Intrigas y Traiciones

2926 Palabras
Comienzo a conducir hacia el restaurante, el motor ruge en respuesta a mi aceleración, y el auto se desliza por las calles con una suavidad que justifica su precio. Cada curva y cada cambio de velocidad son una prueba de la ingeniería y el diseño que lo hacen excepcional. Mientras me dirijo al restaurante, siento la potencia del vehículo, una bestia mecánica que responde a cada uno de mis comandos con precisión. Finalmente, llego a mi lugar de destino. El viaje ha sido un breve interludio. Aparco el auto, tomé un respiro profundo para soportar lo que se viene — Buenos días, señorita bienvenida a nuestro restaurante. ¿Tiene reserva? — No tengo reserva, pero alguien me está esperando— maldición. — ¿Podría proporcionarme el nombre de esa persona? Escucho mi nombre. — Bela —Esa es la persona— le digo — Ella viene conmigo— nos dirigimos a la mesa. Están todas reunidas, cuando me ven llegar se quedan calladas — Buenos días para todas— todas contestan y tienen una sonrisa hipócrita en su cara. Hay una cara nueva, que me mira como si fuera un bicho raro. — Te presento, ella es otra amiga mía, ella es Dakota, es hermana de Damián— con razón se me hacía conocida esa cara — Bela Scott— le entiendo la mano y la recibe — Dakota — Pedimos para desayunar, comienzan a hablar de cosas de la dichosa boda, solo me concentro en el desayuno, intento prestarle atención a la conversación trivial que tienen Luego de determinar de desayunar, retoman la misma conversación. Saco mi teléfono y me sumergí en un juego, intentando parecer ocupado, aunque en realidad, la indiferencia me envolvía como una manta pesada. De repente, una propuesta inesperada rompió la monotonía. — ¿Qué les parece si vamos todas a España a elegir mi vestido? —dijo ella con una sonrisa que iluminaba la habitación— Podríamos disfrutar de unos días allá; mi padre tiene una isla privada No levanto la vista al escuchar los gritos de alegría de las demás, parecen locas. —¿Qué te parece, Bela, ya que no has opinado nada?— frunció el ceño. — No la puedo acompañar, en ese viaje, con que no vaya no va a hacer ninguna diferencia. — Pero… — Mariana intenta hablar. — Habla una de ellas— Claro que no harías falta, estás aquí, es como si no estuvieras. ¿No sé por qué estás aquí? — Nora, ¿por qué le dices eso? —¿Por qué es la verdad?—no se contuvo— No sé por qué la consideras tu amiga, mira, parece una delincuente, no hace parte de nuestro círculo y todas lo pensamos, sabes que no estábamos de acuerdo con que ella fuera dama. Continuo jugando en el teléfono. — Nora, eso fue innecesario. Bela discúlpala ella. No quería decir eso. Continuó jugando sin levantar la mirada. —Irrelevante —fue la única palabra que pronuncié, sin levantar la vista de mi teléfono. Mi tono era tan desapegado como mi atención a la conversación que se desvanecía en el fondo. Me levanto de la mesa. — Bela, no te vayas ella.. — Mariana, te voy a dar un consejo: disculparse por otros es repugnante y tampoco lo necesito. Enciendo un cigarrillo a ver si me relajó, tenía tantas ganas de volarle la cabeza a todos en esa mesa, solo imaginarlo, me eriza la piel, qué insolente. Marco, desde mi teléfono. — Ricardo, podemos reunirnos, hoy tenemos cosas que atender. — Claro, dígame a qué hora. — 3 de la tarde, llega puntual. — Estaré ahí — nos vemos. Siento en mi espalda, una mirada fija, me doy la vuelta, me encuentro con una cara conocida, fue rápido. — Nos volvemos a encontrar, Bela — Damián — Vi lo que pasó en la mesa, saliste huyendo de allá, no les caes bien. Sonrió fríamente— Huir, ja, sus dudas sobre mí son tan insignificantes como el polvo que piso. No merecen ni un segundo de mi atención ni tú —pasó por su lado, me toma del brazo. — ¿Qué quieres?—preguntó, clavando mi mirada en la suya — Ah, cierto, te debo algo, es eso lo que estás buscando— me suelta — Saco un cigarrillo de mi bolso y sin una palabra, lo deposito en su mano— ahí tienes es tu pago y ahora me quedas debiendo tú, disfrútalo, doctor — le dijo, con una sonrisa fría y despectiva. Acaso frunció el ceño, sin darle peso a su gesto, me apartó y me alejó, dejándolo en silencio. Me dirijo a recoger lo que me queda en la mesa. Cuando me ven, se callan, tomo mi abrigo para salir de ahí — ¿Te vas?