sensación de que su fin estaba cerca…