— Mariana me pregunta, su rostro reflejando preocupación. — Tengo asuntos que atender —respondo con brevedad. — Bela… ¿Sigues siendo mi dama? Su voz es cautelosa, buscando en mi respuesta algo más que palabras. — Sí, pero ahora debo irme, no quiero ser la causa de un café congestionado,—digo —digo con una sonrisa ligera. Me encuentro de frente con Damián, no hay palabras, solo un reconocimiento mutuo mientras paso a su lado, continuando mi camino. Siento su mirada en mi espalda. Voy directamente al auto y me voy al casino, hasta que por fin salí de ese lugar desagradable, prefiero estar metida en Gava antes de volver a pasar este tedio tan insoportable. Llego al casino sintiendo el peso del día sobre mis hombros, nunca había acabado tan agotada con soportar a la gente, avanzo por el pasillo hasta mi oficina, con un suspiro de alivio me dejo caer en la silla de mi escritorio, pido una taza de té por el interlocutor, mientras espero, me permito un momento para cerrar los ojos y respirar profundamente. La puerta se abre con un suave clic y el camarero entra, el mismo joven nervioso de la mañana. Con manos temblorosas, sostiene la bandeja con mi taza de té. Lo miro y asiento, indicándole que la deje sobre el escritorio. —Gracias—murmuró, notando cómo sus ojos evitan encontrarse con los míos. —¿Todo está a su gusto, señorita?—pregunta, su voz, apenas un susurro. —Sí, está perfecto. Puedes retirarte— respondo, dándole una sonrisa tranquilizadora. El camarero asiente y se retira rápidamente, cerrando la puerta detrás de él. Me quedo sola una vez más, con la taza de té humeante como única compañía. Tomo un sorbo, dejando que el líquido caliente calme mis pensamientos y me prepare para las reuniones que tengo por delante. Mi teléfono vibra con un mensaje de Olivia Me informaron que ya llegaste, espero que el desayuno no haya sido demasiado terrible. ¿Está todo bien? —“insoportable” Dejo mi teléfono a un lado y me sumerjo en el mar de documentos frente a mí. Las horas pasan mientras avanzo con eficiencia, cada decisión tomada con la precisión de un ajedrecista. Miro la hora y ya falta poco para el almuerzo con Paolo, no pasa mucho cuando tocan la puerta. — Adelante— digo, sin levantar la vista de los papeles. La puerta se entreabre con cautela y una silueta conocida se perfila en el umbral. —Buenas tardes, Jefa— saluda la figura con respeto. Me pongo de pie, dejando a un lado los documentos, y me dirijo hacia el minibar. —Paolo, por favor, siéntate— indicó con un gesto mientras seleccionó dos vasos. —¿Te apetece algo para beber?—preguntó, y él asiente con un gesto serio Preparo las bebidas con precisión, cada movimiento refleja la tensión del momento. Le extiendo su vaso y lo miro directamente a los ojos. —Seré directa, Paolo, tenemos un problema grave— mi tono es bajo, pero firme, y al encontrarse con mi mirada, la suya se endurece, anticipando la gravedad de lo que viene a continuación. — Hay un infiltrado— me mira con una mezcla de incredulidad. — Jefa... —Le hago un gesto para que guarde silencio. — Espera que termine de hablar y podrás dar tu opinión sobre el tema — tomo un sorbo del trago, dejando que el licor caliente mi garganta— He venido sintiéndome vigilada desde hace unos meses, desde ahí sospeche de que había un infiltrado así que deje todo al azar, a ver qué pasaba, quería comprobar si estaba en lo cierto. Entonces hoy lo comprobé, ahora sé quién está detrás, pero no sé quién es el infiltrado. En pocas palabras, estoy casi en las mismas como en el principio. Necesito saber quién es, así mataré dos pájaros de un solo tiro. ¿Entiendes lo que te digo? —Perfectamente, ¿Que se filtro?— su voz ahora mas grave, sus manos apretando el vaso con fuerza — El flujo de dinero del casino, la organización benéfica.... eso era lo que tenia esa persona— me mira sorprendido Me cruzo de las piernas, dejando que el silencio se asiente por un momento— Esa misma cara tenia yo, cuando vi los documentos en mis manos donde se deslumbraba todo eso, así que el infiltrado tuvo que tener una facilidad para obtenerlos — ¿Que quiere que haga?—pregunta, decidido, su voz ahora un susurro urgente — Simple, quiero que lo cases y me lo traigas, investiga a todos que no quede ni uno de la organización sin ser investigado. No me importa qué método utilices, solo lo quiero —¿Qué hay de Armando Solís?—con un tono de duda, sus ojos buscando alguna señal en mi rostro —¿Qué hay con él?—respondo, mi voz fría y calculadora. — También, entra en la investigación — Al parecer no captaste lo que te mandé hacer, no me importa si es el que me trae el té hasta el mismísimo lavador o el jefe del Antonegra entra, aunque sería ilógico que te investigues a ti mismo, eso me queda a mí decidirlo ¿ahora entiendes?— mi voz se endurece, dejando claro que no hay espacio para errores Paolo, asiente, su rostro serio— Puedo saber, quién es esa persona— su voz, apenas un susurro — En unos días, tal vez lo sabrás, debes de estar pendiente a las noticias— respondo con un tono enigmático —Ahora almorcemos—añado, cambiando el tono a uno más ligero, mientras me levanto y me dirijo hacia la puerta, indicando que la conversación ha terminado por ahora. Paolo se levanta lentamente, aun procesando la información. Me sigue hasta el comedor privado, donde una mesa ya está preparada con una variedad de platos exquisitos. Nos sentamos y comienzan a servirnos. Mientras comemos, la conversación se desvía hacia temas más ligeros. Cuando Paolo estaba a punto de irse, lo detuve con unas últimas palabras que llevaban el peso del mundo — Paolo, recuerda esto —dije, clavando en él una mirada tan fría que parecía congelar el aire— La incompetencia tiene su precio Después de un almuerzo que no logró calmar la tormenta en mi mente, regresé a la oficina. Allí me senté, sumida en un mar de pensamientos, esperando a Ricardo. El silencio era tan denso que podría cortarse con un cuchillo, hasta que un zumbido repentino lo desgarró. Un número desconocido titilaba en la pantalla de mi teléfono —¿Quién habla?—pregunté, mi voz firme. —Parece que está de mal humor, Presidenta —respondió una voz cargada de sarcasmo y amenaza —¿Quieres, Leonidas?—inquirí, sintiendo cómo mi paciencia se deshilachaba. — Oh, Presidenta, ¿qué más podría querer? Aún no he visto ningún movimiento; usted sabe lo que está en juego — Leonidas, estás cruzando la línea, así que no provoques la poca cordura que me queda. Obtendrás lo que deseas, así que no babees como un perro hambriento— mis palabras, afiladas como cuchillas, eran un desafío lanzado en la oscuridad que nos rodeaba Sin esperar respuesta, colgué y, con un movimiento cargado de furia, lancé el teléfono contra la pared “Bastardo” Un golpe seco en la puerta precedió la voz de uno de los guardias — Jefa, el abogado Ricardo está aquí. — Hazlo pasar— respondí sin levantar la vista La puerta se abrió y Ricardo entro, su presencia marcada por la seriedad de su profesión, se detuvo a una distancia respetuosa, esperando mi atención Con un gesto discreto, señalé la silla frente a mí — Toma asiento Ricardo — dije con tono mesurado —Gracias, Presidenta—dijo mientras tomaba asiento, su postura erguida y su mirada directa no dejaban lugar a dudas sobre su compromiso con la seriedad del trabajo — Tenemos unos temas críticos que discutir hoy — comencé, cruzando las manos sobre el escritorio y fijando mi atención en él — Dígame, estoy a su disposición. — Voy a entregar la presidencia y el 30% de mis acciones del grupo Norton, a Leonidas, así que quiero que te hagas cargo de esa transferencia — repito, observando cómo Ricardo procesa la información. Ricardo se inclina hacia adelante, sus ojos reflejan una mezcla de sorpresa y cautela. — ¿Está segura de esta decisión, Jefa? Asiento con firmeza — Estoy completamente segura, es un paso necesario para proteger el resto de mis intereses y para asegurarme de tener el control, aunque ahora parezca que no es de esa manera — Entiendo —dice Ricardo, asintiendo lentamente — Me encargaré de que la transferencia se realice de manera eficiente. ¿Hay algún plazo específico que deba cumplir? —Lo quiero lo antes posible —respondo con urgencia — No quiero darle a Leonidas espacio para que piense de más, además de eso quiero que hagas otra cosa, pero esta quiero que sea discreta. — ¿Qué sería eso? — Es algo que voy a necesitar a largo plazo, pero quiero que exista el precedente de una investigación sobre Leonidas, quiero que tengas eso preparado para cuando te lo pida, es todo lo que quiero — Comprendo, haré lo que me ha indicado, sobre el otro asunto, lo tendré lo antes posible, estaré en contacto con usted —Perfecto —digo, ofreciéndole una sonrisa fría — Y Ricardo, asegúrate de que no haya cabos sueltos, no podemos permitirnos errores. Con un asentimiento final, Ricardo se retira, dejando tras de sí un eco de pasos que se desvanece en el corredor. Me sirvo un vaso de whisky, líquido ámbar, que captura fugazmente el resplandor de las luces del casino. Me acerco a la ventana, el cristal frío al tacto, y contemplo el imperio de luces parpadeantes. La presidencia, antes una carga ineludible, ahora yace sobre mis hombros con una ligereza que no presagia nada bueno. La verdadera batalla, aún latente en las sombras, murmura con la frialdad de la noche que inexorablemente se aproxima.
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